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EL PROGRAMA DE PROTECCIÓN DE TESTIGOS O GONDOLERO EL DELATOR

Noviembre 8, 2009

(Esto es un relato de ficción. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia fruto de la excelsa e inigualable imaginación del autor.)

Visto con la perspectiva que da el tiempo y teniendo en cuenta las consecuencias que me reportaría a la postre el asunto, quizá no debí haber testificado contra aquellos dos poderosos y despiadados gangsters. Lo cierto es que ambos llevaban más de veinte años -desde la época en la que ocuparon altísimos cargos políticos en el gobierno- esquilmando las arcas públicas para su provecho, y no deja de resultar curioso que su caída viniera propiciada de manos de un ciudadano anónimo como yo.

Lo único que me consuela es que, gracias al testimonio que presté a cara descubierta en aquel proceso judicial, Genaro Alaverdi y Giuliano Prunafretti pudieron ser condenados por fin a tres fines de semana de arresto domiciliario, una multa de quinientos euros y dos meses prestando servicios sociales en un asilo de ancianos.

Ni siquiera la omnipotente influencia de su antiguo jefe Vito Pujolone, il cabecutto de tutti cabecutto, pudo librarlos de la severa condena.

Sin embargo, no fue hasta el día siguiente de que terminara el juicio cuando empecé a vislumbrar las fatídicas consecuencias que se derivarían de mi decisión de declarar contra los mafiosos. Fue entonces cuando un agente de la Agencia de Inteligencia Catalana me citó en su despacho para ponerme al corriente de la situación a la que me enfrentaba:

-Le seré franco -me dijo ya de entrada-: Tenemos noticias fidedignas de que la Organización ha puesto precio a su cabeza por delator.

El golpe fue brutal, y no negaré que me dejó conmocionado.

-¿Precio? ¿Qué precio? -inquirí todavía golpeado por la sorpresa-. ¿Cuál es el precio de mi vida?

-Ochocientos euros, las obras completas de Miquel Martí i Pol y un fin de semana para dos personas, con todos los gastos pagados, en un hotelito de Segur de Calafell.

-¿Habla en serio?

-Si la muerte es lo bastante cruel, los volúmenes de poesía pueden cambiarse por una tele de pantalla plana… Tenemos constancia de que varios sicarios andan ya tras sus pasos, atraídos por la recompensa.

Soy valiente, sí. Osado. Incluso temerario a veces. Mas no ocultaré que la noticia de que la “Coseta Nostra” había dictado sentencia de muerte contra mi persona no contribuyó a alegrarme la mañana. Si he de ser sincero, mientras el agente me lo contaba, sentí unas irrefrenables ganas de esconderme debajo de la mesa y no salir de allí hasta que todo pasara. “¿Me dejarían pasar los próximos cinco años bajo aquella mesa?”, me pregunté.

-Supongo que me darán protección policial -acerté a mascullar, reprimiendo los temblores que me acometían.

-Por supuesto… Claro… Le daremos protección, desde luego. Toda la que podamos… El problema es la maldita crisis de los cojones. Quiero decir que, tras un concienzudo estudio económico de la situación, hemos determinado que le podemos asignar un policía municipal los miércoles y los viernes entre las 19.30 y las 21.30.

-Es una broma, ¿verdad? -pregunté aterrado.

-Los miércoles y viernes no festivos. Ya sabe que es más difícil que un funcionario trabaje un festivo que conseguir la independencia.

-Es horrible -exclamé con un hilo de voz-. Soy hombre muerto.

-No sea trágico y mantenga la calma: tenemos un plan B.

-¿Plan B.?

-Sí. Nuestro programa de protección de testigos.

-Pero eso significaría renunciar a mi identidad, a la gente que conozco, a mi mi vida.

-Sí, claro, significa renunciar a todo eso que dice y a un poco más; Pero… mire usted, la verdad es que le hemos estudiado a fondo. Y estamos al corriente de que su vida es fea, gris, aburrida, triste, absurda, sin metas, sin dirección, sin ideales, una mierda, vamos. Y eso por no recordarle que tiene a los criminales más sanguinarios de la ciudad deseando ponerle fin… De acuerdo, le estamos pidiendo que coja toda su vida, la arroje al retrete y tire de la cadena. Pero, dígame: ¿Cuál es la alternativa…? En el hipotético y poco probable caso de que no acabe en el fondo del puerto con una piedra atada al cuello, le quedaría una existencia que ni la más miserable y cruel de las ratas desearía para sus ratoncitos.

Iba a decir algo, pero el agente no me permitió intervenir. Se puso de pie y, entusiasmado por sus propias palabras, levantó el tono de voz y comenzó a gesticular con ampulosidad mientras hablaba, paseando de un extremo a otro del despacho como un poseso.

-Además, tengo unas nuevas identidades cojonudas. Co-jo-nu-das. Mire ésta -agitó el sobre que contenía la nueva identidad en el aire-: me acaba de entrar esta misma mañana y está calentita calentita…

Su entusiasmo me contagió un tanto. Quizá sí que tenía alguna posibilidad de seguir con vida.

-¿Cuál es?

-Pastor de ovejas en La Segarra.

-¿Pastor? Yo no sé nada de pastoreo ni de ovejas -protesté.

-Junto con los papeles le entregaremos diez ovejas, un zurrón, un perro pastor y el vídeo de Heidi (cuyo importe nos irá devolviendo en cómodos plazos). En dos meses será usted más rural que el abuelito y Pedro juntos.

-Soy alérgico a la lana virgen -dije-. Imposible.

Reprimiendo una maldición, sacó otro sobre del bolsillo y leyó la tarjeta que había en el interior.

-Vendedor ghanés del top manta. Se llamará usted Charles Jawara, nacido en Begoro, su madre era hechicera y su padre cazador de gacelas…

Intenté protestar, pero de nuevo no me permitió meter baza.

-Ya sé, ya sé, está el asunto de la pigmentación de la piel. Pero un tratamiento a lo Michael Jackson a la inversa hará maravillas. -Siguió leyendo-: Le damos la manta, un pasaporte ghanés y doscientos DVD´s piratas para empezar su nueva vida.

-Pe, pe…

-Tendrá que acostumbrarse a ser Charles Jawara. A comer, dormir, pensar, recibir palizas y huir de la policía siendo Charles Jawara. Tendrá que morir siendo Charles Jawara.

La cosa parecía una pesadilla. Cada identidad era más aterradora que la anterior.

-No quiero ser un vendedor ilegal -supliqué.

El agente me miró con odio.

-Anda que no es usted complicado, señor mío. Pero, no se preocupe, conservo un as en la manga. Lo guardaba para los arrepentidos del Orfeó Catalá o para el alcalde de Santa coloma, pero, mire por dónde, se lo voy a ofrecer a usted.

Extrajo un nuevo sobre, en esta ocasión del bolsillo interior de su americana. Tras una calculada pausa, lo abrió.

-Le ofrezco pertenecer a un equipo del deporte rey de este país, de ese espectáculo televisivo que hace vibrar a la gente los domingos por la tarde como ningún otro, de ese espectáculo de masas del cual se habla todos los lunes por la mañana a lo largo y ancho del país: en las oficinas, en los bares, en el autobús, con la portera…Y además se trata de un equipo de élite, del máximo nivel, probablemente el mejor de todos. Va a ser usted más famoso que el Santo Padre.

-¿Me está ofreciendo ser jugador del Barça?

-No diga majaderías, hombre de Dios. ¿Acaso no ve usted TV3 los domingos?

-No. Hace años padecí una sobredosis de sardanas un domingo por la mañana y mi psiquiatra me recomendó borrar el canal de mi televisor para siempre.

-Le hablo de ser casteller.

-¿Casteller? -exclamé desilusionado- ¿Se refiere a esos que se suben unos encima de otros y hacen castillos humanos?

-Exacto… Está entusiasmado, ¿no es cierto?

-¿Ése es el gran espectáculo televisivo que hace vibrar a la gente como ningún otro?

-¿Quiere que se lo demuestre?

-Me encantaría que lo hiciera.

-Vea este vídeo. Y dígame si queda demostrado o no.

Y me lo demostró, vaya si me lo demostró…

Así comenzó mi nueva vida como casteller.

GONDOLERO’S BAR

Noviembre 4, 2009

Mi bar estaba casi lleno. Verdaderamente animado, por una vez. Al parecer, la oferta del tres por uno había funcionado… Paseaba por mi local, orgulloso, con un puro en la boca, cuando se me acercó, muy alterado, el encargado.

-En la puerta tenemos un tipo muy extraño. Va vestido con calzón corto, lleva un lirio en la mano y no para de decir cosas ingeniosas a los porteros para que le dejen entrar. Si sigue así le van a hacer una cara nueva.

-Es Oscar. Acaba de salir de la cárcel.

-Entre nosotros, señor Gondolero. Parece un poco… de la acera de enfrente.

-Dadle la mejor mesa y ponedle una botella de absenta a cuenta de la casa. No creo que viva mucho.

-Y junto a la barra -continuó el encargado- tenemos a un francés que no para de gritar disparates y romper cosas. Dice que los chinos van a apoderarse del mundo… Está asustando a la poca clientela decente que hay.

-Céline, se llama Céline. Está loco, pero escribió la mejor novela del siglo XX… Barra libre para él… Por cierto, te dije que no quería clientela decente.

Pero mi encargado estaba frenético.

-Y ese otro chalado: delirando acerca del universo y recitando poemas que ponen los pelos de punta. Y amenaza con su bastón a quien le lleva la contraria.

-Es Poe. Acaba de perder a su mujer. Ponle todo el ron que pida.

-Parece que han venido todos los mendigos y todos los gorrones de la ciudad al ver nuestra oferta. Tenemos hasta uno escondido debajo de la mesa.

-Ese Salinger… Siempre tan esquivo.

Mis ojos se posaron en una dama de mirada extraviada. Verdaderamente guapa. Una de esas bellezas atormentadas que de joven me volvían medio loco. Me acerqué hasta su mesa.

-¿Zelda? -inquirí-. ¿Zelda Fitzgerald?

-¿Tienes veinte dólares para prestarme? -me preguntó-. Tengo que pagarle a mi chófer.

Le di lo que llevaba encima. Mi último billete en realidad.

-¿Ha venido tu marido? -le pregunté.

-Está pidiéndole un anticipo a su agente… Este bar es realmente asqueroso. No tiene la menor clase.

-Me alegro de que te guste.

-Casi prefiero mi psiquiátrico a ese antro.

-Diviértete, preciosa. Y ten cuidado con los incendios.

Seguí paseando por mis dominios. Pasé por delante de la ruleta y saludé a un fulano que no paraba de perder:

-Si se te acaba el crédito, Fedor, ve a pedir unos rublos a mi contable.

Pero el ruso estaba tan embebido en el juego que ni me escuchó.

Al cabo, fui yo quien llamó al encargado.

-¿Quienes son los sujetos vestidos de manera calculadamente informal que están en esa mesa discutiendo sobre la generación del 27?

-Nuestros mejores clientes, señor Gondolero. Son nuestros autores nacionales. Los más firmes valores literarios de este país: Educados, comedidos, cultos, corteses, críticos, un poco ácidos… Y pagan religiosamente sus consumiciones.

-Cóbrales lo que se están tomando ahora mismo y luego mandas que los echen a patadas. Si se resisten, que les den una buena paliza y los abandonen en el callejón.

-Pero si son los únicos que pagan…

Cogí a mi encargado por las solapas y le propiné un contundente rodillazo en la entrepierna.

-¡Maldito cabrón! ¡Te he dicho mil veces que no contradigas mis órdenes..! ¡A la puta calle con ellos! Y cuando vengan nuestras escritoras nacionales -si es que vienen- las haces pasar a las habitaciones. Con suerte, de alguna de ellas podremos sacar hasta cincuenta euros por polvo. Podemos hacer también un tres por uno.

Pero mi encargado estaba en el suelo, retorciéndose de dolor. Cuesta encontrar empleados diligentes en nuestros días… Entonces vi a un anciano con aspecto bonachón sentado en una de las mesas del fondo. Miraba todo lo que había a su alrededor con aire divertido. Lo reconocí al instante y me aproximé a su mesa.

-Señor Vonnegut -le dije conteniendo a duras penas la emoción-. Es un honor para este humilde local tenerle aquí… Pensaba que había muerto.

-¿Muerto? No, no. Era sólo un rumor.

-Si supiera lo que he disfrutado con sus libros desde que era niño. Todo el asunto de Dresde, y Kilgore Trout, y la fortuna Rosewater…

En ese momento sonó un disparo, y un fulano cayó al suelo con una herida en la cabeza.

-¿Quién es ése? -preguntó el señor Vonnegut.

-Se llama… Se llamaba Larra. Un enamorado que se metió en política y ya ve cómo le ha ido.

En ese momento entraron todos aquellos policías, arma en mano, y mi selecta clientela se abalanzó en estampida hacia la salida de emergencia, mientras la pasma comenzaba a practicar detenciones a diestro y siniestro.

Poco después estaba esposado camino de comisaría. Los autores nacionales me habían denunciado por brutalidad; pero además estaban las drogas, la prostitución, las bebidas de garrafa, el juego ilegal… Me iba a caer un buen paquete, sin ninguna duda.

Mi negocio se había ido a la mierda. Y mi clientela con él.

ZELDA

 

RELATO DE TERROR

Octubre 31, 2009

 (Un Día de Difuntos -nada de Halloweens foráneos- no sería un Día de Difuntos sin su relato de Terror. Aviso que da mucho miedo.)

Sigo caminando, entre las sombras, por el estrecho pasaje. Hace ya un buen rato que dejé de oler a moho y a humedad, e incluso la impenetrable oscuridad que me envuelve se me antoja cálida en comparación con la abominable presencia que me aguarda al final del corredor. De alguna manera intuyo -- que son los últimos pasos que daré en esta vida; pero, aun así, no puedo evitar avanzar hacia mi destino como una polilla atraída por la llama: un hombre que camina hacia el abismo y que no puede dejar de aproximarse a él.

En unos minutos tendré que enfrentarme, cara a cara, con…

¿Cómo denominarlo? ¿Cómo denominar a algo que escapa a cualquier nombre, a cualquier etiqueta, a cualquier categorización…? ¿Cómo nombrar a la esencia, a la encarnación misma del Horror?

En cuestión de unos minutos habrá de enfrentarme cara a cara con El Ente.

Sería inútil tratar de relatar la retorcida concatenación de hechos que me han conducido a esta desesperada situación. No importa el principio, ni siquiera importa el desarrollo de mi descenso al infierno: sólo la conclusión. Y para describir esta conclusión sólo acude a mi cabeza un término médico:

EXITUS LETALIS

Salida letal. Muerte… El final. Mi final. El “ending” que me aguarda tras la puerta. La vieja puerta que se abre empujada por mi mano, ahora mismo, con un hiriente chirrido que me hace empaparme en funestos presagios…

Y ahí está, sí, El Ente. El Ser más horrendo del Universo. Y, a modo de macabro recibimiento, de su garganta se escapa un grito cruel:

-¿SE PUEDE SABER DE DÓNDE COÑO VIENES A ESTAS HORAS?

Escribo y dejo caer este papel antes de sucumbir a las garras de La Bestia. Espero que alguien lo encuen

tales_of_terror

 

PEPE EL BATMAN (II)

Octubre 26, 2009

(Nota: La primera parte está sólo unas entradas más abajo.)

Al parecer, sus delirios paranoides, o una parte substancial de ellos, provenían de un fatal accidente, un episodio tragicómico que llegaría a alcanzar rango de leyenda en aquellos andurriales donde nos movíamos: por alguna razón sobre la que sólo pueden establecerse conjeturas (quizá se debiera a no querer llevarlos encima merced al acoso sistemático y los consiguientes registros a los que lo tenía sometido la policía del barrio), un día se le ocurrió enterrar unos ácidos (LSD) en un rincón de un parque, con la idea de recogerlos al día siguiente para colocarlos por ahí: cinco pirámides violetas importadas de Amsterdam, envueltas en una bolsita de plástico… Pero no contaba conque precisamente esa noche cayera un auténtico diluvio sobre la ciudad: parque con bolsa, claro está, incluida. Por la mañana, dando por sentado que la droga habría perdido sus efectos al haberse mojado de aquella manera, no se le ocurrió otra cosa que tomarse los cinco de golpe. Ni siquiera se le pasó por la cabeza la posibilidad de que el plástico los hubiera preservado de la humedad… Y a la vista está que los había preservado. Fuera como fuere, el caso es que se echó al coleto el equivalente a diez dosis (o veinte, si se tomaba en cuartos) de LSD prácticamente puro de una tacada… Fantasías animadas de ayer y hoy… Fue un milagro que viviera para contarlo; pero su cerebro, claro está, acusó el golpe. Tuvo un viaje estratosférico del que despertó varios días más tarde en la habitación de un psiquiátrico, habitación de la que no le dejaron salir en cinco meses.

Ahí comenzó su carrera de Pepe el Batman, el feo Murciélago humano que sobrevolaba la Bonanova con su chaqueta de polipiel a principios de los ochenta.

Y ahora el feo murciélago había pasado el testigo al feo androide semihumano, un androide con casco embutido en esa cabeza de dimensiones poco comunes y calculadora en mano, un androide de cómic que compartía habitación con un servidor, futuro excelso narrador pero de momento sólo ex boina verde represaliado por indisciplina en múltiples ocasiones y ex aspirante a hare krishna con visita más que vetada al santo comedor de los sujetos pelados.

El tipo, como comenté también en otro lugar, tenía la costumbre de dormir con un cuchillo jamonero bajo la almohada, costumbre que, no tengo reparos en confesarlo, me ponía no poco nervioso. Así que, subrepticiamente, yo me agencié por mi cuenta otro más grande -una especie de pequeña hacha de carnicería- por si las moscas, y dormía también con lo mío bajo la almohada por si la calculadora le empujaba a intentar algún movimiento poco amistoso conmigo.

Cuatro esquinitas

tiene mi cama

cuatro angelitos

siempre la guardan…

¿Quién es un sano juicio se fiaría de un robot feo como el mismo diablo capaz de recitar citas bíblicas cada dos por tres y de tomarse cinco ácidos de un golpe?

La primera noche que pasamos juntos en la pensión nos quedamos hablando hasta muy tarde. Había una cosa que me preocupaba de él, además del cuchillo. En realidad muchas cosas me preocupaban, pero una más que otras. Jamás hablaba de mujeres. Las ignoraba en absoluto. Ni siquiera las miraba por la calle. Y esto no dejaba de resultar extraño en alguien que había estado tanto tiempo encerrado como él. En los meses que pasé yo entre rejas en el ejército habría terminado por pasar por las armas a cualquier mamífero del sexo femenino que se hubiera interpuesto en mi camino, y a partir de las cuatro de la mañana y con algo de alcohol en el cuerpo, me temo que no habría desdeñado algún tipo de ave… La cuestión es que me preguntaba si Pepe el Batman no sería….

¿De la acera de enfrente…?

Es decir: ¿No tendría apetencias sexuales poco académicas, en el hipotético caso de que tuviera apetencias sexuales, mi cibernético compañero de pensión?

Traté de tirarle de la lengua, con toda la mano derecha de que fui capaz. Mi manera de sacarle información, aun vista a distancia, no puede negarse que fue un prodigio de diplomacia, sutileza, tacto y aproximamiento sibilino a un objetivo, rozando sólo ese objetivo de manera colateral para que el interlocutor en ningún momento llegue a sentirse incómodo.

-¿Y es cierto que cuando entras en la Modelo por primera vez te dan por culo todos los de la celda y a veces hasta los funcionarios y los de la celda de al lado? -le pregunté con delicadeza.

-¿Te refieres al bautizo?

-Sí, a eso: al bautizo. ¿Te bautizaron los compañeros a ti? ¿Te confirmaron también?

-Mírame tío.

Le miré.

-¿Me ves bien?

-Sí.

-¿Crees que alguien me violaría a mí?

Tenía razón.

-Olvídalo -dije.

Pero no me había quedado convencido del todo.

-¿Tienes novia?

-Sí, en Alicante. Se llama Denia.

-Denia, bonito nombre… Y me suena de algo.

Apagué la luz.

¿De qué me suena eso de Denia?”, me pregunté una y otra vez antes de quedarme dormido.

Por la mañana, al salir al mundo, descubrí que nuestra pensión se encontraba enclavada en una calle cuyo nombre ahora mismo no recuerdo… esquina con la calle Denia.

Seguí, pues, durmiendo con el hacha bajo la almohada.

MUERTE DE UN GONDOLERO (TRAGEDIA EN UN ACTO)

Octubre 18, 2009

deathofasalesman

Una habitación llena de libros. En primer término, una cama y una mesita de noche donde sobre la que hay una pequeña palangana. En la cama yace postrado GONDOLERO, apurando sus últimos momentos de vida. A su lado, sentada en una silla tenemos a VANESSA, una atractiva y distinguida treintañera. Vanessa viste un elegante traje chaqueta y zapatos de tacón a juego.

De tanto en tanto Vanessa introduce un pañuelo en la palangana y con él humedece la frente de Gondolero.

VANESSA

(humedeciéndole la frente con el pañuelo)

Han llamado de un canal de televisión. Desean grabar una de esas entrevistas que se emiten después de la muerte de uno. Me han dicho que eres uno de los grandes escritores malditos del siglo.

La voz con que le responde Gondolero es débil, apenas un susurro.

GONDOLERO

¿De qué siglo?

VANESSA

No lo he preguntado. Vendrán esta tarde.

Gondolero coge de la mano a Vanessa.

GONDOLERO

(hablando con dificultad)

Sólo quería decirte, en esta hora de agonía, que has sido muy importante para mí. No sé qué habría hecho sin ti todos estos meses…

VANESSA

(con ternura)

No, no hables.

GONDOLERO

Pero es que no sería justo morir sin expresarte lo mucho, lo muchísimo que tú has significado…

VANESSA

(cortándole con ternura)

Descansa, amor mío.

Gondolero intenta introducir su mano entre la falda de la chica. Ella se la aparta.

VANESSA

Sabes que no puede ser.

Gondolero incorpora el cuerpo del lecho como víctima de un ataque de apoplejía.

GONDOLERO

(gritando mientras la apunta con un dedo acusador)

¡Tú me has matado, zorra!

Vanessa se levanta de la silla.

VANESSA

(roja de ira)

¿Zorra? ¿Me has llamado zorra?

GONDOLERO

Zorra, Vulpes, Fox, Renard…

VANESSA

¡Esto es intolerable! No voy a aguantar aquí ni un segundo más.

GONDOLERO

Eso: ¡Largo! ¡Fuera de mi vista…! No decías lo mismo cuando te saqué de aquel burdel de Valladolid.

VANESSA

(sin dar crédito)

¿Burdel de Valladolid? Pero si soy ingeniero industrial. Y jamás en mi vida he estado en Valladolid.

Gondolero vuelve a caer en la cama.

GONDOLERO

(para sí, en voz alta)

Entonces será otra… Sois todas tan iguales.

Vanessa, indignada, sale por la izquierda.

GONDOLERO

(para sí en voz alta)

Se fue, se fue para siempre… Voy a morir solo, como un perro. Mi vida es como una novela de Kafka pero sin Kafka y sin novela.

Suenan unos golpes en la puerta. De inmediato, la cabeza de una joven PERIODISTA asoma.

PERIODISTA

¿Se puede?

GONDOLERO

Adelante.

La periodista es una atractiva jovencita de veintipocos años, vestida con unos ceñidos vaqueros, zapatillas de deporte y una camiseta. A una seña de Gondolero, toma asiento en la silla que antes ocupaba Vanessa.

PERIODISTA

He llamado hace un rato para concertar la entrevista póstuma.

GONDOLERO

¿De qué medio eres?

PERIODISTA

Del canal 47 de la televisión pública de Matalascabras de Arriba.

GONDOLERO

(mirando a su alrededor como si faltara algo)

¿Y las cámaras? ¿Y el equipo de filmación?

PERIODISTA

Recortes presupuestarios… Pero puedo filmar la entrevista con el móvil.

En efecto, saca su teléfono y, enfocándolo hacia Gondolero, lo coloca al lado de la palangana.

Saca una libreta del bolso y comienza a preguntar.

PERIODISTA

A ver… Primera pregunta: ¿Se arrepiente usted de algo?

GONDOLERO

De la comida china.

PERIODISTA

(descolocada)

¿De la comida china?

GONDOLERO

Sí, pasé un año de mi vida comiendo cada día en el restaurante chino Won Chu…

(se queda pensativo)

Pero en realidad no. No me arrepiento de nada. Si volviera a empezar cometería exactamente los mismos errores que he cometido…

PERIODISTA

Una muestra de coherencia.

GONDOLERO

…Excepto, quizá, aquel cursillo de 430 horas de ofimática, casarme, no haberme follado a aquella psicóloga que conocí en la cola del Inem, haber dado tanto palique a mujeres a las que no me he cepillado al final, leerme Rayuela entera, ver todos los capítulos de El coche fantástico y Walker: Ranger de Texas, las baladas italianas, haber sido…

PERIODISTA

(cortándole)

Vale, vale. Nos hacemos una idea. Siguiente cuestión:  ¿Algún consejo para los escritores que comienzan?

GONDOLERO

Que se busquen un empleo estable. Y que follen más.

PERIODISTA

¿Es éste un epigrama de los suyos?

GONDOLERO

No, es una verdad como un templo.

PERIODISTA

¿Cómo describiría en una frase su paso por la vida?

GONDOLERO

Me he sentido siempre como un travesti presidiendo la Conferencia Episcopal.

PERIODISTA

¿Qué le gustaría que pusiera en su lápida?

GONDOLERO

La muerte no puede ser peor que ver vuestra estúpida cara.

PERIODISTA

¿Podría desvelar algún secreto a sus fans?

GONDOLERO

Jamás he escuchado el Himno Nacional de Cataluña sin poder contener una erección. A veces dos.

PERIODISTA

(incrédula)

¿En serio?

GONDOLERO

Hablando de erecciones…

Gondolero alarga sus manos hacia la chica e intenta sobarla. Ella, después de coger el móvil de la mesita de noche, sale corriendo de la estancia.

Gondolero sufre unos espasmos de muerte.

GONDOLERO

Muero… Muero ya… ¡Apaguen las antorchas! ¡Oculten la la luna! ¡Oculten las estrellas!

La luz de la habitación se va apagando lentamente.

Oscuro.

Escuchamos el sonido de unos zapatos de tacón avanzando por la habitación.

VOZ DE GONDOLERO

Sabía que volverías. Sabía que no me dejarías solo…. Siéntate aquí, cariño, sí, aquí a mi lado, sobre la cama… Vaya, estás mas delgada, eres todo huesos… ¿Y esa túnica…? ¿No me digas que tú eres…?  ¡Demonios, así que sí que eres una mujer…! Ya sé, ya sé, es la hora…

Le responde una voz (femenina) de ultratumba.

VOZ DE LA MUERTE

¡Vámonos!

VOZ DE GONDOLERO

¿Que te parece uno rápido antes de irnos?

Comienzan a sonar los acordes del Himno Nacional de Cataluña.

Telón.

SAIGÓN

Octubre 15, 2009

Ella está, en verdad, cabreada. Discutimos en el salón, su salón, como se encarga de recordarme cíclicamente, venga o no venga a cuento. De un tiempo a esta parte sospecho que le gusta hacerme pensar que soy una especie de mendigo que vive casi de su caridad, si bien, la verdad sea dicha, a mí no me molesta demasiado sentirme así. En realidad, de alguna manera que no alcanzo a racionalizar, la idea me hace sentir cómodo. En fin, ¿queréis saber el motivo de nuestra acalorada disputa…?

Yo, claro. ¿Acaso puede haber otro motivo?

Yo y mis circunstancias. Casi todas ellas en general, y una en particular.

-No trabajas, no haces nada. Sólo estás -me dice.

-Sí, son buenos tiempos. Hacía años que no era tan feliz.

Mi respuesta la indigna, la indigna todavía más de lo que ya está.

-¿Buenos tiempos…? -grita-. ¿Buenos tiempos sin dar ni un palo al agua? A la gente le gusta trabajar, es necesario trabajar.

-Yo no lo encuentro necesario. Cobro el seguro de desempleo, y tengo pocos vicios.

-La gente se realiza en el trabajo. Se realizan aunque no sea el mejor del mundo, incluso aunque no les guste.

-Mira, llevo trabajando desde los veinte, y te prometo que no me he realizado ni un solo minuto en estos años. Ni un segundo. Ni uno solo. Tal vez, y fíjate que digo “tal vez”, me realizara un poco a la hora de fichar a la salida. Y ni siquiera demasiado.

-Pareces un geranio. Sólo follar, comer y dormir… Eres como un animal.

-Gracias -digo-. E intento abrazarla para demostrarle el potro desbocado que, a pesar de representar ante sus ojos el papel de parado casi subhumano, puedo llegar a ser.

Pero me aparta con desprecio.

-No, no, no me refiero a este tipo de animal… Y luego… (aquí presumo, y no me equivoco con la presunción, que vamos a llegar en la conversación al nudo gordiano de la misma: a la otra, la amante, la puta: la genuina culpable de lo que sucede en nuestra, antaño, feliz y enamorada pareja.

Os presento a mi amante:

lafurcia

Guapa, ¿verdad?

Pero M. sigue a lo suyo.

-Te pasas el día aporreando esa maldita máquina. Sin parar. Y cuando digo “aporrear” quiero decir exactamente “APORREAR”: ta-ca-ta-ca-ta-ca-ta-ta-ca-ta-ca-ta-ca-ta-ca-ta-ca-tá… Como una maldita ametralladora. ¿Puedes hacerte una pequeña idea de lo que representa escuchar ese sonido infernal doce horas al día, mañana, tarde y noche, incluyendo sábados y domingos? ¿Te haces una ligera idea de la tortura que eso representa?

Mi chica tiene unas tetas increíbles, quizá las mejores que he visto jamás. Las dos… Ellas fueron lo que me hicieron enamorarme en el cursillo del Inem donde la conocí. Hasta el profesor se quedaba minutos parado mirándole las domingas, incapaz de seguir con la clase…. Por contra, las baladas italianas que tanto le gustaban fueron lo primero que me hizo desenamorarme.

Pero todavía, y aun siendo grave escuchar horas y horas -un viaje Barcelona-Milán al completo, por ejemplo- a Adriano Celentano y toda esa banda de comedores de pasta, los pechos pesaban bastaste más -en sentido literal y también metafórico- que la música.

-Es insoportable convivir contigo.

-Estoy escribiendo una novela -me defiendo-. Necesito escribir esa novela. Escribir esa novela es la jodida misión de mi vida.

-¡Pero si nadie te lee! Ni siquiera yo. Y sencillamente, no lo soporto. Además, ¿sabías que hay máquinas eléctricas? ¿Sabías que existen ordenadores y programas de tratamiento de texto que, por lo menos, no hacen ese ruido?

-Algo he oído. Pero donde estén las máquinas de escribir de carro, que se aparte la electrónica.

La primera vez que nos acostamos juntos se desnudó lentamente mientras yo la miraba, sentado en un sillón. La foto de su novio, un italiano millonario, estaba en la mesita de noche, viendo cómo me iba a cepillar a su chica en primera fila. Ella tenía un cuerpo que quitaba el hipo, y seguía teniéndolo dos años más tarde. Primero se despojó del sujetador… Sabía por donde empezar, la maldita. Luego se fue quitando lo demás, tomándose su tiempo. Muy despacio. Cuando estuvo desnuda, sobrecogedoramente desnuda, cogió uno de sus pechos, talla 120, con la mano y se los atrajo a los labios. Una vez ahí comenzó a lamérselos, mientras me sonreía con una mirada pícara. ¡Dios, qué caliente me puso… ! “Voy a clavártela hasta las entrañas, pensaba yo mientras ponía cara de póker. Cuando dejó de lamerse me la follé a cuatro patas delante del espejo, con mis manos aferradas a sus enormes cántaros y ella sujetándose con la cómoda. El polvo parecía un terremoto, el Armagdeón: el mueble temblaba… Nuestras piernas temblaban también. Se abrieron, incluso, los cajones de la cómoda, y uno de ellos cayó al suelo hacia el final.

Y no puedo evitarlo, siempre que se enfada me entran ganas de volverla a poner frente al espejo y regalarle uno bien salvaje.

Mientras sigue dándome la brasa, la siento a mi lado e introduzco dos dedos por dentro de su falda. Le aparto las braguitas y le acaricio la pipitilla.

-Ese sonido… es ho…rri…

Sigo acariciándola… Pero, merced a una maniobra que en un principio parece evasiva, de un movimiento brusco le saco las tetas del sujetador. ¡Joder…! Parecen explotar como globos aerostáticos al recuperar la libertad. Ahora soy yo el que las besa.

-…ble…

Entonces le digo precisamente lo que me propongo hacer en breves momentos:

-Ta-ca-ta-ca-ta-ca-ta-ca-ta-ca-ta-ca-ta-ca-ta-ca…

Y creo que mis posibilidades de seguir viviendo en ésta su casa por lo menos hasta Navidad aumentan un tanto. Puede que no mucho, pero sí algo.

FANTASÍAS ANIMADAS DE AYER Y HOY

Octubre 7, 2009

Trasteando por el youtube encuentro un vídeo absolutamente maravilloso. Por lo menos para mí. Se trata del cierre que concluía, allá por los setenta, los dibujos animados de Bugs Bunny, con el doblaje castellano original de la época. Lo he colocado al final de esta entrada, y les aseguro que volverlo a ver ha sido como el reencuentro con un viejo amigo.

Si no lo conocen, es que probablemente son más jóvenes que yo.

Por aquel entonces -tendría unos diez años- llegué a escribir una obra de teatro, una especie de musical para ser exactos, basado en él. La obra finalizaba con todos los personajes de la Warner dándose tortazos en el escenario. (La acotación correspondiente del libreto original -una hoja de bloc escrita a bolígrafo- rezaba escuetamente: “todos se pegan”). La representamos en el teatro del colegio, podría decirse que con más éxito de público que de crítica: algunos espectadores entusiastas subieron también al escenario para agregarse a la pelea, así que los curas se vieron obligados a bajar el telón apresuradamente.

¡Qué gran dramaturgo perdió el mundo!

En fin, que ahí va el vídeo. ¿Y cómo terminar el post…?

Pues así, claro:

Esto es to… esto es to… esto es todo, amigos.

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PEPE EL BATMAN (I)

Octubre 4, 2009

No me cabe duda de que era el sujeto más feo que he conocido jamás. Y con diferencia. Debía de andar por los treinta (me sacaba, pues, unos doce años), pero la verdad es que su edad, a tenor de su aspecto, era absolutamente indefinible. Vestía casi invariablemente de negro: una cazadora de imitación de cuero, pantalones negros a los que surcaba por el lateral una raya blanca (aunque algunas veces substituía estos últimos por unos rojos, de pana, con una raya amarilla en lugar de blanca) y botas militares.

El día que se ponía traje (un traje que parecía heredado de algún bisabuelo preso en un campo de concentración alemán) y corbata, podías apostar la cabeza a que se aprestaba a cometer algún acto delictivo.

Era Pepe el Batman. Batman para los amigos.

Había pasado el ochenta por ciento de su vida adulta entre rejas: entre hospitales psiquiátricos, prisiones militares (sus catorce meses iniciales de servicio militar se transformaron, merced a condenas por delitos como deserción, robar el todadiscos de la capilla del cuartel o el interfono de una garita, en cinco largos años) y la Modelo. Y estaba loco de atar.

Absoluta y estremecedoramente loco.

Yo, que tampoco andaba muy fino de la cabeza, tenía dieciocho años y vivía y dormía en la calle. El secreto de esta vida era mantenerse en constante movimiento. Tenía la idea de que si me quedaba parado demasiado tiempo en un lugar (por ejemplo, un banco cualquiera de un parque), sencillamente me quedaría ahí petrificado como la mujer de Lot y no encontraría jamás una razón para moverme: así que pasaba el día yendo de un lugar a otro, de la mañana a la noche. Solía robar libros y los iba leyendo aquí y allá: cuando los terminaba, los tiraba por ahí…. El conseguir comida, claro, era uno de los mayores problemas. Pero una mañana que caminaba por el centro, se me acerco una chica gordita y me entregó un folleto.

-Para las vacas de la India -me dijo.

Yo estaba muerto de hambre: la comida ocupaba gran parte de mis pensamientos. En cierto modo, la chica se parecía bastante a una vaca, así que de alguna manera le estaba dirigiendo un halago.

-Me comería una vaca india ahora mismo.

Puso cara de horror.

-No, no: es para salvarlas. Son sagradas.

-Ah… Claro, claro -rectifiqué-. Sólo un perfecto cabrón se comería una vaca sagrada.

En el folleto leí que eran los hare krishna. Y tenían un comedor, al parecer, gratuito. Mantras, meditación, filosofía, espiritualidad y ¡comida!… Decidí hacerme hare krishna.

harekrishna

Hare Krishna Hare Krishna Krishna Krishna Hare Hare Hare Rama Hare Rama Rama Rama Hare Hare Hare Krishna Hare Krishna Krishna Krishna Hare Hare Hare Rama Hare Rama Rama Rama Hare Hare

Eran vegetarianos, pero me daba igual. Comía todo lo que podía, miraba a esos capullos pelados dando saltitos y hacía ver que meditaba. Resultaba complicado no reírte a carcajadas al verlos en acción. De vez en cuando alguien se me acercaba a darme la paliza, y yo desconectaba el cerebro y asentía a todo lo que decía mientras pensaba en cualquier otra cosa. Mi cara de bobo se parecía bastante a la de profunda meditación, así que tardaron unos cuantos días en calarme y prohibirme por siempre jamás la entrada en el Templo. No, no llegaría a santo….

Entonces apareció Batman en mi camino.

Por aquella época, según decía, se estaba transformando en androide. Solía andar por la calle con un casco de motorista en la cabeza y una calculadora que, según me contó, era la que dirigía sus movimientos. Todavía recuerdo la primera frase que me dirigió el día que lo conocí:

-Vanidad de vanidades, todo es vanidad.

-Desde luego, colega -fue mi respuesta-. Tienes más razón que un santo.

Mis páginas pasadas

Llamas carmesíes atadas a mis orejas
haciendo rodar trampas altas y fuertes
las ataqué súbitamente con fuego
en llameantes carreteras
usando ideas como planes,
nos encontraremos en la frontera, dije
orgulloso y con la frente acalorada.
Ah, pero yo era más viejo entonces,
soy más joven ahora.
 
Medio atormentado me saltaba prejuicios
destruir todo odio gritaba
mentía que la vida es blanco o negro
hablaba desde mi cráneo, soñaba
románticas hazañas de mosqueteros
de algún modo profundamente cimentadas.
Ah, pero yo era más viejo entonces
soy más joven ahora.
 
Caras de chicas formaban la senda
desde falsas envidias
a la memorización de políticos
de la historia antigua
echadas abajo por un cadáver evangelizador
privado de algún modo de pensamiento.
Ah, pero yo era más viejo entonces
soy más joven ahora.
 
La autodispuesta lengua de un profesor
demasiado seria para engañar
recita que libertad
es igualdad en la escuela
“igualdad”, pronuncié la palabra
como si se tratara de un voto nupcial.
Ah, pero yo era más viejo entonces
soy más joven soy ahora.
 
En una postura soldadesca, apunté mi mano
a los perros callejeros que enseñaba
sin tener que me convirtiera en mi enemigo
en el momento en que predicara,
mi existencia se guió por barcos en confusión
amotinados de proa a popa.
Ah, pero yo era más viejo entonces
soy más joven ahora.
 
Sí, mis guardias permanecieron fuertes
cuando las amenazas abstractas
demasiado nobles para descuidarlas
y me engañaron a pensar
que tenía algo que proteger
el bien o el mal, yo definí los términos,
de algún modo más claro sin duda.
Ah, pero yo era más viejo entonces
soy más joven ahora.

 

BEAU JACK AND BEAU GONDOLERO

Septiembre 29, 2009

(Nota: Afortunadamente, sólo en contadas ocasiones -contusiones, traumatismos y fracturas de todo tipo aparte- he caído postrado en cama. Pero de unos días a esta parte los microorganismos han vencido la batalla, que -espero- no la guerra.

Quiero decir que su seguro servidor, yo, ha estado enfermo de cierta consideración durante la última semana.

El problema de mi buena salud -sumado, el problema, a una hipocondría que, como la de todo buen neurótico que se precie, alcanza cotas legendarias-, es que no estoy acostumbrado a la enfermedad. Quiero decir que no lo llevo muy bien.

Enseguida, sea cual fuere la afección agresora, empiezo a pensar que la Muerte se está poniendo mi pijama y utilizando mi loción de afeitado.

Luego, sobre todo por la noche y convencido del inevitable “exitus letalis” en que desembocará la enfermedad, me da por hacer balances vitales.

¿Y adónde me suelen conducir estos balances? Muy sencillo: a que soy gilipollas; mi vida es, ha sido y será gilipollas; los demás, casi sin excepción, son gilipollas integrales y, en caso de que haya un Supremo Hacedor o Deshacedor sobre nuestras cabezas, es el campeón mundial de los…

Lo dejaremos aquí.

En fin, que si no he contestado a sus amables comentarios ha sido, como dicen en la tele, por causas ajenas a mi voluntad.

Lo que viene a continuación sería una especie de balance de los que hablaba, provocado, supongo, por la fiebre. O vayan ustedes a saber por qué…

Comienza con unas breves palabras acerca de un boxeador negro, cortesía, presumo, de la penicilina, y cortesía también, seguro, de mi fijación por los ídolos caídos.

Permanezcan, pues, atentos a su pantalla…)

***

beau-jack-33

Beau Jack. El púgil negro. Comenzó en las Royal Battles: seis hombres negros, con los ojos vendados, peleando hasta que sólo queda uno en pie. Diversión y sangre a torrentes… Sangre para blancos, por descontado…

Consiguió el título mundial.

Vinieron fiestas, vinieron putas, más fiestas, mamones, más putas, alcohol, más mamones… La pasta volaba y volaba…

¿Y qué decía Beau Jack, sonriente, después de dilapidar su fortuna por completo y terminar sus días lustrando zapatos en un hotel de Miami?

Desde luego, es mejor que no haber sido nunca campeón.”

***

Beau Gondolero. El escritor blanco. Conoció a la mejor chica con la que compartió sus días a los veintipocos, así que, en ese sentido, su vida no ha sido más que un descenso imparable.

Y habría que ver qué dicen ellas de él. Como leí no sé dónde, seguro que algo parecido a: “Después de estar contigo no se puede sino mejorar.”

Figúrense.

Bien, pues ahora voy a recordar a esa chica. La mejor, como ya dije… Y voy a recordar asimismo el día que decidí ser escritor.

Un dos por uno en toda regla.

Llevábamos unos meses viviendo juntos, yo acababa de dejar de colocarme como un demente y necesitaba algo en qué emplear ese tiempo que antes le dedicaba a las substancias psicotrópicas. Estaban el deporte y el trabajo y las señoritas, pero aún así me quedaba mucho tiempo libre.

¿Taxidermia? ¿Numismática? ¿Bingo? ¿Cocina? ¿Bailes de salón? ¿Ajedrez?¿Filatelia? ¿Yoga? ¿Coleccionar mariposas…?

Estaba dándole vueltas a este dilema existencial cuando llamaron al interfono de casa.

Se trataba de dos hermanos, una especie de Epi y Blas andantes. Recientemente, había tenido un enfrentamiento físico con uno de ellos a causa de su larguísima lengua y la poca veraz información que ésta dispersaba a los cuatro vientos, y él y su hermano habían venido, ignorantes de que la casa de un hombre es su castillo, a tomarse cumplida venganza.

-Ahora mismo bajo -les dije.

Fui al armario y saqué de él una katana japonesa que me había regalado mi profesor de artes marciales. M.M. estaba haciendo la cena en la cocina.

-Voy a comprar tabaco -le dije.

-¿Con la espada?

-Vuelvo en cinco minutos.

Salí del ascensor, katana en mano. Los dos hermanos estaban en la acera, mirándome. Desenvainé la katana y dejé la funda de la misma sobre un sillón de la portería.

Luego salí al encuentro de mis visitantes.

Pero resultó que los dos hermanos recordaron de pronto que tenían algo muy urgente que hacer en otro lugar, al parecer muy lejos de mi domicilio: cuando salí, estaban ya al final de la calle, corriendo como posesos.

Jamás volví a verlos.

Volví a entrar en casa. M.M. seguía cocinando tranquilamente. Era fría como un témpano.

-¿Ya has comprado tabaco? -me preguntó.

-Sí… ¡Qué bien huele esto!

-¿El estanquero sigue vivo?

Sonreí.

-Descuida.

-¿Va a venir la policía a casa?

-No, no. No hay problema… ¿Sabes?, he decidido escribir una novela.

-¿Una novela?

-Sí. De pequeño me gustaba hacerlo. Sólo tengo que aprender cómo se escriben todas esas palabras correctamente. Primero la escribiré y luego iré a que me la publiquen. No creo que sea muy complicado.

Pienso que en el fondo esperaba que se echara a reír. Pero no, no sucedió así.

-Si alguien puede hacerlo, ése eres tú -fue su respuesta.

Y continuó enfrascada en la cena.

Esa era mi chica. Y así, palabra de honor, se forjaron las siguientes dos décadas de mi destino.

***

Lo nuestro acabó unos cinco años después de aquel día. Así debía ser y así fue.

Sin embargo, a pesar del tiempo transcurrido, todavía hoy miro a mi lado, muy cerca, y espero encontrarla ahí. Tal como era.

Tardé mucho tiempo en acostumbrarme a su ausencia, y nunca lo llegué a hacer del todo.

Pero si tuviera que decir algo acerca de lo nuestro, tomaría prestada la frase del filósofo Beau Jack y exclamaría:

Conocerla fue mucho mejor que no haberla conocido.

Y me resulta cojonudo poder decir eso de alguien.

Y ahora, a tomarme la pastilla.

beau-jack-masters

LA SEÑORITA NATILLAS, EL CÓMPLICE Y GONDOLERO EL MIMOSO (IV Y SANSEACABÓ)

Septiembre 23, 2009

Sigo masturbándola en mis rodillas, y recuerdo la pregunta que me había formulado antes.

¿Que qué tres cosas me llevaría a una isla desierta?

Tus tetitas, tu culito y tu conejito.

Y no miento: la chica es, lo mires por donde lo mires, un festín. Mientras le doy al dedo no puedo apartar la vista de esos globos. Hombres mucho mejores que yo han sucumbido hasta condenarse ante cuerpos así. Ella gime por lo bajo, y es fabuloso tener en mis rodillas a una mujer como ésta mientras mi artefacto se va convirtiendo en el Menhir de Palaus (ver foto de mi maravilloso y graciosísimo post Notas para una enciclopedia) y la levanto por fin y la conduzco hasta mi cama, hipnotizado por su movimiento de caderas y la forma que tiene su culo de desafiar a la gravedad..

Una vez en mi habitación, la coloco a cuatro patas y se abre bien de piernas…

Es uno de esos momentos -al desenvainar el estoque y prepararme para entrar a matar- de la existencia humana en que uno debería entonar a gritos el himno de infantería. O quizá un Te Deum…

Y aquí, si ustedes me lo permiten, dejaré la narración de aquella noche para una próxima ocasión.

***

Un par de días después de los fuegos artificiales me presento, como quien no quiere la cosa, en el bar donde trabaja. Pero Mr. Corbatas me informa, con la amabilidad y simpatía desbordante que le caracteriza, de que hoy es el día de fiesta de la chica. Se le nota especialmente seco y desagradable conmigo, así que no puedo evitar preguntarme si ella le ha contado ya el polvo -es, recordemos, su confidente- o al pájaro sólo le mortifica la sospecha… Sea como fuere, empiezo a estar hasta el gorro del tipo… Comoquiera no tengo ganas de irme a casa todavía, a pesar de que M… no esté me pido una copa y me pongo a jugar al millón.

A mi rollito, vamos.

En un momento de la partida, le doy un ligero toque con la palma de la mano a la máquina. No hay ni un ápice de violencia en ello: sólo el manotazo rutinario que propina el experto -pasé parte de mi infancia apostando con mis amigos el dinero que no teníamos al millón en unos futbolines del barrio- en uno de los laterales de la máquina para que la bola no se le cuele.

Y entonces sucede.

Mr. Corbatas, rojo de ira, me grita desde la barra.

-ESCUCHA, GILIPOLLAS, LA PRÓXIMA VEZ QUE LE DES UN GOLPE A LA MÁQUINA, TE SACO YO MISMO A PATADAS.

A estas alturas de la noche, nos encontramos los dos solos en el local… Pero no doy crédito a lo que está sucediendo. No es sólo porque el golpe sea algo completamente normal, no; lo que no alcanzo a comprender es cómo, a menos de que con las corbatas consiga algún tipo de superpoderes, puede tener valor un macaco semejante para amenazarme de esta manera.

-¿Qué dices? -pregunto.

-Digo que la próxima vez te voy a echar de aquí a patadas.

Parece ser, pues, que no lo he soñado. No debió haberme dicho algo así en esta vida: ni con motivo ni, como en el caso presente, sin él. Dejo la partida y me acerco despacio a su posición hasta quedar, separados tan sólo por la barra, justo ante él. No se me ocurre nada qué añadir a la conversación, por lo tanto tomo la corbata con la mano, atraigo al dueño de la corbata hacia mí y…

Le obsequio con una bofetada, cortesía de la casa… Como suena, y suena más o menos así:

¡PLASSSSSSSSS!

-Ponme un gintonic -le digo justo a continuación.

El tipo se queda paralizado. No ha sido una torta demasiado fuerte, pero sí sonora, y al haber caído justo encima de su oreja a buen seguro que provocará el efecto “Bofetón Infinito” por el cual reverberará un pitido en su cerebro durante un buen rato.

Lo que sucede a continuación es bastante surrealista hasta para mí: me sirve mi gintonic y permanecemos ahí solos, concentrados cada uno en su mundo: yo bebiendo mis copas en silencio y él renegando entre dientes y murmurando por lo bajo -lo bastante bajo para que yo sólo los imagine- toda suerte de improperios.

Así continúa aquella estúpida noche.

Un par de copas más tarde, acierta a pasar de nuevo frente a mí y alcanzo a escuchar algo parecido a “hijoputa”.

Me incorporo con un movimiento sorpresa del taburete y lanzo mi mano hasta donde se encuentra; pero en esta ocasión consigue esquivarla ágilmente y servidor, cuyo equilibrio a estas alturas de la madrugada y de los gin tonics ya no es el que era al principio, está a punto de caer de cabeza al otro lado de la barra. Por fortuna, en el último momento logro asirme a una nevera y no romperme la crisma.

Es la hora de irse a dormir.

Cuando me marcho, a ninguno se le ocurre despedirse del otro.

A la noche siguiente regreso al bar, esperando ver, esta vez sí, a mi postre predilecto. Ni siquiera, es la verdad, he vuelto a pensar en el tiparraco y lo ocurrido entre nosotros hace apenas unas horas. Pasó lo que pasó y para mí el asunto ya está concluido… Pero justo al entrar me encuentro conque, aparte de la señorita Natillas y su cómplice, en el local está esperándome una especie de comité de bienvenida, formado por el dueño y cuatro o cinco tipos a los que no te tengo el gusto de conocer. Sus intenciones saltan a la vista y por un momento pienso que hoy voy a dormir calentito.

Pero improviso sobre la marcha. Anticipándome a los acontecimientos y manteniendo el tipo todo lo que me resulta posible, le digo al dueño algo así como: “De acuerdo, ya me voy. Pero si alguien me toca, volveré… Y, como vosotros, tampoco lo haré solo.”

Sea por lo que fuere, mis palabras surten efecto.

-Vale -concede.

Antes de irme, me acerco a la muchacha, que está limpiando la barra (o fingiendo que la limpia). Segundos antes yo estaba fantaseando con un delicioso postre de…

NATILLAS “EL EMPERADOR Y LA CORTESANA” EMPALADAS AL DULCE DE LECHE, CON BANANA FLAMBEADA, HIGO CONFITADO Y FANTASIA DE BOLAS DE CHOCOLATE FONDANT.

Pero todo apunta a que voy a tener que conformarme con…

TENTACIÓN SOLITARIA DE BANANA CON ALEMANITA CARAMELIZADA A LA GONDOLIÉRE.

Le pregunto a mi (ya) ex postre:

-¿Tú no dices nada?

Y no, no dice nada. Sigue dale que te pego a la gamuza. Es comprensible, de acuerdo; pero hay que reconocer que si no tuviera un amigo tan imbécil como el que tiene, nada de esto habría sucedido.

Quiero decir que toda la culpa es de los cómplices.

Mi siguiente frase, lo reconozco, no reviste gran valor como colofón; pero hay que comprender que mientras las pronuncio pende sobre mi cabeza la posibilidad de que empiecen a sacudirme el dueño y sus amigos por todos lados.

-Acabas de ser excluida de la carta -le digo.

Y, dicho esto, me apresuro a salir, no vaya a ser que el comité cambie de idea y termine la noche un tanto averiado.

Y salgo de ahí, y no la vuelvo a ver jamás. Ni a ella ni a su cómplice. Pero imagino que, ya fuera juntos o por separado -intuyo que por separado-, seguro que lograron superar mi marcha. Yo, por lo menos, sí lo hice.

Y ésta fue, más o menos, la cosa.

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