Bueno, estaba bebiendo como si el mundo fuera a explotar, y esto, en mi caso, no representa ninguna novedad. Ya saben: facturas y más facturas, la ex dando la brasa, la pensión alimenticia, la maldita hipoteca, los puntos que me acababan de quitar del carnet por saltarme -borracho- una línea continua (que aquella noche me parecía bastante discontinua): las cosas, en suma, que nunca terminan de salir bien… Y luego están todos esos malditos cadáveres que, lo quieras o no, al final acaban pasando factura. No, no soy un asesino en serie ni nada por el estilo, aunque pueda parecerlo las mañanas que tengo resaca.
Soy el Inspector Gondolero, de Homicidios, el Inspector Gondolero para servirle a Dios y también a usted si a alguien le pasa por la cabeza la mala idea de asesinarlo en mi distrito.
Como ya dije, estaba bebiendo unos tragos. No estoy en condiciones de jurar si iba por la tercera o por la cuarta margarita de la velada, pero sí que andaba camino de inaugurar mi propio jardín privado. Era nochebuena, uno de los días más jodidos del año para alguien a quien le acaban de quitar nueve puntos de una tacada del carnet de conducir y se ha gastado la paga extra en pagar deudas y multas de tráfico… El barman, un joven que apenas llevaba dos meses currando allí, debió de notar que estaba de bajón, porque me preguntó:
-¿Le sucede algo, Inspector?
Le miré, pero había poco que ver. Así que volví a mirar mi copa, que era más interesante que su cara.
-¿Has hecho algún cursillo de psicoanálisis?
-No, no señor.
-Pues si careces de la titulación adecuada para dar tratamiento psicológico al cliente, limítate a servirme lo que te pida.
Entonces sonó el móvil. Era la subinspectora T…, mi compañera de fatigas en el Cuerpo. La verdad es que el suyo, su cuerpo, es espectacular. Aunque tenía novio, claro. Pero tirarse a T… debía de ser como comerse un pastel de chocolate tras dos días de ayuno.
Primera norma: nunca mezcles el placer con el trabajo.
Tirarse a T… debía de ser como comerse un pastel de chocolate en una pastelería cerrada en la que has entrado por la ventana.
-Feliz Navidad -la saludé.
-¿Ya estás borracho?
-Todavía no, pero dame una hora más y te prometo que lo estaré.
-Gondolero -me dijo-. Tenemos un fiambre. Has de venir.
Le expuse a T… las tres razones por las que me resultaba imposible acceder a sus deseos, aunque no necesariamente en el orden de importancia que merecían:
-Hoy es mi día libre. Es nochebuena. Estoy medio borracho.
-Esto es gordo -me respondió-. Muy gordo.
-¿Tan importante soy?
-En realidad eres el único inspector que ha cogido el teléfono. El cuarto al que he llamado.
-Es un honor -dije, mientras pagaba las margaritas.
Veinte minutos más tarde aparcaba mi viejo coche en un sórdido callejón de los barrios bajos. Había varios polis y forenses trabajando, esperando al juez para levantar el cadáver. T… descorrió un poco la sábana que cubría al difunto, y lo primero que vi me chocó de tal manera que me pregunté si no serían los efectos del tequila:
Nuestro “cliente”, si mis ojos no me habían traicionado, era un negrito vestido con un traje brillante. Muy brillante.
-¿Ese tipo va vestido de Baltasar, el de los Reyes Magos? -le pregunté a T…
-No.
-Pues lo parece.
-No va vestido, es Baltasar.
-¿Me tomas el pelo?
-Para nada. Hemos hecho todas las comprobaciones pertinentes: se trata de Baltasar, el Rey Mago de Oriente, también conocido como Baltazar o Magalath. No hay ninguna duda de su autenticidad… Por cierto, le hemos encontrado un montón de monedas de oro en los bolsillos, así que queda descartado el robo como móvil.
-¿Causa de la muerte?
-Tres balazos en el pecho y uno en plena frente: una ejecución en toda regla.
-¿Quién sería tan capullo como para cargarse a un rey Mago en Navidad? -me dije en voz alta.
T… se encogió de hombros. Hasta los hombros los tenía bonitos.
-Tenemos a sus dos compinches en comisaría -Se sacó del bolsillo de sus ceñidos jeans una pequeña libreta y leyó-: Se llaman Melchor y Gaspar. Habrá que interrogarlos.
-¡Mierda de Navidad! -mascullé.
-¿También odias la Navidad?
Había dicho “también” porque me conocía y sabía que odio a los cantantes de ópera, a los entómólogos, los autoestopistas, los haikús, los funcionarios de correos, las mañanas de lluvia, las mañanas de sol, las mañanas en general, los chinos y los rusos, los karaokes, el bingo, las bebidas de color verde y algunas cosas más.
-Sí -respondí-. También.
-Eres una caja de sorpresas.
-Vamos a ver que nos cuentan esos dos fulanos.
(continuará)




