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UN CASO NAVIDEÑO DEL INSPECTOR GONDOLERO (I)

Diciembre 15, 2009

Bueno, estaba bebiendo como si el mundo fuera a explotar, y esto, en mi caso, no representa ninguna novedad. Ya saben: facturas y más facturas, la ex dando la brasa, la pensión alimenticia, la maldita hipoteca, los puntos que me acababan de quitar del carnet por saltarme -borracho- una línea continua (que aquella noche me parecía bastante discontinua): las cosas, en suma, que nunca terminan de salir bien… Y luego están todos esos malditos cadáveres que, lo quieras o no, al final acaban pasando factura. No, no soy un asesino en serie ni nada por el estilo, aunque pueda parecerlo las mañanas que tengo resaca.

Soy el Inspector Gondolero, de Homicidios, el Inspector Gondolero para servirle a Dios y también a usted si a alguien le pasa por la cabeza la mala idea de asesinarlo en mi distrito.

Como ya dije, estaba bebiendo unos tragos. No estoy en condiciones de jurar si iba por la tercera o por la cuarta margarita de la velada, pero sí que andaba camino de inaugurar mi propio jardín privado. Era nochebuena, uno de los días más jodidos del año para alguien a quien le acaban de quitar nueve puntos de una tacada del carnet de conducir y se ha gastado la paga extra en pagar deudas y multas de tráfico… El barman, un joven que apenas llevaba dos meses currando allí, debió de notar que estaba de bajón, porque me preguntó:

-¿Le sucede algo, Inspector?

Le miré, pero había poco que ver. Así que volví a mirar mi copa, que era más interesante que su cara.

-¿Has hecho algún cursillo de psicoanálisis?

-No, no señor.

-Pues si careces de la titulación adecuada para dar tratamiento psicológico al cliente, limítate a servirme lo que te pida.

Entonces sonó el móvil. Era la subinspectora T…, mi compañera de fatigas en el Cuerpo. La verdad es que el suyo, su cuerpo, es espectacular. Aunque tenía novio, claro. Pero tirarse a T… debía de ser como comerse un pastel de chocolate tras dos días de ayuno.

Primera norma: nunca mezcles el placer con el trabajo.

Tirarse a T… debía de ser como comerse un pastel de chocolate en una pastelería cerrada en la que has entrado por la ventana.

-Feliz Navidad -la saludé.

-¿Ya estás borracho?

-Todavía no, pero dame una hora más y te prometo que lo estaré.

-Gondolero -me dijo-. Tenemos un fiambre. Has de venir.

Le expuse a T… las tres razones por las que me resultaba imposible acceder a sus deseos, aunque no necesariamente en el orden de importancia que merecían:

-Hoy es mi día libre. Es nochebuena. Estoy medio borracho.

-Esto es gordo -me respondió-. Muy gordo.

-¿Tan importante soy?

-En realidad eres el único inspector que ha cogido el teléfono. El cuarto al que he llamado.

-Es un honor -dije, mientras pagaba las margaritas.

Veinte minutos más tarde aparcaba mi viejo coche en un sórdido callejón de los barrios bajos. Había varios polis y forenses trabajando, esperando al juez para levantar el cadáver. T… descorrió un poco la sábana que cubría al difunto, y lo primero que vi me chocó de tal manera que me pregunté si no serían los efectos del tequila:

Nuestro “cliente”, si mis ojos no me habían traicionado, era un negrito vestido con un traje brillante. Muy brillante.

-¿Ese tipo va vestido de Baltasar, el de los Reyes Magos? -le pregunté a T…

-No.

-Pues lo parece.

-No va vestido, es Baltasar.

-¿Me tomas el pelo?

-Para nada. Hemos hecho todas las comprobaciones pertinentes: se trata de Baltasar, el Rey Mago de Oriente, también conocido como Baltazar o Magalath. No hay ninguna duda de su autenticidad… Por cierto, le hemos encontrado un montón de monedas de oro en los bolsillos, así que queda descartado el robo como móvil.

-¿Causa de la muerte?

-Tres balazos en el pecho y uno en plena frente: una ejecución en toda regla.

-¿Quién sería tan capullo como para cargarse a un rey Mago en Navidad? -me dije en voz alta.

T… se encogió de hombros. Hasta los hombros los tenía bonitos.

-Tenemos a sus dos compinches en comisaría -Se sacó del bolsillo de sus ceñidos jeans una pequeña libreta y leyó-: Se llaman Melchor y Gaspar. Habrá que interrogarlos.

-¡Mierda de Navidad! -mascullé.

-¿También odias la Navidad?

Había dicho “también” porque me conocía y sabía que odio a los cantantes de ópera, a los entómólogos, los autoestopistas, los haikús, los funcionarios de correos, las mañanas de lluvia, las mañanas de sol, las mañanas en general, los chinos y los rusos, los karaokes, el bingo, las bebidas de color verde y algunas cosas más.

-Sí -respondí-. También.

-Eres una caja de sorpresas.

-Vamos a ver que nos cuentan esos dos fulanos.

(continuará)

UNA CASI HISTORIA

Diciembre 8, 2009

A veces aprovecho internet para buscar a gente en la que no he pensado en décadas. El “juego” consiste en buscar a “actores secundarios” -o meros figurantes- que hayan pasado sólo de una manera tangencial o fugaz por mi vida. De los que han jugado un papel más activo en ella, por regla general no me interesa saber nada.

Hay que decir que la mayor parte de las veces no los encuentro -no aparecen o no recuerdo bien sus nombres-, lo cual, supongo, es lo mejor que puede pasar.

Esto he hecho hoy con una casi novia que tuve a los quince años, y digo “casi” porque, a buen seguro, con un poco más de constancia por mi parte, la cosa podría haber llegado a algo.

Era una chica rubia, guapa, tan alta como yo y de buena familia que estudiaba en el colegio contiguo al mío. La había conocido el año anterior, poco antes de que me expulsaran y de que el director del colegio -lo prometo- me amenazara, entre otros castigos dignos de la inquisición, con la excomunión. Y ahora, mientras esperaba que me expulsaran del nuevo centro (cosa que sucedería tan sólo un año y medio más tarde y que haría que me rindiera definitivamente en el terreno escolar) me dejaba caer como quien no quiere la cosa por una plaza donde se reunía con sus amigas. En un par de ocasiones la acompañé hasta su casa, que no distaba mucho de la mía.

Nos gustábamos, creo. O eso parecía. Y a la sazón yo distaba de ser un galán, lo que habla muy bien de su intuición o de su generoso corazón. O de ambos.

Por aquella época yo era un fan irreductible de los Rolling Stones. Gastaba casi todo el dinero que me daban mis padres en comprarme discos, libros, posters y todo lo que encontraba y era susceptible de ser adquirido con dinero sobre ellos. Se lo conté, pues, a la señorita en cuestión, y al día siguiente me recibió con una cinta de mi grupo predilecto, cinta que me regaló galantemente.

Ese fue el último día que me dejé caer por aquella plaza, el último día por tanto que la vi. No tuvo nada que ver el regalo, claro. En realidad no tuvo nada que ver con nada. Resultó sencillamente que otros asuntos -asuntos más bien turbios que me ocuparían, al menos, los siguientes cinco años de mi vida- comenzaron a requerir mi atención justo por aquellas fechas. Se me amontonaba demasiado el trabajo y las visitas a la plaza fueron las descartadas.

Me consuela pensar que no debió de lamentarlo demasiado.

Hasta aquí la historia. La casi historia, mejor dicho. Si hace media hora me hubieran peguntado qué pensaba que había sido de ella, habría apostado por imaginarla regentando una tienda de prêt-à-porter en la zona alta de la ciudad. O quizá una zapatería infantil.

Pues bien, hace apenas un rato he tecleado su nombre -que, misteriosamente, no he olvidado- en el buscador y, para mi sorpresa, he descubierto que la damisela en cuestión es hoy en día la copropietaria y directora general de una importante multinacional con sedes en Estados Unidos, Londres, Dubai, etcétera, y un impresionante centro tecnológico.

O sea, que de tiendecita de la esquina, nada.

Encuentro también una entrevista con ella en un periódico, entrevista en la que el periodista la define como una mujer “inteligente y guapa”.

Y yo, dicho sea de pasada, me permito definirla, además, como bastante rica.

Encuentro, por último, la foto de una espléndida mujer, que aparenta por lo menos diez años menos de los que tiene, y sé los que tiene porque estudiaba el mismo curso que yo y, por lo tanto, somos contemporáneos.

Esto es lo que he encontrado sobre ella en Google.

Luego la he recordado con un abrigo verde y cierto aire monjil -estudiaba en las monjas y vestía casi como una de ellas-, contándome, mientras la acompañaba, bajo el frío, a casa de su abuela, que su casa se había quemado, y me pregunto si alguna vez durante estos años habrá pensado en mí como yo lo estoy haciendo ahora mismo -sonrisa nostálgica incluida- con ella.

Con el corazón en la mano, la respuesta es no. No es seguro pero sí muy probable que jamás se haya acordado de vuestro seguro servidor. Y en realidad poco importa; fue sólo, como he dicho al principio, una casi historia que me ha venido hoy a la cabeza, una lucecita fugaz en los difíciles días del paso de la infancia a la adolescencia, una casi historia con un giro que, de alguna manera, me ha resultado sorprendente.

Y aquí queda consignada para uso y disfrute de generaciones presentes y venideras.

POEMA XX REVISITADO (ODA AL CHATERO SOLITARIO)

Noviembre 26, 2009

Puedo escribir los privados más sucios esta noche.

Escribir, por ejemplo: “Mi polla está empalmada,
y aterrizan, altivos, mis espermatozoides, en el suelo.”

.Se colocan en círculo en el baño y bailan.


Puedo escribir los privados más sucios esta noche.
Escribir, por ejemplo: “¿Te apetece que te ensarte como a un pincho moruno?”.

En las noches como ésta la tuve entre mis piernas.
Se la clavé tantas veces bajo el cielo infinito.

Ella quiso, yo muchas veces saqué la Visa.
¡Cómo no haber lamido sus grandes globos fijos!

Puedo escribir los privis más sucios esta noche.
Pensar que me desinflo. Sentir que me he corrido.

Y el semen cae al suelo como al pasto el rocío.

¡Qué importa que “enculada” me haya abierto una ventana!
Mi nabo ya agoniza y ella no está conmigo.

Eso es todo. A lo lejos “enculada” responde. A lo lejos: “En realidad me llamo Jose Mari.”

Los espermatozoides, en el suelo, bailan una sardana y cantan.

Como para acercarla, mi CAM la busca, pero ya no me tiene admitido.

La misma noche que me hizo gastarme varias pagas.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Ahora tomo viagra, es cierto, pero yo fui vitorino.
Mi mano buscaba al viento para tocar mi pepino.

De otro. Se la cepillará otro. Como antes, aquel tipo: su boca, su enorme culo. Sus tetas infinitas.

Ya no quiero, Jose Mari, pero tal vez sí quiero.
Es tan triste (y complicada) una mamada si te la has de hacer tú mismo.

Porque en noches como ésta la tuve a cuatro patas, seguro que sus diez primos, los del béisbol, el orfeón donostiarra y aquel ruso tan bien nunca la han jodido.

Aunque ésta sea la última “alemanita” que ella me causa,
y éstos sean los últimos setecientos cincuenta euros que yo le envío.

 

ADJETIVOS

Noviembre 21, 2009

Mentí.

O no dije toda la verdad.

Mentí.

Decía el bueno de Oscar Wilde que es muy dificil no ser injusto con lo que uno ama. Yo, que amo mucho -aunque a veces por muy cortos espacios de tiempo, espacios que pueden variar entre una noche y un mes-, también soy muy injusto.

Por regla general, detesto los adjetivos. Hay que desconfiar de ellos, y, sobre todo, desconfiar de quienes los usan en exceso, aunque soy consciente de que a veces me entran violentos ataques de adjetivación compulsiva que sólo consigo refrenar gracias a calmantes, misteriosas pócimas de chamanes remotos y remedios de la abuela, de todas las abuelas… Por regla general -generalmente- prefiero los adverbios. Ésos sí que son “buena gente”, términos de los que te puedes fiar y que sabes que no te van a dejar en la estacada jamás de los jamases. Podría pasar páginas enteras finalizando todas las palabras en “mente”, lo cual, según se aprende en esos manuales de estilo que jamás he osado leer, constituye una falta merecedora, cuando menos, de la pena capital: el olvido.

Pero no mentí con respecto a los adjetivos. No.

Mentí con respecto a una chica, importantísima, vital, capital, cenital, orbital para mí. Dije que no volvería a hablar de ella y lo estoy haciendo.

Y ahora siento que le he dedicado adjetivos, en un gran porcentaje, injustos, y siento, por encima de todo, haberle escamoteado otros muchos sin enrojecer siquiera, y estos sí merecidísimos, razón por la cual cual voy a tratar, a vuelapluma, de enmendar… o fastidiar todavía más la plana

A saber:

Digamos que la dama en cuestión es “bella”; digamos “inteligente”; digamos “talentosa”; digamos “distinguida”; digamos “buena” “digamos “elegante”; digamos “ estremecedoramente -ahí he dejado caer, camuflado, uno de mis adverbios- sexy”…

Y no pocas cosas que me dejo en el tintero.

Ahora elevemos todo esto al cubo.

Restémosle al resultado, para ser honestos por completo,“hiperindividuialista”, restémosle “implacable”, restémosle “complicada”, restémosle “desesperante”…

Hagamos por fin la resta y comprobaremos que gana lo positivo, lo maravilloso, por goleada.

Ya me siento un poco mejor.

Deseo que sepas que te quiero, niña, como siempre, desde el primer desesperante día que te conocí galopante y en el que me ofreciste zambullirme en la nada.Y yo, heroico como un delator de la mafia catalana, me arrojé desde el trampolín de La Esperanza de cabeza, sin atreverme a mirar si la piscina estaba llena, y me zambullí en ella.

Y en muchas ocasiones, incontables, ha sido la nada más cálida y digna de ser soñada de toda mi existencia.

Y ahora voy a abrir un blog a cuatro manos -que a veces, si puedo, serán sólo tres- con dicha señorita.

He dicho.

Y esta canción, bien podria decirse que es nuestra canción. Por que no puedo escucharla sin pensar en besarla, ni en ver su cabello rubio ondeando al viento, sonriendo por el parque donde bebemos sangría.

Ni en zombis, ya puestos… Pero eso es otra historia.

LOS DRAGONES VIVEN PARA SIEMPRE (II)

Noviembre 17, 2009

-Sentíos libres y expresad vuestra libertad como queráis.

Ésta es la consigna. Sí… Sin embargo, cuando se cierra la puerta, nos quedamos quietos, apelotonados en el centro de la sala, sin saber qué hacer o en qué emplear nuestra recién adquirida libertad. Igual que presos que llevan treinta años entre rejas y de pronto se les abre la puerta de la jaula sólo para que descubran que no saben qué hacer con ella… ¿Lograremos saborearla? ¿Aprehenderemos esa mañana la esencia de la libertad?

Dos minutos más tarde comenzamos a dar, todavía en silencio, nuestros vacilantes primeros pasos del que se supone que es nuestro nuevo Parnaso. Nos dispersamos en pequeños grupos por la sala y comenzamos a inspeccionar, en silencio, el territorio donde vamos a ejercer, todavía sin tener muy claro cómo, nuestra nueva condición de seres libres y no reprimidos por autoridad alguna.

Cinco minutos más tarde estamos saliendo en tropel de la estancia, tratando de salvar la vida. A toda pastilla. Intentando, aun no siendo conscientes de ello, no ocupar la portada en los periódicos del día siguiente y que casi cuarenta familias barcelonesas no vistan durante los próximos meses de luto riguroso por nuestra trágica pérdida.

¿Qué ha sucedido durante esos cinco minutos?

Pues ha sucedido que la mejor manera que ha encontrado de expresar su libertad uno de mis compañeros ha sido prenderle fuego al papel. Y hay en la sala papel suficiente para dar y vender…

Es duro decirlo, pero el experimento ha fracasado. Estrepitosamente además.

Se nos concede fiesta el resto de la mañana.

-Lloraba, os juro que cuando llegó el primer camión de bomberos lo vi llorar -dice T.

-No puede ser -digo yo-. Los profesores no lloran.

-En serio. Yo lo vi con mis propios ojos. Estaba a su lado cuando se empezó a escuchar la sirena acercándose.

-¿Pero por qué iba a llorar si él no estaba dentro? Nosotros, que casi nos achicharramos como pollos, sí tendríamos que haber llorado y no lo hicimos.

-Bueno, ¿y ahora qué hacemos? -tercia P.-. Este aburrimiento va a matarme.

Mientras dice esto está jugando con las cuerdas de la gran persiana del ventanal de la clase: es una persiana verde, enorme, de soporte metálico, que a lo largo de su dilatada historia -se diría que fue fabricada en la época de los reyes godos, por lo menos- ya se ha cobrado alguna que otra brecha de consideración en la cabeza de algún alumno (servidor, que todavía ostenta la marca entre su colección de cicatrices, entre ellos).

-Tú siempre te aburres. No recuerdo ni un día de tu vida que no te hayas aburrido -le recrimino, mientras él no para de manipular la persiana.

-Mañana tendremos que volver a cantar esa horrible canción.

-¿Por qué no nos largamos? -apunta T.

-¿Del cole? ¿A esta hora?

-Sí, con el follón que hay por el incendio nadie se dará cuenta. Podemos ir a ver a las putas.

En efecto, cerca del cole hay un rincón donde algunos automovilistas se van con prostitutas. Unos días atrás, nos apostamos por ahí, escondidos a ver qué se cocía. Y una prostituta, al vernos, se levantó el jersey y nos enseñó las tetas.

Por supuesto, salimos corriendo. Pero nos quedaron ganas de regresar.

La persiana, como era de esperar, se rompe por fin. Esto nos convence de la necesidad de abandonar el lugar de los hechos cuanto antes, antes de que nos caiga un buen paquete.

Els dracs viuen per sempre

(Los dragones viven para siempre)

Mientras nos metemos por uno de los múltiples pasadizos -algunos de ellos bastante secretos- que tiene ese colegio para poder huir sin ser vistos, vamos hablando. No tengo ni idea de qué, claro, pero pongamos que estamos discutiendo sobre la libertad y sobre el incendio y sobre el aburrimiento y las putas y si habrían dado una semana de fiesta en el cole si hubiéramos muerto todos y lo mal que fabrican las persianas y sobre lo dura que es la vida para los chicos de once años…

Però el nens es fan grans.

(pero los niños se hacen grandes.)

Los niños se hacen grandes, sí.

Poco después los tres abandonamos subrepticiamente el colegio por una puerta lateral.

¡Qué duro es ser libre! 

 

(Nota: Atención al vídeo antes de que lo cancelen. Vale la pena.)

LOS DRAGONES VIVEN PARA SIEMPRE (I)

Noviembre 14, 2009

  Puff era un drag màgic

que vivia al fons del mar,

però sol s´avurria molt

y sortia a jugar…

(Puff era un dragón mágico/que vivía en el fondo del mar,/pero solo se aburría mucho/y salía a jugar.)

Pero lo que se pueda aburrir el dragón de marras no es nada comparado con lo que me aburro yo. No me gusta cantar. Detesto cantar. Odio cantar. Detesto que “el Papus”, nuestro profe de música, aporree el piano mientras nosotros cantamos, cual aplastado coro de ruiseñores, con melodiosa voz y ningunas ganas de hacerlo.

Hi havia un nen petit

que se l’estimava molt,

es trobaven a la platja

tot jugant de sol a sol.

(Había un niño pequeño/que lo quería mucho/se encontraban en la playa/jugando de sol a sol.)

Entonces, sucede. El profesor cesa de pronto de tocar.

-¡Tú! -brama.

Podéis llamadme “vidente”; pero al instante sé que ese “tú” soy yo.

-¿Por qué no cantas? -inquiere.

A pesar de que, como pensaba, cuando el Papus dijo “tú” se refería a un servidor, intento hacerme el despistado, una maniobra evasiva en la que, merced a la práctica, me he convertido en un consumado maestro.

-¿Me habla a mí? -pregunto, con la cara más angelical que soy capaz de poner: el secreto para que esta expresión -que ha de parecer, para empezar, lo más espontánea posible- surta el efecto deseado radica en aunar en un sólo gesto la sorpresa e incredulidad ante la acusación, la inocencia más absoluta de todos los cargos que se me imputan y una contenida indignación ante el incalificable atropello que estoy sufriendo.

-Estoy cantando -miento.

-No cantas.

-Canto, pero lo hago flojo para modular mejor la voz.

Aquí hay risas de mis compañeros. Por esa época acabo de descubrir que casi todo lo que digo en clase resulta gracioso, y estoy empezando a considerar la posibilidad de dedicarme profesionalmente al humor cuando sea mayor. En honor a la verdad, no es que mi comentario haya sido demasiado ingenioso; pero supongo que mi público, siempre agradecido, prefiere reír a cantar, como preferiría bailar la conga o imitar a un pato disléxico que cantar. El caso es que sin ellas, las risas, habría tenido una posibilidad de éxito con mi defensa; pero ya no.

-Pues vete a modular al pasillo -es la inapelable sentencia dictada en mi contra.

Salgo de clase y me quedo junto a la puerta, un castigo que no me resulta en absoluto novedoso. Estoy dispuesto a pasar ahí toda la hora; pero, para mi sorpresa, al cabo de unos diez minutos se me conmuta la pena y un compañero me comunica que se me ha readmitido en clase. Eso sí me resulta novedoso; pero la imprevista amnistía tiene una explicación: hoy, nuestro profesor de música -a quien, para ser honesto, le debo en gran medida el gusto por el teatro que me ha acompañado durante toda la vida-, hombre avanzado a su tiempo en muchos aspectos, va a poner en práctica un experimento piloto en nuestro rancio colegio de curas, y ha elegido a nuestra clase, legendaria por su creatividad, para llevar la arriesgada apuesta a cabo.

Un “Happening”.

Para no abrumar al lector con explicaciones de mi propia cosecha que quizá resultarían confusas, copiaré sin ningún rubor de Santa Wikipedia el significado de esta manifestación artística:

Happening (de la palabra inglesa que significa evento, ocurrencia, suceso). Manifestación artística, frecuentemente multidisciplinaria, surgida en los 1960 caracterizada por la participación de los espectadores. Los happenings integran el conjunto del llamado performance art y mantiene afinidades con el llamado teatro de participación.

La propuesta original del happening artístico tiene como tentativa el producir una obra de arte que no se focaliza en objetos sino en el evento a organizar y la participación de los “espectadores”, para que dejen de ser sujetos pasivos y, con su actividad, alcancen una liberación a través de la expresión emotiva y la representación colectiva. Aunque es común confundir el happening con la llamada performance el primero difiere de la segunda por la improvisación o, dado que es difícil una real improvisación, por la imprevisibilidad.

El happening en cuanto a manifestación artística es de muy diversa índole, suele ser no permanente, efímero, ya que busca una participación espontánea del público. Por este motivo los happenings frecuentemente se producen en lugares públicos, como un gesto de sorpresa o irrupción en la cotidianeidad. Un ejemplo de ello son los eventos organizados por Spencer Tunik en los cuales se implican a masas de gente desnuda.

Por fortuna, a nosotros se nos permite ejecutar la perfomance completamente vestidos.

Hasta el momento, lo único que se nos ha dicho sobre el particular es que vamos a hacer un “happening”, una palabra que nos resulta tan incomprensible como le sonaría a un bosquimano la teoría de la relatividad. Así que mientras nos dirigimos a un ala nada utilizada de nuestro gigantesco colegio, situada en un extremo del mismo, vamos pensando en qué clase de tortura planean hacer con nosotros.

-Nos van a castigar a todos o algo así. Seguro -dice alguien-. Me apuesto lo que sea a que es algo malo. O aburrido o malo. O las dos cosas.

La mayor parte de la clase comparte esta opinión.

-Igual es la revisión médica -apunta otro detective.

-No puede ser eso -replica el primero-: siempre lo avisan antes.

Ojalá me hubieran dejado castigado en el pasillo”, pienso para mis adentros mientras camino, temiéndome lo peor. Este misterio no presenta las mejores perspectivas, desde luego.

Llegamos por fin. Llevo estudiando en ese colegio desde que tengo cuatro años, por lo que me conozco hasta el último recoveco del centro, y no recuerdo que la sala donde nos han conducido se haya utilizado jamás para nada.

La siguiente orden que imparte el profesor nos hace reafirmamos en nuestros peores pensamientos.

-Quitaos los zapatos.

Está muy claro que cuando haces que un hombre se despoje de sus zapatos es para dejarlo inerme, a merced del enemigo. Y justamente eso es lo que pretenden hacer con nosotros con el dichoso “happening”, signifique lo que signifique la palabra de marras.

Cuando, ya descalzos, pasamos al interior de la sala descubrimos que la han llenado de papel. Una sala desnuda forrada de papel de celofán y, sobre todo, papel higiénico -decenas de rollos- cubriendo las paredes. A cada minuto que pasa, menos entendemos de qué se trata.

Entonces el profesor se dirige a nosotros.

-Ahora sois libres. Sentíos libres y expresad vuestra libertad como queráis.

Y dichas estas enigmáticas palabras, abandona la sala y cierra la puerta.

EL PROGRAMA DE PROTECCIÓN DE TESTIGOS O GONDOLERO EL DELATOR

Noviembre 8, 2009

(Esto es un relato de ficción. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia fruto de la excelsa e inigualable imaginación del autor.)

Visto con la perspectiva que da el tiempo y teniendo en cuenta las consecuencias que me reportaría a la postre el asunto, quizá no debí haber testificado contra aquellos dos poderosos y despiadados gangsters. Lo cierto es que ambos llevaban más de veinte años -desde la época en la que ocuparon altísimos cargos políticos en el gobierno- esquilmando las arcas públicas para su provecho, y no deja de resultar curioso que su caída viniera propiciada de manos de un ciudadano anónimo como yo.

Lo único que me consuela es que, gracias al testimonio que presté a cara descubierta en aquel proceso judicial, Genaro Alaverdi y Giuliano Prunafretti pudieron ser condenados por fin a tres fines de semana de arresto domiciliario, una multa de quinientos euros y dos meses prestando servicios sociales en un asilo de ancianos.

Ni siquiera la omnipotente influencia de su antiguo jefe Vito Pujolone, il cabecutto de tutti cabecutto, pudo librarlos de la severa condena.

Sin embargo, no fue hasta el día siguiente de que terminara el juicio cuando empecé a vislumbrar las fatídicas consecuencias que se derivarían de mi decisión de declarar contra los mafiosos. Fue entonces cuando un agente de la Agencia de Inteligencia Catalana me citó en su despacho para ponerme al corriente de la situación a la que me enfrentaba:

-Le seré franco -me dijo ya de entrada-: Tenemos noticias fidedignas de que la Organización ha puesto precio a su cabeza por delator.

El golpe fue brutal, y no negaré que me dejó conmocionado.

-¿Precio? ¿Qué precio? -inquirí todavía golpeado por la sorpresa-. ¿Cuál es el precio de mi vida?

-Ochocientos euros, las obras completas de Miquel Martí i Pol y un fin de semana para dos personas, con todos los gastos pagados, en un hotelito de Segur de Calafell.

-¿Habla en serio?

-Si la muerte es lo bastante cruel, los volúmenes de poesía pueden cambiarse por una tele de pantalla plana… Tenemos constancia de que varios sicarios andan ya tras sus pasos, atraídos por la recompensa.

Soy valiente, sí. Osado. Incluso temerario a veces. Mas no ocultaré que la noticia de que la “Coseta Nostra” había dictado sentencia de muerte contra mi persona no contribuyó a alegrarme la mañana. Si he de ser sincero, mientras el agente me lo contaba, sentí unas irrefrenables ganas de esconderme debajo de la mesa y no salir de allí hasta que todo pasara. “¿Me dejarían pasar los próximos cinco años bajo aquella mesa?”, me pregunté.

-Supongo que me darán protección policial -acerté a mascullar, reprimiendo los temblores que me acometían.

-Por supuesto… Claro… Le daremos protección, desde luego. Toda la que podamos… El problema es la maldita crisis de los cojones. Quiero decir que, tras un concienzudo estudio económico de la situación, hemos determinado que le podemos asignar un policía municipal los miércoles y los viernes entre las 19.30 y las 21.30.

-Es una broma, ¿verdad? -pregunté aterrado.

-Los miércoles y viernes no festivos. Ya sabe que es más difícil que un funcionario trabaje un festivo que conseguir la independencia.

-Es horrible -exclamé con un hilo de voz-. Soy hombre muerto.

-No sea trágico y mantenga la calma: tenemos un plan B.

-¿Plan B.?

-Sí. Nuestro programa de protección de testigos.

-Pero eso significaría renunciar a mi identidad, a la gente que conozco, a mi mi vida.

-Sí, claro, significa renunciar a todo eso que dice y a un poco más; Pero… mire usted, la verdad es que le hemos estudiado a fondo. Y estamos al corriente de que su vida es fea, gris, aburrida, triste, absurda, sin metas, sin dirección, sin ideales, una mierda, vamos. Y eso por no recordarle que tiene a los criminales más sanguinarios de la ciudad deseando ponerle fin… De acuerdo, le estamos pidiendo que coja toda su vida, la arroje al retrete y tire de la cadena. Pero, dígame: ¿Cuál es la alternativa…? En el hipotético y poco probable caso de que no acabe en el fondo del puerto con una piedra atada al cuello, le quedaría una existencia que ni la más miserable y cruel de las ratas desearía para sus ratoncitos.

Iba a decir algo, pero el agente no me permitió intervenir. Se puso de pie y, entusiasmado por sus propias palabras, levantó el tono de voz y comenzó a gesticular con ampulosidad mientras hablaba, paseando de un extremo a otro del despacho como un poseso.

-Además, tengo unas nuevas identidades cojonudas. Co-jo-nu-das. Mire ésta -agitó el sobre que contenía la nueva identidad en el aire-: me acaba de entrar esta misma mañana y está calentita calentita…

Su entusiasmo me contagió un tanto. Quizá sí que tenía alguna posibilidad de seguir con vida.

-¿Cuál es?

-Pastor de ovejas en La Segarra.

-¿Pastor? Yo no sé nada de pastoreo ni de ovejas -protesté.

-Junto con los papeles le entregaremos diez ovejas, un zurrón, un perro pastor y el vídeo de Heidi (cuyo importe nos irá devolviendo en cómodos plazos). En dos meses será usted más rural que el abuelito y Pedro juntos.

-Soy alérgico a la lana virgen -dije-. Imposible.

Reprimiendo una maldición, sacó otro sobre del bolsillo y leyó la tarjeta que había en el interior.

-Vendedor ghanés del top manta. Se llamará usted Charles Jawara, nacido en Begoro, su madre era hechicera y su padre cazador de gacelas…

Intenté protestar, pero de nuevo no me permitió meter baza.

-Ya sé, ya sé, está el asunto de la pigmentación de la piel. Pero un tratamiento a lo Michael Jackson a la inversa hará maravillas. -Siguió leyendo-: Le damos la manta, un pasaporte ghanés y doscientos DVD´s piratas para empezar su nueva vida.

-Pe, pe…

-Tendrá que acostumbrarse a ser Charles Jawara. A comer, dormir, pensar, recibir palizas y huir de la policía siendo Charles Jawara. Tendrá que morir siendo Charles Jawara.

La cosa parecía una pesadilla. Cada identidad era más aterradora que la anterior.

-No quiero ser un vendedor ilegal -supliqué.

El agente me miró con odio.

-Anda que no es usted complicado, señor mío. Pero, no se preocupe, conservo un as en la manga. Lo guardaba para los arrepentidos del Orfeó Catalá o para el alcalde de Santa coloma, pero, mire por dónde, se lo voy a ofrecer a usted.

Extrajo un nuevo sobre, en esta ocasión del bolsillo interior de su americana. Tras una calculada pausa, lo abrió.

-Le ofrezco pertenecer a un equipo del deporte rey de este país, de ese espectáculo televisivo que hace vibrar a la gente los domingos por la tarde como ningún otro, de ese espectáculo de masas del cual se habla todos los lunes por la mañana a lo largo y ancho del país: en las oficinas, en los bares, en el autobús, con la portera…Y además se trata de un equipo de élite, del máximo nivel, probablemente el mejor de todos. Va a ser usted más famoso que el Santo Padre.

-¿Me está ofreciendo ser jugador del Barça?

-No diga majaderías, hombre de Dios. ¿Acaso no ve usted TV3 los domingos?

-No. Hace años padecí una sobredosis de sardanas un domingo por la mañana y mi psiquiatra me recomendó borrar el canal de mi televisor para siempre.

-Le hablo de ser casteller.

-¿Casteller? -exclamé desilusionado- ¿Se refiere a esos que se suben unos encima de otros y hacen castillos humanos?

-Exacto… Está entusiasmado, ¿no es cierto?

-¿Ése es el gran espectáculo televisivo que hace vibrar a la gente como ningún otro?

-¿Quiere que se lo demuestre?

-Me encantaría que lo hiciera.

-Vea este vídeo. Y dígame si queda demostrado o no.

Y me lo demostró, vaya si me lo demostró…

Así comenzó mi nueva vida como casteller.

GONDOLERO’S BAR

Noviembre 4, 2009

Mi bar estaba casi lleno. Verdaderamente animado, por una vez. Al parecer, la oferta del tres por uno había funcionado… Paseaba por mi local, orgulloso, con un puro en la boca, cuando se me acercó, muy alterado, el encargado.

-En la puerta tenemos un tipo muy extraño. Va vestido con calzón corto, lleva un lirio en la mano y no para de decir cosas ingeniosas a los porteros para que le dejen entrar. Si sigue así le van a hacer una cara nueva.

-Es Oscar. Acaba de salir de la cárcel.

-Entre nosotros, señor Gondolero. Parece un poco… de la acera de enfrente.

-Dadle la mejor mesa y ponedle una botella de absenta a cuenta de la casa. No creo que viva mucho.

-Y junto a la barra -continuó el encargado- tenemos a un francés que no para de gritar disparates y romper cosas. Dice que los chinos van a apoderarse del mundo… Está asustando a la poca clientela decente que hay.

-Céline, se llama Céline. Está loco, pero escribió la mejor novela del siglo XX… Barra libre para él… Por cierto, te dije que no quería clientela decente.

Pero mi encargado estaba frenético.

-Y ese otro chalado: delirando acerca del universo y recitando poemas que ponen los pelos de punta. Y amenaza con su bastón a quien le lleva la contraria.

-Es Poe. Acaba de perder a su mujer. Ponle todo el ron que pida.

-Parece que han venido todos los mendigos y todos los gorrones de la ciudad al ver nuestra oferta. Tenemos hasta uno escondido debajo de la mesa.

-Ese Salinger… Siempre tan esquivo.

Mis ojos se posaron en una dama de mirada extraviada. Verdaderamente guapa. Una de esas bellezas atormentadas que de joven me volvían medio loco. Me acerqué hasta su mesa.

-¿Zelda? -inquirí-. ¿Zelda Fitzgerald?

-¿Tienes veinte dólares para prestarme? -me preguntó-. Tengo que pagarle a mi chófer.

Le di lo que llevaba encima. Mi último billete en realidad.

-¿Ha venido tu marido? -le pregunté.

-Está pidiéndole un anticipo a su agente… Este bar es realmente asqueroso. No tiene la menor clase.

-Me alegro de que te guste.

-Casi prefiero mi psiquiátrico a ese antro.

-Diviértete, preciosa. Y ten cuidado con los incendios.

Seguí paseando por mis dominios. Pasé por delante de la ruleta y saludé a un fulano que no paraba de perder:

-Si se te acaba el crédito, Fedor, ve a pedir unos rublos a mi contable.

Pero el ruso estaba tan embebido en el juego que ni me escuchó.

Al cabo, fui yo quien llamó al encargado.

-¿Quienes son los sujetos vestidos de manera calculadamente informal que están en esa mesa discutiendo sobre la generación del 27?

-Nuestros mejores clientes, señor Gondolero. Son nuestros autores nacionales. Los más firmes valores literarios de este país: Educados, comedidos, cultos, corteses, críticos, un poco ácidos… Y pagan religiosamente sus consumiciones.

-Cóbrales lo que se están tomando ahora mismo y luego mandas que los echen a patadas. Si se resisten, que les den una buena paliza y los abandonen en el callejón.

-Pero si son los únicos que pagan…

Cogí a mi encargado por las solapas y le propiné un contundente rodillazo en la entrepierna.

-¡Maldito cabrón! ¡Te he dicho mil veces que no contradigas mis órdenes..! ¡A la puta calle con ellos! Y cuando vengan nuestras escritoras nacionales -si es que vienen- las haces pasar a las habitaciones. Con suerte, de alguna de ellas podremos sacar hasta cincuenta euros por polvo. Podemos hacer también un tres por uno.

Pero mi encargado estaba en el suelo, retorciéndose de dolor. Cuesta encontrar empleados diligentes en nuestros días… Entonces vi a un anciano con aspecto bonachón sentado en una de las mesas del fondo. Miraba todo lo que había a su alrededor con aire divertido. Lo reconocí al instante y me aproximé a su mesa.

-Señor Vonnegut -le dije conteniendo a duras penas la emoción-. Es un honor para este humilde local tenerle aquí… Pensaba que había muerto.

-¿Muerto? No, no. Era sólo un rumor.

-Si supiera lo que he disfrutado con sus libros desde que era niño. Todo el asunto de Dresde, y Kilgore Trout, y la fortuna Rosewater…

En ese momento sonó un disparo, y un fulano cayó al suelo con una herida en la cabeza.

-¿Quién es ése? -preguntó el señor Vonnegut.

-Se llama… Se llamaba Larra. Un enamorado que se metió en política y ya ve cómo le ha ido.

En ese momento entraron todos aquellos policías, arma en mano, y mi selecta clientela se abalanzó en estampida hacia la salida de emergencia, mientras la pasma comenzaba a practicar detenciones a diestro y siniestro.

Poco después estaba esposado camino de comisaría. Los autores nacionales me habían denunciado por brutalidad; pero además estaban las drogas, la prostitución, las bebidas de garrafa, el juego ilegal… Me iba a caer un buen paquete, sin ninguna duda.

Mi negocio se había ido a la mierda. Y mi clientela con él.

ZELDA

 

RELATO DE TERROR

Octubre 31, 2009

 (Un Día de Difuntos -nada de Halloweens foráneos- no sería un Día de Difuntos sin su relato de Terror. Aviso que da mucho miedo.)

Sigo caminando, entre las sombras, por el estrecho pasaje. Hace ya un buen rato que dejé de oler a moho y a humedad, e incluso la impenetrable oscuridad que me envuelve se me antoja cálida en comparación con la abominable presencia que me aguarda al final del corredor. De alguna manera intuyo -- que son los últimos pasos que daré en esta vida; pero, aun así, no puedo evitar avanzar hacia mi destino como una polilla atraída por la llama: un hombre que camina hacia el abismo y que no puede dejar de aproximarse a él.

En unos minutos tendré que enfrentarme, cara a cara, con…

¿Cómo denominarlo? ¿Cómo denominar a algo que escapa a cualquier nombre, a cualquier etiqueta, a cualquier categorización…? ¿Cómo nombrar a la esencia, a la encarnación misma del Horror?

En cuestión de unos minutos habrá de enfrentarme cara a cara con El Ente.

Sería inútil tratar de relatar la retorcida concatenación de hechos que me han conducido a esta desesperada situación. No importa el principio, ni siquiera importa el desarrollo de mi descenso al infierno: sólo la conclusión. Y para describir esta conclusión sólo acude a mi cabeza un término médico:

EXITUS LETALIS

Salida letal. Muerte… El final. Mi final. El “ending” que me aguarda tras la puerta. La vieja puerta que se abre empujada por mi mano, ahora mismo, con un hiriente chirrido que me hace empaparme en funestos presagios…

Y ahí está, sí, El Ente. El Ser más horrendo del Universo. Y, a modo de macabro recibimiento, de su garganta se escapa un grito cruel:

-¿SE PUEDE SABER DE DÓNDE COÑO VIENES A ESTAS HORAS?

Escribo y dejo caer este papel antes de sucumbir a las garras de La Bestia. Espero que alguien lo encuen

tales_of_terror

 

PEPE EL BATMAN (II)

Octubre 26, 2009

(Nota: La primera parte está sólo unas entradas más abajo.)

Al parecer, sus delirios paranoides, o una parte substancial de ellos, provenían de un fatal accidente, un episodio tragicómico que llegaría a alcanzar rango de leyenda en aquellos andurriales donde nos movíamos: por alguna razón sobre la que sólo pueden establecerse conjeturas (quizá se debiera a no querer llevarlos encima merced al acoso sistemático y los consiguientes registros a los que lo tenía sometido la policía del barrio), un día se le ocurrió enterrar unos ácidos (LSD) en un rincón de un parque, con la idea de recogerlos al día siguiente para colocarlos por ahí: cinco pirámides violetas importadas de Amsterdam, envueltas en una bolsita de plástico… Pero no contaba conque precisamente esa noche cayera un auténtico diluvio sobre la ciudad: parque con bolsa, claro está, incluida. Por la mañana, dando por sentado que la droga habría perdido sus efectos al haberse mojado de aquella manera, no se le ocurrió otra cosa que tomarse los cinco de golpe. Ni siquiera se le pasó por la cabeza la posibilidad de que el plástico los hubiera preservado de la humedad… Y a la vista está que los había preservado. Fuera como fuere, el caso es que se echó al coleto el equivalente a diez dosis (o veinte, si se tomaba en cuartos) de LSD prácticamente puro de una tacada… Fantasías animadas de ayer y hoy… Fue un milagro que viviera para contarlo; pero su cerebro, claro está, acusó el golpe. Tuvo un viaje estratosférico del que despertó varios días más tarde en la habitación de un psiquiátrico, habitación de la que no le dejaron salir en cinco meses.

Ahí comenzó su carrera de Pepe el Batman, el feo Murciélago humano que sobrevolaba la Bonanova con su chaqueta de polipiel a principios de los ochenta.

Y ahora el feo murciélago había pasado el testigo al feo androide semihumano, un androide con casco embutido en esa cabeza de dimensiones poco comunes y calculadora en mano, un androide de cómic que compartía habitación con un servidor, futuro excelso narrador pero de momento sólo ex boina verde represaliado por indisciplina en múltiples ocasiones y ex aspirante a hare krishna con visita más que vetada al santo comedor de los sujetos pelados.

El tipo, como comenté también en otro lugar, tenía la costumbre de dormir con un cuchillo jamonero bajo la almohada, costumbre que, no tengo reparos en confesarlo, me ponía no poco nervioso. Así que, subrepticiamente, yo me agencié por mi cuenta otro más grande -una especie de pequeña hacha de carnicería- por si las moscas, y dormía también con lo mío bajo la almohada por si la calculadora le empujaba a intentar algún movimiento poco amistoso conmigo.

Cuatro esquinitas

tiene mi cama

cuatro angelitos

siempre la guardan…

¿Quién es un sano juicio se fiaría de un robot feo como el mismo diablo capaz de recitar citas bíblicas cada dos por tres y de tomarse cinco ácidos de un golpe?

La primera noche que pasamos juntos en la pensión nos quedamos hablando hasta muy tarde. Había una cosa que me preocupaba de él, además del cuchillo. En realidad muchas cosas me preocupaban, pero una más que otras. Jamás hablaba de mujeres. Las ignoraba en absoluto. Ni siquiera las miraba por la calle. Y esto no dejaba de resultar extraño en alguien que había estado tanto tiempo encerrado como él. En los meses que pasé yo entre rejas en el ejército habría terminado por pasar por las armas a cualquier mamífero del sexo femenino que se hubiera interpuesto en mi camino, y a partir de las cuatro de la mañana y con algo de alcohol en el cuerpo, me temo que no habría desdeñado algún tipo de ave… La cuestión es que me preguntaba si Pepe el Batman no sería….

¿De la acera de enfrente…?

Es decir: ¿No tendría apetencias sexuales poco académicas, en el hipotético caso de que tuviera apetencias sexuales, mi cibernético compañero de pensión?

Traté de tirarle de la lengua, con toda la mano derecha de que fui capaz. Mi manera de sacarle información, aun vista a distancia, no puede negarse que fue un prodigio de diplomacia, sutileza, tacto y aproximamiento sibilino a un objetivo, rozando sólo ese objetivo de manera colateral para que el interlocutor en ningún momento llegue a sentirse incómodo.

-¿Y es cierto que cuando entras en la Modelo por primera vez te dan por culo todos los de la celda y a veces hasta los funcionarios y los de la celda de al lado? -le pregunté con delicadeza.

-¿Te refieres al bautizo?

-Sí, a eso: al bautizo. ¿Te bautizaron los compañeros a ti? ¿Te confirmaron también?

-Mírame tío.

Le miré.

-¿Me ves bien?

-Sí.

-¿Crees que alguien me violaría a mí?

Tenía razón.

-Olvídalo -dije.

Pero no me había quedado convencido del todo.

-¿Tienes novia?

-Sí, en Alicante. Se llama Denia.

-Denia, bonito nombre… Y me suena de algo.

Apagué la luz.

¿De qué me suena eso de Denia?”, me pregunté una y otra vez antes de quedarme dormido.

Por la mañana, al salir al mundo, descubrí que nuestra pensión se encontraba enclavada en una calle cuyo nombre ahora mismo no recuerdo… esquina con la calle Denia.

Seguí, pues, durmiendo con el hacha bajo la almohada.