LA VIDA ES UNA GÓNDOLA, GON, GON, GÓNDOLA (EL REGRESO)

Septiembre 18, 2009 por gondolerobcn

Una de mis anécdotas históricas preferidas es la de un viejo centurión romano que, viéndose incapaz ya de luchar, pidió al César permiso para suicidarse.

La respuesta del emperador fue:

-¿Pero todavía estás vivo?

Hoy he tenido un sueño revelador. No voy a contarlo aquí, pero el caso es que he despertado riéndome a carcajadas. Como suena.

Y he pensado: ¡Qué coño!

El motor de esta historia, el motor de todas mis historias, es mi Ego. Y mi Ego, A Dios gracias, sigue incólume.

Gracias por vuestros comentarios. Gracias por vuestros correos.

Especialmente a una dama que lo está pasando fatal. Vaya para ti una sonrisa. Ser escritor es lo mejor que me ha pasado en esta vida. Lo demás, todo sea dicho, siempre me ha importado un pimiento.

Otra encantadora dama me indicaba que mis fans se estaban rasgando las vestiduras ante mi deserción… Estaba esperando a que se las terminaran de rasgar para observarlas sin las vestiduras…

Lo que quiero decir es, simplemente, que os quiero.

Pero no vayan a pensar que es fácil ser un genio. A veces desearía no serlo, o, por lo menos, no serlo tanto. Qué se le va a hacer…

Son ustedes insaciables, señoritas. Me gustaría, dicho sea con todos mis respetos, acostarme con todas ustedes. Varias veces a poder ser. Hablo de acostarme, por descontado, en un plano puramente espiritual.

Nada de sexo, eso podría acabar con todo…

Gracias también al tipo que envió un comentario a mi post de la enciclopedia catalana. Por alguna razón que ignoro el mensaje fue directamente a la carpeta de spam del blog -¿estarán dotadas las carpetas de spam de los blogs de la facultad de identificar a los borricos?-, por lo que no he podido verlo hasta hoy.

El nombre del sujeto era “Anónimo”. Y el escueto comentario de Anónimo era el siguiente:

Comentario: patético… ¿Es esto humor?

Mi respuesta es que para crear un texto humorístico tendrás que probar a hacerlo más largo. Con una sola palabra suele ser complicado. Sigue intentándolo.

En fin, que suban a bordo… ¡Zarpamos!

El próximo post, lo prometo, comenzará así:

Sigo masturbándola en mis rodillas, y recuerdo la pregunta que me había formulado antes.

¿Que qué tres cosas me llevaría a una isla desierta?

Tus tetitas, tu culito y tu conejito.

Hay cosas que nunca cambian, ¿verdad?

Y para un momento especial, una canción especialísima… Para mí.

Canten conmigo:

Well, baby, baby, baby, you’re out of time
I said, baby, baby, baby, you’re out of time
You are all left out
Out of there without a doubt
‘Cause baby, baby, baby, you’re out of time.

LA VIDA ES UNA GÓNDOLA, GON, GON, GÓNDOLA…

Septiembre 13, 2009 por gondolerobcn

Coincidiendo con la fiesta nacional del 11 de septiembre, tenía casi preparado un post, que era la continuación del anterior. Le había empezado a coger el gustillo al asunto.

Trataba de una expedición catalana que encontraba, en un nivel inferior de la Sima de las Butifarras que exploró el profesor Stauffenberg de la entrada que antecede a ésta, al homínido más antiguo hallado jamás en Europa.

Qué digo en Europa… ¡En el mundo entero!

Al homínido en cuestión se le conocía como “El Home De la Garrotxa”.

La Garrotxa es la comarca donde se encontraría mi ficticia sima, y “home” significa “hombre” en catalán.

Se le llamaba, sí, con este nombre; sin embargo la gente de a pie había bautizado a nuestro homínido con el cariñoso apelativo de Josep Lluis.

Os presento a Josep Lluis.

JosepLluis

Luego estaban los miembros de la expedición. A la cabeza de la misma iba un americano, un auténtico erudito licenciado en Yale, que había venido a Barcelona a pasar un verano y, como era de esperar, había quedado enamorado de la cultura catalana. Se llamaba Karl Dwyer.

Éste era Karl Dwyer antes de ese verano que había cambiado el rumbo de su vida.

Karl Dwyer

Éste era Carles Dwyer después de sucumbir al influjo catalán.

CarleslDwyer

Luego, tratando de ser justo y veraz, y retratando, por tanto, a mi comunidad como el modelo de integración lingüistica, cultural, espiritual y paraíso de la igualdad que en realidad es, presentaba a Abderramán Salim Manzur, más conocido como “Pepet”, el Jefe de Logística y Suministros de la expedición. Se diría que, de alguna manera, la piedra angular de la misma. Pretendía mostrar con este personaje que en Cataluña todos somos iguales.

Aquí tenemos a Pepet en acción.

pepet2

Y la cosa seguía y seguía así. Llevaba cerca de diez páginas escritas. Una gansada, de acuerdo; pero lo estaba pasando bien, que es de lo que se trata.

Cuando de pronto… le di a alguna tecla del ordenador donde, salta a la vista, no le debía haber dado, y todo el texto se fue a la mierda. Así, como suena.

Al Paraíso de las Palabras, supongo… O al infierno.

No es la primera vez que me sucede algo semejante, pero en esta oportunidad lo he interpretado como una señal del destino.

Empecé este blog, hace justo un año, por razones que, si alguna vez revistieron alguna importancia, éstas se han ido difuminando hasta borrarse por completo con el correr del tiempo. Se apagó el motor que le daba vida a esta historia, por así decirlo: me he quedado, como el aviador del Principito, en panne.

Quiero decir que lo dejo. La góndola ha llegado a su destino.

No ha estado del todo mal el viaje, ¿verdad?

Creo que era Dylan Thomas quien contaba que en una ocasión vio a un campesino disponiendo unas series de setas en círculos en un campo: se trataba de un ritual mágico relacionado con las cosechas. Cuando el poeta galés le pregunto al campesino que por qué hacía algo así, éste le respondió: -Porque sería un condenado idiota si no lo hiciera.

Yo quisiera dedicar estos textos, si algún valor tuvieran, a todas las personas que se han acercado a este espacio y han tenido la amabilidad de leerme.

También quiero dedicárselos a las personajes de los mismos, es decir, a los seres de carne y hueso que han tenido la amabilidad de pasar por mi vida. La mayor parte de ellos, si bien no han contribuido a que fuera más sencilla, por lo menos si han puesto su granito de arena en que resultara más estrambótica. ¡Bravo también por vosotros!

Pienso, pues, que es de justicia daros las gracias a todos.

Y sería un condenado idiota si no lo hiciera así.

 

NOTAS PARA UNA ENCICLOPEDIA

Septiembre 9, 2009 por gondolerobcn

(NOTA: De unos días a esta parte estoy disfrutando de un merecido descanso lejos del mundanal ruido. Y, pronto, muy pronto, al encontrarme en tierras extrañas, salvajes y extranjeras, me ha acometido la nostalgia de mi patria. (Y más si tenemos en cuenta que se aproxima la Diada Nacional de Catalunya.) Atribulado por la zozobra de hallarme a cientos de kilómetros de mi hábitat natural, comienzo a redactar estas dispersas notas que algún día formarán el cuerpo central de mi magna obra Enorme Enciclopedia Ilustrada Catalana y Universal de Cataluña y los Catalanes, presumo que tanto para sentirme un poco más próximo a la tierra que ha legado al mundo joyas universales como el pan con tomate, la sardana y yo mismo (no necesariamente por este orden), como para dar conocer a mis lectores -si alguno queda todavía- las bondades y excelencias del país que, entre otras bagatelas de menor importancia, me vio nacer. )

senyera

Etnografía: El catalán es alto, bien parecido, de miembros robustos pero gráciles y bien torneados, un cuerpo perfectamente diseñado para la caza, la pesca y el amor carnal. El catalán macho suele medir entre 195 y 210 cm, mientras que la estatura de la catalana hembra oscila entre los 185 y los 200cm. La mirada del catalán macho despide un brillo de inteligencia característico del que adolecen los otros habitantes de la Península, así como su sonrisa franca, abierta e inteligente produce la admiración del visitante que goza de la ocasión de presenciarla.

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catalailustresonriendo

Sus genitales son grandes, pesados y robustos, de textura rugosa pero agradable al tacto, pudiendo contener en su interior, según determinan investigaciones recientes, el triple de reservas de esperma que cualquier otro pueblo europeo, y presentado la característica diferencial de tener un testículo más grande que el otro, por regla general el derecho. (A este respecto, algunos especialistas opinan que este desajuste de tamaño testicular, todavía más acusado en la prehistoria que en nuestros días, se debe a que, en esos tiempos remotos, la diferencia de peso genital hacia el lado derecho permitía al catalán cazador primitivo compensar el peso de los rudimentarios y nada ligeros arco o lanza conque se ganaba el sustento -y, de este modo, incrementar la velocidad y la pericia en la caza-, artilugios que solía llevar de ordinario colgados en el lado izquierdo de su cuerpo.)

Contrastando con la inusitada solidez de estos atributos viriles, la especial aerodinámica de su pene parece especialmente diseñada en un túnel de viento celestial para la cópula incesante, siendo éste, junto con la Moreneta, uno de los iconos del arte patrio: desde la noche de los tiempos hasta nuestros días hay, diseminadas aquí y allá a lo largo del territorio nacional, no pocas representaciones y/u homenajes arquitectónicos y artísticos al autóctono pito nacional.

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(Obsérvese en la figura del menhir de Palau, que se trata de la representación de un ejemplar circuncidado, uno de esos penes a los que los antropólogos denominan “de cabeza melonera”; resulta, pues, estremecedor el verismo con el que estos antepasados, que prefiguraban ya a Gaudí, plasmaron la grandeza y consistencia de los atributos nacionales.)

Idioma: Durante toda la vida hemos escuchado que el idioma catalán, al igual que sucede con otras lenguas romances, es un dialecto del latín. Sin embargo, los recientes estudios del insigne paleontólogo -y notable fisioterapeuta- de la universidad de Colonia (algunos malintencionados han llegado a a decir que del manicomio de la ciudad de Colonia) Ernst Stauffenberg i Bofarull han echado por tierra de forma irrebatible esta falacia y han determinado que el catalán es en realidad una lengua prerománica, probablemente de raíz indoeuropea.

Sttauffenberg

Concretamente, el profesor Sttauffenberg y su equipo encontraron a finales del año 1998, en unas excavaciones arqueológicas realizadas en la sima de una cueva -conocida como la Sima de las Butifarras- próxima a la localidad de Olot, una antigua inscripción datada, por medio del carbono 13 (por razones presupuestarias se habían terminado las reservas de carbono 14 de que disponía el equipo), del año 3.500 A.C., inscripción que, tras el estupor inicial, descubrieron que se hallaba realizada en un idioma desconocido hasta la fecha.

Después de años de investigaciones y, tras utilizar los últimos avances tecnológicos e informáticos que puso a disposición del profesor el reputado Departamento de Paleontología de la universidad de Colonia (o del Pabellón de Casos Críticos del psiquiátrico de Colonia a decir de algunos), pudo por fin traducirse. Esto es lo que rezaba la inscripción:

José Luis, no; jo em dic Josep Lluis aqui i a Atapuerca.”

Lo que traducido al castellano vendría a significar:

José Luis, no; yo me llamo Josep Lluis aquí y en Atapuerca.”

La canción me encanta desde pequeñito. Cosas que tiene uno… 

NO DIGÁIS QUE AGOTADO SU TESORO… O GONDOLERO EL RAPSODA

Septiembre 3, 2009 por gondolerobcn

Ayer (cuando escribo lo que sigue) cometí dos actos absolutamente pecaminosos y vergonzantes, a saber: volví a leer, tras décadas de acumular polvo en el desván del olvido, las rimas de Gustavo Adolfo Bécquer. Y por si fuera poco, apenas una hora más tarde, mandé a paseo -con la inestimable y entusiasta colaboración de la propia interesada, eso sí- a una persona muy cercana. Y todo ello en una misma sesión.

Empecemos, claro, por la poesía.

Antes de nada reconoceré sin rubor que fui un infante sensible y amante de la lírica, diría incluso que un tanto wertheriano -disparo fatal y chaleco amarillo aparte- en cuestiones literarias. Ya a una edad muy temprana, pongamos seis o siete primaveras todo lo más, los poemas del vate sevillano me cautivaron. Me veo a mí mismo deambulando por la casa paterna, libro en mano y recitando en voz alta -una y otra vez, para desesperación de mis progenitores- aquellos inmortales versos por el salón.

Todo esto entre Chiripitifláuticos y el pan con chocolate de rigor.

Llegué a aprendérmelos casi todos de memoria. Todavía hoy puedo recitar muchos de aquellos almibarados poemas -igual que soy capaz de hacer con La canción del Pirata de Espronceda, que aprendí por la misma época- de corrido.

Intuyo, dicho sea entre paréntesis, que precisamente de ahí proviene mi enfermiza y casi neurótica aversión a poetas y poetisas de cualquier pelaje. En algunos casos -contados casos- puedo soportar o incluso disfrutar las creaciones que regalan al universo, pero soy incapaz de soportar ni dos minutos a sus autores en un espacio común. Y, para mi desgracia, he conocido a unos cuantos.

No digáis que agotado su tesoro,

de asuntos falta, enmudeció la lira:

podrá no haber poetas; pero siempre

habrá poesía.

Por suerte.

Pasemos ahora a mi segundo pecado mortal de la noche, y prometo que será la última vez que hable, ya sea en público o en privado, del asunto.

He dedicado varias entradas a mis abruptas rupturas sentimentales con la misma damisela a lo largo de los pasados meses, de modo que ha acabado por convertirse en una especie de aburrida costumbre. Digamos, por resumir, que

Nuestra pasión fue un trágico sainete,

en cuya absurda fábula

lo cómico y lo grave confundidos

risas y llanto arrancan.

Por fortuna, y calibrada ya la relación con mirada retrospectiva, estoy en condiciones de decir que ha habido más risas que llanto, que no es mala cosa.

Parece, sólo parece, que esta vez es la definitiva. Así que cerraré el tema de una vez por todas, como rezan las cartas comerciales, por medio de la presente.

No aburriré con detalles, pero vaya por delante que dicha señorita posee notabílisimas cualidades, y todas ellas, puedo certificarlo, en grado superlativo. No le faltan ni belleza, ni talento, ni inteligencia, ni sentido común (esto, más que faltarle, le sobra), ni creatividad, ni clase.

No le falta casi de nada, si a eso vamos.

Ella tiene la luz, tiene el perfume,

el color y la línea.

Pero también es, a mi modesto entender y sin ánimo de molestar, una caradura emocional de dimensiones no menos descomunales. Y, por razones que no vienen al caso, reconozco a un o a una caradura emocional a kilómetros de distancia. Ella no lo sabe, sí, y lo pone en duda cuando se lo digo; pero es que una de las características insoslayables del caradura emocional es el ignorar que es un caradura emocional. Se trata de una especie de marca de fábrica de los caraduras emocionales: creer que no lo son.

Si supieran que son caraduras emocionales probablemente dejarían de ser caraduras emocionales. O por lo menos lo intentarían. Así de sencillo.

El caso es que ayer, una vez más, discutimos. Ahorraré el génesis y primeros pasos del litigio; pero en un momento determinado de la contienda pongo encima de la mesa la posibilidad de mandar lo nuestro al garete una vez más. Ella acepta encantada. Suelto lastre, y le dedico, muy ofendido, alguna verdad que otra:

Dices que tienes corazón, y sólo

lo dices porque sientes sus latidos.

Eso no es corazón… es una máquina

que al compás que se mueve hace ruido.

A lo que ella me responde:

Voz que incesante con el mismo tono

canta el mismo cantar.

Gota monótona que cae,

y cae sin cesar.

Constatada ya la inevitabilidad de otro adiós nos relajamos un poco, y ella, se diría que a modo de testamento, enumera las tres cosas que más admira de mi persona (¡sólo tres, sí!). Cito las dos primeras:

1)Mi talento.

2)El coraje que pongo ante la vida.

Éste era el momento en el que yo debía hincarme de hinojos y dar gracias, entre lágrimas, por estas palabras…

Pero mudo y absorto y de rodillas

como se adora a Dios ante su altar.

El problema es que me importa un pimiento de qué manera se me recuerde, ya sea como el capullo integral que soy o el reposado amante de la ornitología que no soy. En lo que a mí respecta, la Posteridad, personal o colectiva, puede irse a freír espárragos. Así que me temo que en lugar de quedarme

…mudo y absorto y de rodillas

como se adora a Dios ante su altar

hago como que no me he enterado de los tres halagos, lo cual vuelve a poner la cosa candente. Y siguen los amargos reproches. Tanto se eleva la temperatura que al final, en un arrebato lírico, exclamo:

¡A mamarla!

-¿Qué has dicho? -inquiere mi amada.

¿Comprendes ya que un poema

cabe en un verso?

-le pregunto.

A lo que ella, “encendida”, debería haber respondido:

-¡Ya lo comprendo!

Pero en lugar de eso, su repuesta se dispara contra mi rostro como un latigazo.

Desde siempre yo he sabido

que tu lengua es asaz larga

y ahora vas a comprobar

como esta serena dama,

sin ser natural de Parla,

se dispone muy dispuesta

toda la noche a mamarla.

Mentiría si dijera que sus palabras no me dejan confuso y preocupado. Pero ya es demasiado tarde para nada.

Suenan doce campanadas,

meditando entre las sombras

yo ya tiemblo.

Y me alejo preguntándome

dónde encontrará a estas horas

ese miembro.

Es el fin, sí. Uno más. Y, mientras recuerdo que

Pero aquellas que el vuelo refrenaban

tu hermosura y mi dicha al contemplar,

aquellas que aprendieron nuestros nombres,

esas… ¡no volverán!

decido que ya que ya es hora de colocar el

.

y

final

a

esto

becquer

LA SEÑORITA NATILLAS, EL CÓMPLICE Y GONDOLERO EL MIMOSO (III Y CONTINUAMOS PARA BINGO)

Septiembre 1, 2009 por gondolerobcn

Los siguientes días los paso, como quien no quiere la cosa, tratando de demostrarle lo encantador que soy. Como se puede imaginar, resulta un trabajo digno de un titán; pero ese cuerpo tan maravillosamente esculpido por la Madre Naturaleza bien merece el esfuerzo y la constancia que le dedico al asunto. Una de esas noches, desde detras la barra, me pregunta: -¿Qué tres cosas te llevarías a una isla desierta?

Hummmmmmm….

-Venga.

-Una buena cama, tabaco y una muñeca hinchable.

-¿Una muñeca hinchable?

-Mejor eso que un coco, ¿no?

-Cómo eres, tío.

-Tú tampoco estás nada mal.

No me resulta sencillo conquistarla. No. Por el local se dejan caer unos cuantos tipos que, como yo mismo, malgastan su tiempo jugando al universal pasatiempo de quiensellevaalhuertoalacamarera.

Y luego está el camarero, el hombre de la corbatita de cuero. Como no tardo en enterarme, de labios de la propia interesada, no es su novio, ni nada que se le parezca. “Es como un hermano para mí”, me cuenta. “La persona en la que más confío en el mundo.” “O sea”, me digo, “es el que quiere tirársela y no puede”… El tipo se muestra frío, casi desagradable conmigo, lo que me indica que voy por el buen camino en la carrera espacial.

Así van pasando los días: uno detrás de otro, que es como suelen avanzar…

Y una de esas noches, patatín patatán, suena la flauta.

pasajedefaluta

Cuando se despoja del sujetador y deja sus pechos al aire, en la penumbra de mi salón, pienso en todos aquellos días, no tan lejanos todavía, en los que habría dado “los diamantes que el diablo acaricia” por poder besar unas tetas como las que tengo delante, aunque fuera sólo una, si me apuran… Estoy sentado en mi sillón favorito como si fuera un Gagarin cualquiera, fumando con una copa en la mano, mientras observo en silencio cómo se va desnudando lentamente. Deja resbalar su vestido por la cintura y se queda sólo con las medias -de rejilla- y los zapatos de tacón, sin saber muy bien si seguir o no… No dejo que continúe quitándose nada más: Le hago una seña para que venga, la siento en mis rodillas y, sin una palabra. comienzo a pasar mis dedos por encima de su sexo…

Noches así te reconcilian con la vida.

Unas horas atrás le he contado que tengo novia, y, curiosamente, lo primero que me dice al sentarse sobre mí es:

-Yo no soy un segundo plato de nadie.

-No, tú no eres el segundo plato… Tú eres el postre.

-¿El postre?

-Algo así como unas deliciosas natillas caseras -le digo. Y mientras procesa si mis palabras son un halago o algo muy feo, introduzco por fin el dedo en la cueva del minotauro y compruebo cómo la señorita Natillas comienza a moverse al compás que le marca éste…

Soy un romántico incurable, joder.

 

MR. BOJANGLES

Agosto 27, 2009 por gondolerobcn

Bill Bojangles Robinson

4 de julio de 1965, Nueva Orleans. Un joven cantante country llamado Jerry Jeff Walker es detenido por embriaguez y da con sus huesos en una celda. Aquella noche ha habido un asesinato en la ciudad, y todos los borrachos y delincuentes de la zona han sido detenidos también, por lo que la celda se encuentra abarrotada.

Un viejo vagabundo de “camisa raída y holgados pantalones”, apodado Mr. Bojangles (nombre, a su vez, de un famosísimo bailarín de Broadway y el cine musical que moriría en 1949 sin un sólo centavo), relata a Walker varias historias sobre su vida: cómo recorrió durante muchos años todo el sur de USA, acompañado por su perro, bailando en espectáculos de variedades y ferias de campo… Aunque la mayor parte del tiempo lo pasó tras las rejas porque, como diría a Walker, “yo bebo un poco”.

Ahora bailaba en “honky tonks” a cambio de bebida y propinas.

Su perro había muerto atropellado veinte años atrás, pero el hombre se pone a llorar al recordarlo.

Entonces, para levantarle el ánimo, alguien le pide: “Por favor, Mr. Bojangles, baila.”

Y él, tras levantarse y subirse un poco los pantalones, comenzó a bailar en aquella celda atestada de delincuentes.

Y, con sus gastados zapatos, saltó tan alto, tan alto, tan alto…

, tan alto

(NOTA: Son innumerables las versiones que se han hecho de esta canción. Desde la del propio Jeff Walker hasta una nada desdeñable de Robbie Williams, pasando por la legendaria interpretación de Sammy Davis Jr., Tom Jones, Nina Simone o el mismísimo Bob Dylan, entre muchos otros. Pero, por diversas razones, ésta es mi predilecta. Si a alguien le interesara el asunto -que todo puede ser-, San Youtube podrá contentarlo.)

(Actualización: Mientras iba a ponerle un cirio a San Youtube, tropiezo con esta deliciosa versión del propio Walker, en directo, y, aunque el clip parece sacado del otro Walker, el ranger que reparte mamporros a diestro y siniestro en la tele, es demasiado buena como para no compartirla.) 

DE LA VANIDAD (INTERLUDIO INTERCOITAL)

Agosto 25, 2009 por gondolerobcn

Vanidad de vanidades, todo es vanidad.”

Curiosamente, no aprendí esta bella cita del Eclasiastés en el colegio de curas donde estudié mis primeras letras, sino que que la solía repetir con inquietante frecuencia un atracador de bancos e insigne pirado apodado Pepe “el Batman”, a quien conocí en mi juventud y con quien llegué a tener el valor de compartir habitación -el sujeto tenía la desasosegadora costumbre de dormir con un cuchillo jamonero bajo la almohada- en una pensión de mala muerte durante unos días. Ésa, la de la vanidad, era una de sus frases recurrentes y, miren ustedes por dónde, hoy me ha venido a la memoria.

Pero dejemos de lado a Pepe el Batman, de quien hablaré en otro momento, y concentrémonos en el asunto de la la vanidad, relacionado en esta oportunidad con una de las más repelentes que se me ocurren, esto es, la vanidad literaria.

La mía, por ejemplo.

Aclararé de antemano que no se me ocurre ninguna otra pulsión que empuje a alguien a publicar -o a intentarlo- que no sea el puro Ego. Cabe discutir lo que puede motivar a un hombre a poner sus pensamientos por escrito, pero tengo la certeza de que en cuanto a la divulgación de esos pensamientos hacia el mundo la vanidad es el motor incuestionable del asunto. Y llevo media vida discutiendo con escritores, escritorcillos, poetas, poetastros e incluso editores sobre el particular.

Vanidad de vanidades, todo es vanidad…

Como he comentado en alguna oportunidad, pasé unos diez años de mi vida escribiendo relatos, obras de teatro y novelas con pasión digna de mejor causa, sin demasiados -más bien sin ninguno- resultados prácticos, fuera de un par de premios en concursillos de relatos de fiesta mayor. Pero rondaba los treinta y cinco años cuando, a causa de una serie de casualidades, llegó ese momento mágico con el que todo aspirante a escritor sueña: el día que tu primera novela -que en realidad era la tercera que había escrito- sale al mercado.

Ninguno, supongo, lo confesará… pero dudo mucho que algún autor se escape del malsano placer de acercarse a mirar subrepticiamente, aunque sólo sea una vez, si su novela está en las librerías.

¿Habrá muchos ejemplares? ¿Estará en un lugar preferente (en tu imaginación, claro está, debería figurar en un anaquel de oro)? ¿Se detendrá alguien a hojearla? ¿La comprará alguien…?

A la sazón yo vivía muy cerca de unos grandes almacenes cuyo nombre no citaré -pero como pista sí revelaré que ese nombre empieza por “corte” y acaba por “inglés”-, a donde solía dejarme caer bastante a menudo, digamos que tres o cuatro veces por semana, para comprar o mirar libros. Solía atenderme un señor de cierta edad, muy educado, uno de esos vendedores impersonales que adivinas al punto que ha aterrizado en la sección de libros igual que podría estar vendiendo jaulas para canarios o bicicletas. La verdad, nunca había cruzado con él ni una palabra fuera de lo imprescindible para mis compras.

Bueno, pues aquel día me aproximé hacia la mesa de novedades -mesa que eludía y sigo eludiendo siempre: si quieres leer a los buenos, lee a los muertos-, amparándome, claro, en el anonimato… Sí, ahí estaba mi primera -en realidad la tercera- obra maestra…

¡Qué cubierta tan hermosa! ¡Qué contracubierta más bien pensada! ¡Qué paginas tan blancas! ¡Qué tesoros contenía en su interior…!

Inflamado por la satisfacción de ver a la hija de mi imaginación en tan venerable lugar, doy otra vuelta por la sección y me dispongo a acercarme de nuevo a la neonata para contar los ejemplares… Me siento como un bobo actuando así, pero, por fortuna, como nadie me conoce, nadie se dará cuenta jamás.

De pronto, un vozarrón retumba:

-¡AQUÍ! ¡AQUÍ! ¡ESTÁ AQUÍ!

Es mi vendedor, sí, y me lo está diciendo a mí. Está junto a mi libro, señalándolo. Pongo cara de no tener ni idea de a qué se se refiere. Pongo esa sonrisa idiota que, como ya he comentado también alguna que otra vez, no me cuesta demasiado esbozar.

-¡TU NOVELA… ESTÁ AQUÍ!

-Ah- digo, como si fuera la última cosa de este mundo en la que estuviera pensando.

Esbozando todavía esa sonrisa conmiserativa, más falsa que el aplauso ante el triunfo de un rival, me acerco hacia allá.

-Ya decía yo que con esos libros tan raros que pide, debía de ser escritor o algo así -me dice.

-Gracias.

-¿Cuánto ha tardado en escribirla?

-Treinta y cinco años -respondo.

Sin poder hacer otra cosa, me veo con mi propia novela en la mano. Se acerca también una vendedora, pues intuyo que la sección de librería de esos almacenes es un lugar donde no suceden demasiadas cosas.

-Es escritor -le dice-. Acaba de sacar esta novela.

-¿Y de qué va? -me pregunta la vendedora.

-De todo -digo.

-¿De todo?

-Sí. De todo.

Al cabo de un rato consigo zafarme de ellos, y mientras salgo de ahí pensando que voy a pasarme una temporada sin comprar libros en ese centro comercial, infiero que, por alguna razón, el buen hombre había hojeado la novela, probablemente al colocarla en su lugar, y me había reconocido por la foto de la solapa.

Cuando publiqué la segunda, elegí otra librería para mirar.

Vanidad de vanidades…

LA SEÑORITA NATILLAS, EL CÓMPLICE Y GONDOLERO EL MIMOSO (II)

Agosto 22, 2009 por gondolerobcn

Practicaba boxeo tres horas diarias sin saltarme ni un sólo día de entrenamiento y lo que me motivaba, por encima de todo en la vida tras dos años de vagabundeo y soledad y problemas y más problemas por los lugares más inmundos de la ciudad, era el placer de la caza.

Le plaisir de la chasse, que diría Hércules Poirot en su francés escolar.

A pesar de mi inexperiencia sabía ya que las relaciones humanas se componen, en un alto porcentaje, de espacio vacío… Pero aquellas chicas de entonces eran como pasteles de mermelada en un aparador. ¡Qué bueno descubrirlas..! ¡Qué hermosas esas sonrisas, como faros de costas remotas, luciendo en la madrugada…! Me gustaba contemplarlas abiertas de piernas en habitaciones azules, me gustaba verlas a cuatro patas, me gustaba oírlas gemir y decir cosas como “méteme la polla” o “qué cabrón eres” o “por qué no me enculas”… Incluso resultaba genial verlas empolvarse la nariz, o acercarse por una plazoleta con una cinta en su cabello, o bailar en una pista desierta… Porque todas tenían algo y ésta, la señorita Natillas era, como dije, todo tetazas y todo trasero y todo piernas embutidas en unas medias de rejilla, con lo cual la vista se te iba de aquí a allá y de allá a aquí aunque no quisieras… El bar musical próximo a mi casa donde entré por casualidad a comprar tabaco después de entrenar, a excepción hecha de ella misma (la camarera) y del camarero, estaba vacío y sonaba buena música, así que me senté con mi traje caro en el taburete y pedí una copa con cara de sentirme alguien importante aunque en realidad me sentía, como de costumbre, como el Pato Donald bebiendo sangría peleona en una playa de Torremolinos un diecisiete de febrero a las seis y media la tarde…

Aquí, para ahorrar tediosas explicaciones, saco mi Amuleto Mágico Muy Muy Muy Potente y apenas unos días más tarde estoy sentado en el mismo taburete, apenas un rato antes de cerrar, tratando de convencer a la señorita Natillas para venir a mi casa a tomar una copa y escuchar unos discos.

Digo las palabras mágicas, doy unos pases mágicos y…

…Acepta.

El camarero, un sujeto de nuestra misma edad cuyo rasgo más sobresaliente es una corbatilla de cuero a la moda del momento y del que yo sospecho que, o bien quiere cepillársela o lo hace ya, observa la jugada con cara de pocos amigos desde el otro extremo de la barra, sin quitarnos el ojo de encima.

…Pero ella acepta. Sí.

Y el Pato Donald se relame anticipadamente, consciente de lo que va a pasar aun antes de que pase.

¡SHAZAN…!

Las viuditas, las casadas y solteras

para mí son todas peras

en el árbol del amor.

LA SEÑORITA NATILLAS, EL CÓMPLICE Y GONDOLERO EL MIMOSO (I)

Agosto 19, 2009 por gondolerobcn

Iba a comenzar este post diciendo que, como no recuerdo su nombre, la identificaré por medio de una X, que siempre suele quedar un tanto misterioso.

Pero no, en el último momento me he acordado de cómo se llamaba la damisela.

La M., la M, para más señas, de Mónica.

Trabajaba como camarera en un bar musical, próximo a mi casa, por el que yo solía dejarme caer alguna que otra noche, a mediados de los ochenta. Se trataba de un bar pequeño y más bien cutre enclavado en la zona residencial donde yo vivía, una zona en la que no abundaban en absoluto los locales de ocio, en plena era de la posmodernidad, fuera lo que fuera eso. El único interés que podría revestir un lugar así era, precisamente, la chica.

Culazo, tetas a lo Carlos Mejía Gondoy y los de Palacagüina y cara de Madonna del Riposo.

Una belleza voluptuosa en toda regla…

Pero antes de arrancar con la historia en sí, habré detenerme en describir al tercer vértice de este drama. A pesar de ser un clásico de nuestra sociedad moderna me temo que pocas veces se la hecho la justicia que merece y se le ha dispensado, cuando menos, de carta de naturaleza. Y no se me ocurre para él una mejor denominación que la de…

…El Cómplice…

El cómplice pasa siempre la mayor parte del día con la chica objeto de tus deseos. Le da lo mismo si es tu novia, incluso parece que le motiva este hecho. Diríase que todo su tiempo es para ella. Siempre está ahí cuando se requieren sus servicios, sean del tipo que sean. Siempre está ahí también cuando no se requieren sus servicios… Es su amigo, su confidente, su acompañante, su hermano mayor, su hermano menor, su paño de lágrimas, su camarada, su chófer, su asesor personal, su recadero, su escolta… Pero, y éste es el rasgo distintivo del cómplice por encima de cualquier otro, no se la folla. Y si no se la folla, contrariamente a lo que quiera hacer creer al mundo con su actitud, no es por preservar esa sacrosanta amistad a la que el sexo podría ensuciar y poner fin.

No, no, no…

Si no se la lleva al huerto es, sencillamente, porque ella no le deja hacerlo.

Pero la pareja de cómplices juegan a que no es así.

El asunto es que mientras que con las mujeres tú eres un velocista, él es corredor de fondo. O de maratón, mejor dicho. En su interior confía en que tarde o temprano la chica tenga un día débil, o que se dé un golpe en la cabeza que le obnubile el cerebro transitoriamente y caiga por fin en sus cómplices brazos. Es inasequible al desaliento y por lo visto le da igual que pase un año o pasen diez años hasta conseguir el fin que ansía. Es como uno de esos buitres de las pelis del Oeste volando en círculos alrededor de su presa, siempre al acecho… Pero lo más curioso es que ella, tan perceptiva siempre para todo, parece no darse cuenta de la verdadera calaña del sujeto. Y te das cuenta de este hecho el que día que, harto ya de la continua presencia del sujeto en vuestras vidas y con tu mano derecha habitual, se lo haces notar descarnadamente a tu chica.

-Anda, que (aquí dices el nombre del cómplice) secuestraría a su propia abuela por poder echarte un polvo.

Ella te mira con esa mirada preñada de desprecio -por desgracia bastante habitual- que parece fundir el suelo bajo tus pies. No da crédito a sus oídos…

-¿Qué-has-di-cho?

Lo repites, sí. Con la cabeza bien alta y sin que te tiemble la voz. Y entonces esa mirada de desprecio se transforma en esa sonrisa de desprecio -por desgracia bastante habitual- que parece fundir el suelo bajo tus pies.

-¿Con él? -te pregunta-. ¿Estás hablando de (aquí dice el nombre del cómplice)? ¿Piensas que todos los hombres son como tú?

Piensas, en efecto, que todos son como tú. O peor que tú. Eres hombre y sabes cómo son los hombres. Sólo que el cómplice es demasiado cobarde y ladino como para expresar sus verdaderos sentimientos… Pero, viendo la mirada de tu chica, comprendes que es una lucha perdida de antemano y lo dejas correr…

-Vale, vale -concedes…

Y la cosa sigue igual.

***

Pues éste, a grandes rasgos, sería el tercer personaje de la historia que narraré, Dios mediante, en la próxima entrada de este vuestro blog.

Nos vemos por aquí. Si os apetece, claro.

UNA BUENA PUTADA

Agosto 11, 2009 por gondolerobcn

Me la han presentado unos días atrás en una especie de fiesta, y coincido con ella en un bar que queda cerca de casa de mis padres. Me saca seis o siete años de edad. Es la novia de un viejo conocido de la infancia a quien no veo desde hace siglos. Con él, lo recuerdo bien, jugaba a las canicas en el parque, cuando éramos niños. Yo era un desastre para el asunto caniquil, la verdad es que no consigo recordar ni una sola vez en la que no volviera a mi casa derrotado. Imagino que todavía debe de conservar por alguna parte miles de canicas que me ganó en aquellas lejanas tardes.

Comienzo a charlar con la señorita, y pronto la cosa se pone íntima. Su relación está agonizando, me cuenta, pero no sabe cómo ponerle fin. Como hombre expulsado del hogar y abandonado en la cuneta en más de una ocasión a lo largo de su existencia que soy, sé muy bien lo que ocurre cuando una mujer comienza a plantearse estas cosas:

-Estás listo.

Y sigue contándome lo mal que lo está pasando, y yo pongo esa cara de buen samaritano –tan parecida a la cara de imbécil- que tan bien se me da. Entonces, más que nada por meter baza, se me ocurre hacer un comentario para demostrar que soy un hombre de mundo, comentario, del todo inocente, que, a la larga, me saldrá caro.

-Pues yo, cuando estoy muy agobiado, me voy a un balneario.

Lo siguiente relevante que sucede es que ha despachado “para siempre” a su novio, el día anterior, y que nos dirigimos en su golf Gti a mi balneario predilecto, si bien todavía no ha sucedido nada entre nosotros. No se la ve muy apenada a pesar de la ruptura. Yo, para qué engañarnos, tampoco lo estoy, más bien me encuentro pensativo mientras recorremos la autopista, y es que estoy planteándome en silencio los dilemas típicos en casos semejantes, seguro que -en el caso de que algún varón también me lea- sabéis de qué hablo.

¿Debo pedir una habitación o dos?

Pero ella misma se encarga de disipar mis dudas en la recepción, adelantándoseme y pidiendo una doble. No me cabe duda de que encuentro frente a una veterana en estas lides.

Nueva duda: ¿Me la calzo antes de deshacer la bolsa de equipaje o espero por lo menos cinco minutos?

Nueva disipación de duda. Lo primero que me dice en cuanto cierro la puerta:

-Fóllame.

Y la follo como desea. Apenas abandonamos la habitación en los dos días que permanecemos ahí. Ni masajes, ni baños de barro, ni baños termales, ni inhalaciones ni porras en vinagre: sólo jodienda… Como hombre que jamás sabe si este será el último polvo que los cielos tendrán a bien concederle, siempre intento “llenar la despensa” –o vaciar el depósito en este caso- por si vienen malos tiempos.

El primer “pero” surge cuando regresamos a Barcelona en el coche, relajados, escuchando música, inundados por los cuatro costados de esa sensación tan característica de “domingo por la tarde”. De pronto, lo deja caer como quien no quiere la cosa.

-No sé cómo le voy a contar esto a J… (J… es su ex novio).

La miro. Aquí falla algo y, por una vez, me temo que no soy yo.

-Y por qué tienes que contarle nada? –pregunto. Y, con la mosca detrás de la oreja, añado-: Porque habéis roto, ¿verdad?

-Sí… Sí… Podría decirse que sí.

-¿Qué significa “podría decirse?

-Bueno, tuvimos una pelea….

Maldita arpía”, pienso, “te has guardado una carta por si acaso”.

Y es la primera pega, sí, pero desde ese preciso momento intuyo que vendrán muchas más.

Da pasaporte por fin a su novio y, tras muchos tira y afloja, comenzamos a salir. Y el primer mes no va mal del todo, ya sabes, mucho sexo y “oh la la” y todo es de color de rosa. Hasta que descubro –entre otras cosas que no desvelaré- que la señora tiene un endiablado carácter . Y al decir “endiablado” quiero decir jodido de verdad, y lo compruebo en mis propias carnes cuando me invita a pasar un fin de semana en una casita que posee en un pueblo perdido del Pirineo, allá donde, como se suele decir, Cristo dio las tres voces. El fin de semana empieza con sexo y risas y sexo y sexo, pero acaba con una botella de leche –de vidrio- estrellándose contra la pared, pasando lo bastante cerca de mi cabeza como para decidir a toda prisa que tengo una cita inaplazable en cualquier otra parte.

Y salgo –literalmente- por piernas de aquella casa.

Y mientras espero en el andén, medio congelado, a que aparezca el tren que me lleve bien lejos de ese maldito pueblo, pienso en su ex novio, mi viejo conocido, y me viene a la memoria aquella frase tan manida pero que encierra una verdad universal.

La escribo en mayúsculas por si alguien no la conoce.

SI ALGUIEN TE QUITA LA NOVIA, VÉNGATE DE ÉL: HAZ QUE SE LA QUEDE.

Y, como quiero ser honesto, ahí va otra versión:

SI ALGUIEN TE QUITA EL NOVIO, VÉNGATE DE ELLA: HAZ QUE SE LO QUEDE.

Luego están las versiones gays, pero no las citaré para no resultar repetitivo.

No me puedo sacar a su ex de la cabeza. “Condenado cabrón”, me digo, “no te conformaste con hacerme morder el polvo a las canicas un día sí y otro también. Para ti no fueron bastante todas esas derrotas, no, tenías que dejarme también una novia histérica que casi me asesina con una botella de leche… Bien, bien, has ganado, compañero; pero la vida es larga, muy larga. Así que, ándate con ojo, no sea que un día de estos encuentres en tu regazo, como por arte de magia, con alguna dama tan selecta como la tuya, cortesía de Gondolero Martínez López”.

Y ahora, como toda historia narrada por un psicópata que se precie, la finalizaré con una risa perturbada. Algo así como:

Ja, ja.