Ayer (cuando escribo lo que sigue) cometí dos actos absolutamente pecaminosos y vergonzantes, a saber: volví a leer, tras décadas de acumular polvo en el desván del olvido, las rimas de Gustavo Adolfo Bécquer. Y por si fuera poco, apenas una hora más tarde, mandé a paseo -con la inestimable y entusiasta colaboración de la propia interesada, eso sí- a una persona muy cercana. Y todo ello en una misma sesión.
Empecemos, claro, por la poesía.
Antes de nada reconoceré sin rubor que fui un infante sensible y amante de la lírica, diría incluso que un tanto wertheriano -disparo fatal y chaleco amarillo aparte- en cuestiones literarias. Ya a una edad muy temprana, pongamos seis o siete primaveras todo lo más, los poemas del vate sevillano me cautivaron. Me veo a mí mismo deambulando por la casa paterna, libro en mano y recitando en voz alta -una y otra vez, para desesperación de mis progenitores- aquellos inmortales versos por el salón.
Todo esto entre Chiripitifláuticos y el pan con chocolate de rigor.
Llegué a aprendérmelos casi todos de memoria. Todavía hoy puedo recitar muchos de aquellos almibarados poemas -igual que soy capaz de hacer con La canción del Pirata de Espronceda, que aprendí por la misma época- de corrido.
Intuyo, dicho sea entre paréntesis, que precisamente de ahí proviene mi enfermiza y casi neurótica aversión a poetas y poetisas de cualquier pelaje. En algunos casos -contados casos- puedo soportar o incluso disfrutar las creaciones que regalan al universo, pero soy incapaz de soportar ni dos minutos a sus autores en un espacio común. Y, para mi desgracia, he conocido a unos cuantos.
No digáis que agotado su tesoro,
de asuntos falta, enmudeció la lira:
podrá no haber poetas; pero siempre
habrá poesía.
Por suerte.
Pasemos ahora a mi segundo pecado mortal de la noche, y prometo que será la última vez que hable, ya sea en público o en privado, del asunto.
He dedicado varias entradas a mis abruptas rupturas sentimentales con la misma damisela a lo largo de los pasados meses, de modo que ha acabado por convertirse en una especie de aburrida costumbre. Digamos, por resumir, que
Nuestra pasión fue un trágico sainete,
en cuya absurda fábula
lo cómico y lo grave confundidos
risas y llanto arrancan.
Por fortuna, y calibrada ya la relación con mirada retrospectiva, estoy en condiciones de decir que ha habido más risas que llanto, que no es mala cosa.
Parece, sólo parece, que esta vez es la definitiva. Así que cerraré el tema de una vez por todas, como rezan las cartas comerciales, por medio de la presente.
No aburriré con detalles, pero vaya por delante que dicha señorita posee notabílisimas cualidades, y todas ellas, puedo certificarlo, en grado superlativo. No le faltan ni belleza, ni talento, ni inteligencia, ni sentido común (esto, más que faltarle, le sobra), ni creatividad, ni clase.
No le falta casi de nada, si a eso vamos.
Ella tiene la luz, tiene el perfume,
el color y la línea.
Pero también es, a mi modesto entender y sin ánimo de molestar, una caradura emocional de dimensiones no menos descomunales. Y, por razones que no vienen al caso, reconozco a un o a una caradura emocional a kilómetros de distancia. Ella no lo sabe, sí, y lo pone en duda cuando se lo digo; pero es que una de las características insoslayables del caradura emocional es el ignorar que es un caradura emocional. Se trata de una especie de marca de fábrica de los caraduras emocionales: creer que no lo son.
Si supieran que son caraduras emocionales probablemente dejarían de ser caraduras emocionales. O por lo menos lo intentarían. Así de sencillo.
El caso es que ayer, una vez más, discutimos. Ahorraré el génesis y primeros pasos del litigio; pero en un momento determinado de la contienda pongo encima de la mesa la posibilidad de mandar lo nuestro al garete una vez más. Ella acepta encantada. Suelto lastre, y le dedico, muy ofendido, alguna verdad que otra:
Dices que tienes corazón, y sólo
lo dices porque sientes sus latidos.
Eso no es corazón… es una máquina
que al compás que se mueve hace ruido.
A lo que ella me responde:
Voz que incesante con el mismo tono
canta el mismo cantar.
Gota monótona que cae,
y cae sin cesar.
Constatada ya la inevitabilidad de otro adiós nos relajamos un poco, y ella, se diría que a modo de testamento, enumera las tres cosas que más admira de mi persona (¡sólo tres, sí!). Cito las dos primeras:
1)Mi talento.
2)El coraje que pongo ante la vida.
Éste era el momento en el que yo debía hincarme de hinojos y dar gracias, entre lágrimas, por estas palabras…
Pero mudo y absorto y de rodillas
como se adora a Dios ante su altar.
El problema es que me importa un pimiento de qué manera se me recuerde, ya sea como el capullo integral que soy o el reposado amante de la ornitología que no soy. En lo que a mí respecta, la Posteridad, personal o colectiva, puede irse a freír espárragos. Así que me temo que en lugar de quedarme
…mudo y absorto y de rodillas
como se adora a Dios ante su altar
hago como que no me he enterado de los tres halagos, lo cual vuelve a poner la cosa candente. Y siguen los amargos reproches. Tanto se eleva la temperatura que al final, en un arrebato lírico, exclamo:
¡A mamarla!
-¿Qué has dicho? -inquiere mi amada.
¿Comprendes ya que un poema
cabe en un verso?
-le pregunto.
A lo que ella, “encendida”, debería haber respondido:
-¡Ya lo comprendo!
Pero en lugar de eso, su repuesta se dispara contra mi rostro como un latigazo.
Desde siempre yo he sabido
que tu lengua es asaz larga
y ahora vas a comprobar
como esta serena dama,
sin ser natural de Parla,
se dispone muy dispuesta
toda la noche a mamarla.
Mentiría si dijera que sus palabras no me dejan confuso y preocupado. Pero ya es demasiado tarde para nada.
Suenan doce campanadas,
meditando entre las sombras
yo ya tiemblo.
Y me alejo preguntándome
dónde encontrará a estas horas
ese miembro.
Es el fin, sí. Uno más. Y, mientras recuerdo que
Pero aquellas que el vuelo refrenaban
tu hermosura y mi dicha al contemplar,
aquellas que aprendieron nuestros nombres,
esas… ¡no volverán!
decido que ya que ya es hora de colocar el
.
y
final
a
esto
