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LA NOCHE QUE ME ABDUJERON LOS MARCIANOS (I)

Febrero 2, 2009

 ¡Abróchense los cinturones! El relato que viene ahora, aunque verídico, es una historia de terror que pondrá los pelos de punta hasta a los más valientes y osados: una historia, no apta para cardiacos, que empieza justamente así:

Alcé mis ojos… y vi brillar en el firmamento una luz cegadora….

¡No, no, no, no, no soy capaz de hacerlo…! Sé que sois buena gente, personas decentes, y no os puedo mentir, no merecéis leer un relato como éste y que encima os engañe… Así que volveré a comenzar, ahora con la verdad por delante, y seré sincero hasta el fin:

Alcé mis ojos… y vi que estaba rodeado de borrachos con cuernos, una cornamenta de plástico que parecía sacada de Vikie el Vikingo…

No voy a detenerme en relatar la desgraciada concatenación de circunstancias que me había conducido a tan desesperada situación aquella noche de autos; pero el caso es que circulábamos en un pequeño autocar, celebrando una despedida de soltero, camino de una discoteca de moda. Mis compañeros de bacanal entonaban, con dulces y melodiosas voces, una melancólica canción que me hizo evocar días castrenses que creía desterrados en el cajón más recóndito de mi memoria:

¡LA CABRA LA CABRA LA PUTA DE LA CABRA LA MADRE QUE LA PARIÓ..!

En el asiento contiguo al mío un sujeto, más bien cocido, mirándome con ojos vidriosos. La camisa fuera del pantalón, la chaqueta manchada de salsa carbonara (incluso jurarías haber entrevisto un solitario tortellini deslizándose hacia el interior de la camisa), las gafas mal puestas: parece que regrese de un combate, un combate en el que se ha llevado el noventa por ciento de las bofetadas. Pero se le ve contento… No lo conozco de nada, y tampoco tengo ningunas ganas de alterar ese estado de cosas… Me ofrece una botella de algo y la rechazo. Me guiña el ojo, cómplice:

-Lo estamos pasando bien, ¿verdad?

-Creo que es la mejor noche de mi vida –le aseguro.

-Sí, sí. La mía también. De las mejores.

¡…YO TENÍA UNA CABRA QUE SE LLAMABA ASUNCIÓN…!

Tienen algo, las despedidas de soltero/a, que nos devuelven al simio primigenio que en realidad nunca hemos dejado de ser, que nos animalizan, algo capaz de echar por tierra en un abrir y cerrar de ojos miles de años de evolución y reducir a Darwin a mero charlatán de feria. ¿Cómo va a funcionar una asociación destinada a perpetuarse en el tiempo como el matrimonio si ya su preámbulo es un acto tan sumamente idiota y ridículo como una despedida de soltero…? Mientras nos encaminamos a la discoteca rememoro las escenas que acaban de suceder, en el restaurante, cuando ha aparecido la stripper, después de una cena a la que aplicarle calificativos como “rancho”, “pésima” o “bazofia” sería juzgarla con exagerada benevolencia.

Hay oficios jodidos en este mundo, pero desde luego que desnudarse delante de veinticuatro borrachos libres de sus novias, esposas y suegras no se paga con dinero. Reconozcamos que la chica está tremenda, sí, igual que reconocemos sin demasiado esfuerzo que, a pesar de ese físico despampanante, no ha nacido dotada de excesiva gracia para el baile, en realidad parece que lleve encasquetados unos walkman (o MP3 o ipod) en los oídos y que esté bailando otra canción diferente a la que todos los presentes escuchamos… Pero, ¿a quién demonios le importa el baile? ¡Los vikingos queremos carne y cerveza! Y ella tiene carne para dar y vender, y poco a poco va mostrándola al público… Y el público grita, aplaude, relincha, silba, salta, berrea, baila, muge, canta, aúlla, bala, resopla… El público escupe una barbaridad tras otra: que enseñe esto, que enseñe lo otro, que haga esto o lo de más allá. Si los pensamientos pudieran materializarse, a estas alturas todos estaríamos ya a buen recaudo en una cárcel… Observo a mis compañeros de espectáculo con ojo crítico; ahí tenemos concentrada toda la tipología humana: el gallito, el listillo, Rambo, Manolito Gafotas, el agonías, Sandokán, el macarrilla, el filósofo de café, el “Caratroll”, Bob Esponja, Pepe el Guapo… Todos los seres humanos de género masculino estamos representados en el beodo y heterogéneo grupo al que, por desgracia, pertenezco esta noche… Y yo, “¿quién soy yo, qué papel es el mío?”, me pregunto de golpe: ¿El prota? ¿El bueno de la peli? ¿El único hombre lúcido bajo la faz de la tierra…? No, no, ya sé quién soy:

Soy… el bicho raro. Como de costumbre. El aguafiestas.

La stripper, ya desnuda del todo, requiere la presencia del novio junto a ella, y éste, que es el que más ha bebido o peor ha asimilado el alcohol del grupo, salta rumboso, al ruedo. Se sabe que es el novio porque no lleva cornamenta, va tocado con un penacho indio que reivindica su condición de jefe de la tribu. Intenta bailar también, o por lo menos se mueve, pues lo cierto es que se asemeja al monstruo de Frankenstein recién recobrada la vida, parece también el pato de un documental de la 2 tras ser alcanzado por un disparo en algún órgano vital: un pato agonizante y feliz…. Se aproxima, con esos movimientos espasmódicos tan poco coordinados de los que hace gala, a la chica: la agarra de la cintura y nos mira, sonriente, como un torero antes de brindar la faena al respetable. Ella le saca la camisa, sin desabotonarla por completo, por encima de la cabeza. La camisa se rasga, pero da igual: él la soba a ella sin recato: la temperatura aumenta, casi se puede palpar la seminalidad y la lascivia que empapan el cargado ambiente…

-Se la va a cepillar –me dice alguien-. El cabrón se la va a cepillar aquí mismo.

Y eso parece, desde luego. Nuestro héroe ya se está bajando los pantalones y el respetable le anima, corea su nombre, le hace la ola; pero, de pronto, una voz atronadora se destaca sobre las demás voces:

-¡Tíratela, Josemari, que tu novia debe de estar haciendo ahora lo mismo con un mulato!

A pesar de la cogorza y del caos reinante, Josemari lo ha escuchado. Y tanto que lo ha escuchado… Se nota porque suelta a la chica de golpe, se nota porque se tambalea, y no sólo por los toneletes de vino recién embotellado y licores de dudosa procedencia ingeridos sin mesura hasta ese momento. Lleva los pantalones a la altura de las rodillas, pero ahora quiere irse… La chica intenta cogerlo, atraerlo hacia sí; pero Josemari se resiste… Intenta huir, zafarse de la chica, pero los pantalones en las rodillas le dificultan muy mucho la maniobra de evasión; los espectadores contenemos el aliento por unos segundos, pensando que nos está gastando una especie de broma antes de entrar a matar, estoque en ristre y a cara descubierta. Pero no… Comprendemos que no se trata de una broma cuando la ley de la gravedad dicta inapelable sentencia y el homenajeado cae de bruces al suelo. Y el costalazo que se da es aúpa.

¡Meidei! ¡Meidei! ¡Meidei!

¡Reímos! ¡Nos tronchamos! Hasta la stripper se parte de risa…

El desconocido, desternillándose como un demente, me golpea con el codo el costado.

-Este tío es maricón, maricón perdido. ¡Menudo imbécil…!

Si lo miras con ojos misericordiosos se trata sólo un pobre diablo –un pobre diablo que, además, se ha lastimado seriamente la rodilla izquierda en su caída- digno de compasión, pero nadie lo mira con esos ojos… Mientras trata de incorporarse le abucheamos, lo insultamos, nos mofamos de él en su propia cara: ¡Marica…! ¡Capullo…! ¡Cornudo…! Y encima va a casarse, el mentecato. Merece eso y mil muertes, vamos, la guillotina es poco escarmiento para un pardillo así, merece que lo asesinemos ahí mismo con nuestras propias manos, que le arranquemos el corazón en vivo y lo sacrifiquemos al Sol (cuando salga) como los aztecas…

Y, de momento, hasta aquí puedo leer.

borrachos

CABALLITOS DE MADERA

Enero 25, 2009

 Nos habíamos saltado filosofía y latín sin mayores remordimientos de conciencia, pero a buen seguro que nadie en la clase, empezando por nuestros sufridos profesores y acabando por los compañeros que asistían al colegio con ánimo de estudiar, iba a echarnos de menos. Se acercaba final de curso, el final también del BUP, tiempo de hincar los codos en los libros y encomendarse a los dioses del saber. Sin embargo, yo ya había firmado los papeles para alistarme como voluntario en el ejército, y por lo tanto tenía los siguientes veinte meses de mi agenda ocupados, así que la problemática escolar y todo lo relacionado con mis estudios me importaba tanto como la pesca del atún en el mar del Norte, por poner un ejemplo.

Éramos tres: Ray, Paco y un servidor. Nos encontrábamos en el banco de piedra de un parque bastante recóndito y solitario que estaba –y sigue estando- no muy lejos del colegio. El sol de mayo, buen amigo del lugar, brillaba prometedor sobre nuestras cabezas. Nos encantaba matar las tardes en aquel rincón de la ciudad que parecía no pertenecer a ella, aislados, apartados de la gente, ocultos… Fumábamos hierba y bebíamos cerveza, y aquella tarde Paco había traído de su casa un voluminoso radiocassete, por el cual sonaba, atronadora, una canción de los Sex Pistols. Cualquier cosa era mejor que soportar las temibles declinaciones latinas –inventadas, como es sabido, con el único propósito de torturar a los estudiantes de letras veintitantos siglos más tarde- o enterarnos de quién fue el listillo que dijo que nunca te bañarás dos veces en el mismo río… En el momento en que nos acercamos a nuestro pequeño grupo, Paco está detallando las tensas relaciones que mantiene con sus progenitores, uno de sus temas recurrentes:

-Estoy hasta el gorro de ellos –se lamenta con amargura-. Hasta el mismísimo gorro. Si esto sigue así, un día voy a salir en los periódicos como el tipo ese de Estados Unidos que mató a sus padres y luego se los comió.

-Siempre estás igual, pareces un disco rayado –tercio yo.

Dos palabras acerca de Paco antes de seguir. Imagínate un busto de Nerón y tendrás su perfecta fotocopia. La semejanza física que guarda con la imagen del emperador, rizos incluidos, puede tildarse como sencillamente espectacular. A diferencia de Ray, es extravertido hasta la saciedad, pero… hay algo en su cerebro que no funciona como debería funcionar. Todavía no hemos reparado en la dramática magnitud del problema, no en su justa medida, pues en realidad ninguno de nosotros ganaría un diploma como Adolescente Cuerdo y Sensato del Año. Sin embargo, yo mismo he empezado a advertir algo en su comportamiento que trasciende las dificultades relacionales propias de la edad o la mera inadaptación social y familiar, y supongo que lo comprendí el día que me aseguró que era capaz de interceptar la frecuencia de radio de la policía… con la mente. A la sazón, claro, supuse que me estaba tomando el pelo; pero a la vista de varios incidentes que ha protagonizado en los últimos tiempos –entre los que se cuenta una nebulosa tentativa de suicidio- empiezo a sospechar que lo decía en serio. Y la hierba y la cerveza, desde luego, no contribuyen para nada a su estabilización. Tiene, al igual que nosotros, sólo dieciséis años, pero se está despertando en su cerebro ese mecanismo de relojería que, a la vuelta de unos pocos años, lo hundirá sin remedio en la locura.

-¿De-dónde-vienes-adónde-vas-qué-haces-quién-te-ha-llamado-qué-has-fumado-cuántas-veces-te-la-has-meneado? –continúa Paco, abrumado-. Es una puta pesadilla.

Así estamos, pues. Haraganeando como tres geranios parlantes. Colocados. Igual, poco más o menos, que cualquier otro día a esa misma hora.

De pronto, vemos una figura femenina acercarse por uno de los pasajes de tierra, quizá atraída por la música, que resuena a lo largo y ancho del parque. No es especialmente guapa ni especialmente fea, una chica en apariencia normal y corriente que lleva una blusa blanca, falda oscura y zapatos de tacón. Debe de sacarnos unos diez años, quizá más. Cuando llega a la altura del banco que ocupamos nos repasa con la mirada, uno por uno, durante un lapso de tiempo mayor del que estipularía un tratado de buenas maneras. Y, una vez concluido el examen y sin pronunciar una palabra, para nuestra sorpresa… comienza a bailar. Pero no se mueve, ni de lejos, al compás de la frenética música que está sonando en el aparato, más bien parece que esté interpretando la demente versión de un vals, o algo por el estilo. Una especie de estrambótico pastiche, a lo freak, a medio camino entre la gallina Caponata y Anna Pavlova. Estupefactos, nos miramos unos a otros como para cerciorarnos de que lo que sucede no es un producto de nuestra imaginación y que realmente los tres estamos asistiendo al mismo espectáculo. La cosa resulta tan sorprendente, tan desmesuradamente surrealista, que ni siquiera nos reímos, lo que en condiciones normales habría sido nuestra primera reacción.

-Me prolooooooooongo hasta el infinito –dice la chica, sin dejar de contornearse ni un segundo.

Aplaudimos con entusiasmo, y Ray, de ordinario el más práctico de todos, aprovecha para invitarla a sentarse en nuestro banco, aunque somos conscientes de que las posibilidades de que acepte podrían cifrarse, aun siendo optimistas, en cien contra uno.

-Hacedme un hueco, chicos –dice ella.

Se lo hacemos, a toda velocidad, a mil por hora, aunque ni entonces las tenemos todas con nosotros. No ignoramos que las chicas mayores de veinticinco no son nuestra especialidad. Ni siquiera, ya puestos, lo son las menores de veinticinco. Ni tampoco las de cuarenta o cincuenta. No tenemos especialidad en materia femenina, ésa es la cruda realidad.

Pero alguna singular e irrepetible conjunción planetaria hace que recorra el espacio que media entre ella y nuestro banco y se aposente en el centro del mismo. ¡Ahí ponemos fin a la indecisión que nos atenaza hasta ese momento y reaccionamos…! ¡Y lo hacemos rápido y con contundencia! No perdemos ni un segundo y empezamos a meterle mano, sin preámbulos. La tumbamos en el banco, magreándola a discrección. Le levantamos la falda, le desabotonamos la blusa, le bajamos las bragas y, ya desenfrenados, se las quitamos y las arrojamos por ahí sin miramientos… ¡Y ella se deja, y abre mucho las piernas e incluso las levanta! Este año la Navidad ha llegado en mayo… La música se acaba, pero nadie se atreve a desperdiciar ni un segundo dándole la vuelta a la cinta. Nuestras seis ávidas e inexpertas manos están entretenidas en recorrer los lugares más insospechados de su anatomía… Nuestras lenguas lamen, succionan, besan, paladean… Nos empujamos sin contemplaciones y pugnamos por ocupar la posición de privilegio junto a ella, nos la repartimos como podemos. Paco, no podía ser otro, es el primero que se quita los pantalones y se dispone a entrar a matar… Pero ella, no sé muy bien cómo, se da cuenta de la maniobra y lo frena.

-No tan rápido, vaquero.

Y me temo que es esta maniobra la que rompe el encantamiento y nos devuelve a los cuatro a la realidad. Tan sólo unos segundos más tarde y también, por supuesto, sin dar explicaciones, la chica se incorpora. Ante nuestra expectación, se dirige hacia el parterre de flores hasta donde han volado sus bragas, las coge y se las vuelve a poner. Acomoda los pechos dentro del sujetador y nos dedica una sonrisa un tanto perturbada mientras ejecuta esta acción. Luego, se compone un tanto la ropa y el pelo y, sin decir nada, se va por el mismo sitio por donde llegó, dejándonos con la boca abierta. Nadie acierta a reaccionar hasta pasado un buen rato. El asunto, de principio a fin, no ha durado ni cinco minutos… Paco es quien peor lo encaja y el que primero habla.

-Quería follar, la tía guarra quería guerra y va y se larga.

-Decidme que no lo he soñado –interviene Ray, con los ojos casi en blanco.

-Me parece que si lo has soñado, yo he soñado lo mismo que tú –le digo.

-¡Vamos, vamos a buscarla, me cago en la hostia! –dice Paco, mientras se pone las botas.

Sin esperar nuestra respuesta y todavía sin pantalones, sale disparado detrás de ella.

El parque es en realidad una colina de cierta altura, y nosotros nos encontramos en la misma cima, desde donde se divisa la entrada. Así que, atalayándonos en un roca, nos ponemos a observar qué sucede desde la distancia. Ella ya ha salido a la calle, la vemos alejarse unos metros, y al cabo de unos segundos, Paco hace lo propio, a la carrera. La alcanza, la detiene y habla con ella. Gesticula… Algunos viandantes se detienen a mirar a ese chaval, calzado con botas y desprovisto de pantalones, que charla en medio de la acera con aquella chica como si nada…

Pero regresa con las manos vacías al cabo de unos minutos.

-Dice que no y que no. La muy puta tiene que irse al psiquiatra.

Bueno, nuestra Salomé se ha esfumado, pero ha dejado a su paso tema de conversación para rato. Y eso hacemos, repasar lo acontecido, desde todos los ángulos y puntos de vista habidos y por haber, durante las siguientes horas… Y un sol enrojecido comienza a ponerse en el horizonte, hora de regresar al mundo… No lo sabemos entonces, pero nos quedan muy pocos días de andar, de crecer juntos: la Vida se encargará de conducir a cada uno por caminos distintos, caminos que resultarán harto sinuosos para los tres… Ya cruzamos la puerta de salida del parque, ignorantes y felices, y nos dirigimos, cada uno, hacia nuestro propio destino.

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***

Ray, el bueno de Ray, el tipo que cuando salía de casa siempre dejaba el estéreo conectado para que “sus libros escuchasen música”, falleció en un estúpido accidente en diciembre de 1982, justo cuando acababa de heredar el suficiente dinero -su padre era un reputadísimo psiquiatra-como para no tener que preocuparse por asuntos crematísticos en muchos años. A Paco no volví a verlo desde final de aquel curso. Él suspendió todas las asignaturas, yo creo que aprobé alguna que otra, aunque ya he comentado que mi patria y los simios uniformados que la defienden me esperaban a la vuelta de la esquina. Por medio de terceras personas me enteré de que no mucho más tarde, como estaba cantado, mi amigo comenzó una hégira de entradas, permanencias y salidas de hospitales e instituciones psiquiátricas.

Debió de ser como una década más tarde cuando me lo topé en una calle del centro. La verdad es que llevaba muchos años sin pensar en él, y de pronto, apareció ante mis ojos como por arte de magia… Más gordo y apagado, sin duda, aunque el parecido con Nerón, si cabe, se había acentuado durante los años transcurridos. Presumo que los psiquiatras lo mantenían permanentemente medicado, pues, a diferencia de su época estudiantil. su hablar ahora era lento y pausado, como si tuviera que buscar cada palabra antes de pronunciarla… Yo no sabía muy bien de qué hablar con esa desvaída sombra, y la conversación pronto derivó hacia Ray, el alma máter indiscutible de la pandilla. Paco también estaba al corriente de su fallecimiento. Pero enseguida el tema, todos los temas de conversación posibles, se agotaron.

-¿Qué es de tu vida, a qué te dedicas? –pregunté, por preguntar algo.

La respuesta, decididamente críptica, me dejó helado.

-Caballitos de madera.

-¿Qué?

-Hago caballitos de madera. Terapia ocupacional, ya sabes…

No sé ni quiero saber nada de nada, pero asiento con la cabeza. De súbito, recuerdo (más bien me invento) que tengo una prisa enorme, y así se lo digo. Sin embargo, aún me falta la postrera sorpresa de la mañana, y no será pequeña.

-¿Te acuerdas de una tarde en el parque Monterolas –me dice- que se nos acercó una chica muy guapa y se puso a bailar para nosotros?

-Desde luego – aseguro. Y no miento. Por fortuna, por una vez no añado ningún comentario de mi cosecha, aunque se me ocurren varios a propósito del episodio.

-Pues es mi novia. Está internada en el mismo centro que yo, y vamos a casarnos el año que viene.

No sé qué contestar a eso. Sólo que tengo prisa, que me esperan en alguna parte, que a ver si un día nos vemos con más tiempo…

Saca un bolígrafo y un papel, anota su número de teléfono y me lo entrega.

-Llámame –me pide-. Pero hazlo, en serio, hace mucha ilusión volver a ver a los viejos amigos.

Estoy lejos de contradecirlo, aunque “ilusión” quizá no sea la palabra más adecuada. No, no, querido amigo. Unos mueren y otros no. Unos tienen suerte y otros no. Tan sencillo y tonto y definitivo como eso. Pero ilusión, ninguna, y lo siento de veras…

-Te llamaré –le aseguro, y guardo el papel en mi bolsillo. Pero mientras lo digo, sé a ciencia cierta que no lo haré, y me despido con un torpe amago de abrazo, convencido de que nunca volveré a verlo. Y desearía recordarle de otra manera, quizá coreando “¡Gabba, Gabba, Hey!”, en aquel mítico concierto de los Ramones (doscientas mil personas en Montjuich) al que asistimos juntos. O, incluso, saliendo sin pantalones a la calle, en pos de la misteriosa y esquiva bailarina solitaria con la que, mira tú por dónde, va a casarse… Pero me temo que mi recuerdo, el más intenso y vivo de todos ellos, es para aquella última mañana en la que me lo encontré por casualidad no lejos de la plaza España, y para aquel sucedáneo descafeinado del Paco que conocí en otro tiempo, llamándome cuando ya me he alejado unos metros y prometiéndome a gritos, sin asomo de burla o ironía: “Cuando quedemos, te regalaré un caballito de madera.”

 

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EL ÁRBOL DE NAVIDAD O POR QUÉ MIRAS A ESA PUTA (CUENTO DE NAVIDAD)

Diciembre 18, 2008

(Tan sólo hace dos días una persona muy allegada a mí intentó comprarme. Intentó comprar mi orgullo, mi dignidad, mi amor propio… Con un jamón.

 

Ibérico, eso sí.

 

No bromeo. Es real como la vida misma. El asunto del jamón y una acusada y algo molesta tendencia de esa persona a tomarme por gilipollas provocaron una especie de cataclismo dialéctico de dimensiones épicas. Y el cataclismo de dimensiones épicas provocó a su vez que esa persona allegada no haya dejado de ser persona, pero sí allegada.

 

Todo esto, sumado al hecho de la proximidad de las fiestas turroneras y que nunca he sido muy navideño, me empujó a comenzar un post que iba a llevar por título: “Navidades Hijaputas”. Más que nada, porque así se presentan este año para un servidor. Por fortuna, eché el freno en la quinta línea.

 

Por una vez y sin que sirva de precedente traté de ver el vaso medio lleno, así que eché mano de mi autor favorito y traté de espigar entre sus mágicos textos alguno que aportara una visión medianamente amable y positiva de la Navidad.

 

Lo encontré.

 

El autor soy yo mismo. El texto, el que tienes debajo. Un “dejavú” más.

 

 

Que lo disfrutéis. Y Feliz Navidad a todos.)

 

 

arboldenavidad

 

Día de Nochebuena, laborable en mi comunidad. Acabamos de comer y mi chica, que está un poco loca, recuerda algo de golpe.

     -¡Hay que comprar un árbol de navidad!

     -¿Ahora? –me atrevo a inquirir.

     -Ahora.

    

Yo tengo, desde siempre, un espíritu navideño de baja intensidad, por así decirlo; pero me doy cuenta al instante de que ella no está preguntando nada: sencillamente, imparte una orden.

    

Hay que comprar un árbol de navidad. Y punto.

 

Así que cogemos a su hijo de once años y nos dirigimos a un centro comercial de las afueras. Por supuesto, el centro se encuentra atestado a estas horas y en este día, y deslizarse entre la apresurada marea humana para alguien, como es mi caso, para quien cinco personas ya es multitud, no resulta una de mejores maneras de pasar una tarde. Se diría que el universo entero se ha transformado en un anuncio de turrones o en un belén, incluso nos acompaña música de villancicos… “Pero la navidad es la navidad”, me digo, tratando, sin conseguirlo, de darme ánimos…

    

En algún momento (un momento, ciertamente, desgraciado) de nuestro recorrido nos cruzamos con una señorita de buen ver. Para ser honestos, no sé si la observo más de lo que marca la etiqueta: puede que sí lo haga, puede que no…  Pero al instante noto cómo unas afiladas uñas se clavan en mi antebrazo, y lo hacen con saña. Lanzo una maldición ahogada, y aparto el brazo de su radio de acción.

     -¿Se puede saber qué coño haces? –me pregunta ella. Y prometo que su rostro es todo un poema.

     -Quejarme, eso hago. Me has hecho daño.

     -Antes, hablo de antes… ¿Podrías explicarme por qué mirabas a esa puta?

    

La verdad, no doy crédito. No sé ni a qué se refiere, me parece estar soñando. Todavía no sé si habla en serio o en broma, aunque conociéndola no resulta complicado inferir que se trata de lo primero. Entre las muchas cualidades que adornan su persona no se encuentra por ninguna parte el sentido del humor, en realidad posee tanta tendencia a las bromas como un juez de primera instancia tomando declaración a un detenido.

     -¿De qué puta hablas?

     Me gira la cabeza ella misma, enfocándola hacia la muchedumbre: hay cientos de personas ahí, yendo de aquí para allá, realizando sus compras de última hora como nosotros.  D…, su hijo, también mira, pero sin atreverse a pronunciar una palabra. Once años y medio ejerciendo de retoño de su madre le han enseñado a callar cuando debe callar. En eso me lleva diez años de ventaja.

     -¡De ésa hablo! – Apunta un tembloroso dedo hacia el gentío. Y yo de entrada renuncio ni a saber a quién se refiere.

     -No miraba a nadie.

     Vuelve a intentar arañarme el brazo, pero en esta ocasión lo aparto a tiempo. Ella no grita (nadie, que yo sepa, se ha enterado del drama que se está desarrollando en ese centro comercial): susurra, que en las presentes circunstancias es casi peor.

     -La mirabas, sé que la mirabas. Primero las tetas y luego el culo. No digas que no lo has hecho, miserable. Te he pillado.

    

Por fortuna, se nos está haciendo tarde, y ahí queda la cosa… Por el momento.

    

Hacemos, pues, lo que hemos venido a hacer, y, después de mucho elegir, nos quedamos un árbol bastante feo y retorcido (ya no quedan demasiados a estas alturas), tirando más a bonsái anémico que a auténtico árbol navideño de postal. Y no olvidamos comprar también el kit de adornos del perfecto árbol de navidad. El incidente de la chica quedaría olvidado de no ser que, de tanto en tanto, entre una tienda y la siguiente, ella me susurra al oído: “Te he visto.”

 

Ya vamos en el coche, de regreso a casa, en silencio, escuchando una canción en la radio. Sin venir a cuento,  mi chica la apaga y me dice:

     -Te la habrías tirado, ¿verdad?

     -Por favor, no utilices ese lenguaje delante del…

     -¡Es mi hijo y utilizo el lenguaje que me da la gana! Dime, ¿te la habrías follado o no?

     No sé qué decir para que se quede tranquila, no tengo ni la menor idea de cómo salir del atolladero. Palabra. Es una pesadilla.

     -No.

     -Entonces, ¿por qué la mirabas así?

     -Déjalo ya, por favor. Es enfermizo.

     -Tú sí que eres un enfermo, un enfermo y un sátiro.

    

Vuelvo a poner la radio mientras me pregunto si llegaré vivo a Nochevieja. Mis posibilidades de ver nacer el nuevo año se van reduciendo a cada minuto que pasa, desde luego.

    

Una vez en casa, se reparten las tareas: A D… y a mí se nos encarga la misión de ornamentar el árbol (aunque se me da que el pobre más bien necesitaría un bono para corporación dermoestética) mientras ella queda a cargo de la cena. Sin embargo, no pasa mucho rato sin que me llame a la cocina.

     Voy hacia allá, sin tenerlas todas conmigo. Está liada con ollas, perolas, sartenes… Me habla sin dejar de cocinar, controlándolo todo como una experta.

     -La mirabas –dispara a bocajarro.

     -No empecemos otra vez, por favor –suplico-. Es Nochebuena.

     El dardo alcanza la diana. A diferencia de mí, y doy gracias a los cielos por ello, a mi chica si la conmueve la navidad. Su rostro, por primera vez desde hace horas, se muestra algo más relajado.

     -Esta bien, pero si te vuelvo a ver hacer lo de hoy, te doy mi palabra de que saldremos en televisión. Hablo en serio.

     -No lo haré nunca más, cariño. Te lo prometo.

     Parece quedarse tranquila, y me escabullo lo más rápido que puedo, no sea que cambie de opinión.

    

Y llega por fin el momento de la cena, una cena que es, verdaderamente, impresionante. Apagamos luces. El árbol, todo hay que decirlo, ha quedado fantástico gracias a nuestros buenos oficios: con su nieve de pega, sus luces parpadeantes y sus bolas de colores. Es algo digo de verse. Incluso me da por pensar que parece contener entre sus ramas un poco de la Magia de antaño, cuando el mundo era joven y todavía creíamos en los milagros… Aunque sé que mi chica de alguna manera todavía está pensando en “esa puta”, también hace de tripas corazón y aparca el asunto. Nos gastamos bromas unos a otros y nos damos los regalos, y a D… se le ve realmente contento…  Es la segunda Navidad que pasamos juntos y por supuesto no ignoro que no habrá una tercera, está más que claro, pero me digo a mí mismo que ya  habrá tiempo para pensar en eso…

    

Creo que fue Salinger quien escribió que la diferencia entre la alegría y la felicidad es que la primera es un sólido y la segunda un líquido. Yo pienso que el problema de los momentos felices es que no son tan fáciles de atrapar como los malos. Por lo menos no solemos detenernos a hacerlo tantas veces, o no con la misma intensidad. Y esto mismo, aunque sea a toro pasado, es lo que yo estoy haciendo ahora con aquella cena mágica de Nochebuena, después de la tormenta: la atrapo al vuelo, la envuelvo en el papel más brillante que encuentro en mi interior y se la regalo al viento. Con mis mejores deseos.

¿QUÉ TE HAS CREÍDO QUE SOY?

Diciembre 12, 2008

Agosto… Se trata de una dama a la que he conocido en un chat de literatura. Es una señora casada, de posición acomodada, que ocupa un alto cargo en la administración. Después de unos días de cháchara chatera, y aprovechando que su marido está de viaje, quedamos para cenar.

 

MILADY DE WINTER: Has de saber que nunca antes he quedado con nadie.

IVANHOE: ¿De veras? ¿Ni con un mosquetero…? Es broma. Lo tomo como un honor, de veras.

MILADY DE WINTER: Si he aceptado tu invitación es porque me pareces, ante todo, una persona espiritual, y sé que puedo estar tranquila contigo.

 

Ni se imagina hasta qué punto soy espiritual.

  

La llevo a un sitio elegante. Desde el principio, todo se desarrolla según las previsiones más optimistas: una buena mesa, cena excelente, buen vino, atenciones del dueño del local (que me conoce), espiritualidad desbordante… Además, me lo tomo con calma, a lo Bogart. Sin prisas.

 

Y en el postre, sucede. Digo algo ingenioso y, de sopetón, entre risas, me da un beso en los labios…  Digamos que se trata de un beso  a medio camino entre el beso de pasión y el de amiguete. Pero menos es nada.

 

“Lo estás haciendo bien, Gondolero”, me digo. “ Ánimo, campeón, sigue así y es posible que esta noche no duermas solo.”

 

Tomamos una copa en un bonito lugar, y yo continúo tratando de evidenciar mi profunda espiritualidad. Al cabo de un rato, surge la pregunta, y es ella quien la formula:

 

-Bueno, ¿qué hacemos?

 

Una vocecilla me advierte: Es el momento es el momento es el momento es el momento es el momento es el momento…

 

-¿Qué te parece –digo, como quien no quiere la cosa- si vamos a un hotel?

 

Sus ojos se clavan en mi persona: me está mirando como si acabase de darle una galleta envenenada a su pastor alemán predilecto.

 

-¿QUÉ HAS DICHO?

 

Hace calor ahí…. Me paso el dedo por el cuello de la camisa, toso, resoplo, y cuando por fin hablo, lo hago con un hilillo de voz apenas inaudible.

 

-Decía que si vamos a un hotel…. Aunque yo estoy bien aquí, que conste. Lo decía por decir algo.

 

-¡Pero qué te has creído que soy!

 

No era el momento no era el momento no era el momento no era el momento no era el momento…

 

He metido la pata, hasta el fondo. Una vez más…  Me pongo colorado como tomate, intento apaciguarla, cambiar de tema, fingir –sin conseguirlo- que lo he dicho en broma… Pero no resulta… Está indignadísima conmigo, realmente furiosa. Toda mi presunta espiritualidad se acaba de esfumar, alcantarilla abajo, para siempre.

 

Me temo que está noche volveré a dormir sólo.

 

Nada que hacer con ella, así que la llevo a su casa. Voy conduciendo por unas solitarias calles de su barrio cuando se agacha. Pienso que se le habrá caído una moneda, o el bolso… pero si le ha sucedido un hecho semejante, será porque la moneda ha ido a caer justo dentro de mi bragueta.

 

Pues, o mucho me equivoco, o alguien está sacando mi piruleta a pasear.

 

Y no mucho más tarde, me está haciendo una excelsa felación –le he prometido a mi mamá que hoy no escribiré ni una palabra fuera de tono- , digna de Madame Bovary, en el coche, como si tuviésemos diecisiete años. O sea, el colmo de la espiritualidad. Demasiado dama para un hotel, pero no para un coche. Bueno, conozco un par de sitios tranquilos y espirituales bajo las estrellas donde aparcar, no muy lejos de ahí… Este mundo, desde luego, está definitivamente chiflado. Si no fuera porque en ese momento estoy pensando en otras cosas bastante agradables, seguro que me vendría a la cabeza aquel célebre diálogo de Groucho. Y sí, ahora que lo pienso, me temo que el viejo Groucho cerrará con mucha más gracia que yo este post, así que me aparto y le cedo el sitio, no sin antes saludaros afectuosamente, claro está:

 

GM: Señorita, ¿se acostaría usted conmigo por un millón de dólares?

S: Por supuesto.

GM: ¿Y por un dólar?

S:¿Qué se cree usted que soy?

GM: Eso ya lo he averiguado, ahora estamos negociando el precio.

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ALÉJATE DE LA LUZ (FANTASÍA DEL DÍA DE DIFUNTOS)

Diciembre 4, 2008

Por fortuna, todo ha sucedido de prisa y sin dolor. Mientras me elevo hacia los cielos, observo mi cuerpo tendido en la acera. Casi me da pena verlo ahí, tan sólo e inmóvil: no puedo negar que fue un buen cuerpo, nunca me dio demasiado trabajo a pesar de que duró 105 años… Pero ahora estoy muerto. Ahora soy espíritu, un espíritu desprovisto de envoltorio carnal, que abandona este mundo y penetra en un angosto y misterioso túnel…

 

Y al final del túnel, en la lejanía,  se distingue una luz de inusitado fulgor,  una luz que parece llamarme… Hacia esa luz, pues, me dirijo. Pero entonces, una dulce voz femenina, me advierte del peligro:

 

-Aléjate de la luz, aléjate de la luz, aléjate de la luz.

 

Reconozco la voz: pertenece al espíritu de mi ex mujer, a quien las Potencias Superiores han encargado la misión de ser mi guía en la transición hacia el Más Allá Azul…

 

 -Debes alejarte de la luz –repite.

 

-Esto… sí, sí… claro, cariño –digo-. Nada de luz.

 

Silbo la canción de Mi mono Amedio y yo para despistarla y me voy acercando, como quien no quiere la cosa, a la luz.

 

-¡ALÉJATE DE LA LUZ, MAMARRACHO, O TE VAS A ENTERAR DE LO QUE VALE UN PEINE!

 

 Apresuro el paso… Más rápido… Corro… Vuelo… Ella me persigue lanzando maldiciones, pero soy un espíritu veloz, así que pronto la pierdo de vista.

 

Al final del túnel me encuentro con una puerta. La traspaso y descubro que al otro lado me están aguardando, a manera de comité de bienvenida, los espíritus de todas las mujeres con las que he compartido alguna parte de mi vida. No falta ni una de ellas a la cita. Han venido a recibirme para que no me sienta desamparado en el Más Allá Azul. Todas me reciben amorosas, como en nuestros mejores momentos, y al parecer esperan que yo diga algo. Por tanto, después de pensarlo unos segundos, digo ese algo:

 

-He dejado el coche en doble fila. No os vayáis, chicas, regreso en cinco minutos.

 

Pero cuando me giro para salir, compruebo que la puerta ha desaparecido.  No puedo irme. Estoy atrapado en el limbo.

 

De algún lugar surge una melodía de los “Héroes del Silencio”, y de súbito empiezan a desfilar ante mis ojos, como si se tratara de fotogramas de una película, imágenes de los instantes que disfruté junto a esas damas… Las imágenes, los Héroes del Silencio, esas mujeres a las que amé… Entonces lo comprendo todo: Estoy en el infierno. La he jodido… Así que era cierto lo que decían los curas…

 

Las chicas todavía me miran en silencio, expectantes. Y yo, sacando fuerzas de alguna parte, me atrevo a expresar en voz alta una duda que me mortifica desde el mismo momento que he llegado ahí:

 

-¿A qué hora se cena aquí?

 

Una de ellas salta:

     -Afronta la realidad por una vez.

     Y otra:

     -Sólo te preocupas de ti mismo, para variar.

     Y otra:

     -Eres sórdido

     Y otra.

     -Sólo piensas en follar, comer y dormir, eres peor que un animal de la selva.

     Y otra (¿han sido tantas?):

     -Narcisista y egocéntrico.

     -Vago.

     -Inmaduro.

     -Chiflado.

     -Él sí que me daba paz.

     -Tú, tú, tú, y tú: eso es lo único que te importa en este mundo.

     -Estás vacío por dentro.

     -Miserable, más que miserable…

 

“¡Dios mío!”, pienso. “¡Así que el infierno era esto! ¿Dónde están las calderas hirviendo? ¿Y los demonios tradicionales? ¿Y los ríos ardientes de lava…? Ten piedad, Señor, envíame junto a Satanás si ése es tu deseo, méteme en una Magefesa o permite que me ase a fuego lento como un pollo, pero ¡NO ME DEJES AQUÍ!

 

-Mira que intentar tirarte a mis hermanas: sátiro.

     -Fracasado.

     -Entierras la cabeza como los avestruces.

     -Golfo.

     -Nunca soportaste a mi madre.

     -Tú querías una esclava, no una mujer.

     -Troglodita.

     -Jamás podrás amar a nadie que no seas tú mismo…

 

-¡SOCOOOOOOOOOOOOOOOOORRO!

 

***

 

Despierto bañado en sudor, con el corazón latiéndome a cien por hora. Por suerte, sólo ha sido una pesadilla, una horrible pesadilla…  Pero es una señal, una advertencia, comprendo que se trata de una señal de que algo sustancial ha de cambiar en mi vida. Y no puedo pasarla por alto, como tantas otras veces. Así que ahí mismo, entre las sábanas y a las tres cincuenta de la madrugada, formulo un solemne e inquebrantable juramento.

 

-A Dios pongo por testigo que por mucha hambre que pase, no volveré a cenar en un restaurante chino que no figure en la guía Michelin.

 

Y es que el cerdo agridulce con bambú –y más si lo riegas con sangría china y carajillo de licor de jazmín- provoca unas pesadillas tremendas. Lo tengo más que comprobado. 

 

 tunel

NO ERA MADAME CURIE

Noviembre 27, 2008

 Tuve la oportunidad de constatar que no era un dechado de sabiduría el día que jugamos al Trivial, en compañía de unos amigos, al poco de conocernos. La primera pregunta que le tocó era ciertamente peliaguda, de esas casi imposibles de responder sin tener una enciclopedia o el Google a mano:

 

¿De dónde era Dulcinea del Toboso?

 

Pone cara de pensar, de cavilar, de romperse la cabeza…  Suda, se esfuerza… Pero no, no, es demasiado jodida y, al final, se rinde. “Siempre me tocan las más complicadas”, se lamenta…

 

Otra pregunta: ¿En qué órgano del cuerpo humano se encuentra el hueso llamado martillo?

 

En esta ocasión me mira de reojo como implorando ayuda, al fin y al cabo soy el que se acuesta –no el único, en realidad sólo uno más de la lista- con ella. Decido ayudarla, pues, y me coloco, con disimulo, la mano en el lugar del cuerpo que me queda aproximadamente a un palmo debajo de mi ombligo, y todavía repito el gesto, intentando que se dé cuenta… Ella capta el soplo. Pero antes de contestar, se hace la interesante y demora la respuesta, creando suspense entre el público…

 

-El martillo es un hueso que se encuentra en el aparato reproductor masculino –responde por fin, segundos antes de las carcajadas. Y ni siquiera se enfada al ver que le he tomado el pelo, no tarda ni cinco segundos en apuntarse a las risas como la que más.

 

No era Madame Curie, para qué vamos a engañarnos; pero tenía un cuerpo que quitaba el hipo. Y sabía cómo realzarlo vistiendo. Se trataba de la amiga de una amiga, y trabajaba de camarera en un bar de noche. Ahí me la presentaron.

 

Una buen día me invitó a cenar a su casa, una bonita casa, en la zona alta,  donde vivía con su madre. Jamás íbamos juntos a ninguna parte en la que no hubiera una cama: ni al cine, ni al restaurante, ni a tomar una copa. No sabía casi nada de su vida, ni ella de la mía. Ni falta que nos hacía. Lo nuestro era puramente físico. Y químico, tal vez.

     -Mi madre nos ha dejado macarrones para que cenemos –me dijo.

     -Todo un detalle.

     -Voy a ponerlos en el microondas.

 

Me senté en el sofá y, al cabo de unos segundos, ella se acercó. La miré con ojo crítico. Vestía una minifalda, medias negras, botas… Me pregunté si se habría puesto ropa interior… “¡Al diablo con la cena!”, pensé.  La agarré al vuelo, la tumbé junto a mí y le levanté la falda: estaba en lo cierto, no llevaba nada… ¡Maldita…! “Me la tiraré con las botas puestas”, me dije.

 

Pero en ese momento empezamos a escuchar unas tremendas explosiones que provenían de la cocina.

     -¡Qué es eso! –exclamé.

     -Ni idea.

 

Fuimos corriendo hacia allí. El microondas parecía a punto de volar por los aires. En un acto de heroísmo, lo abrí: había colocado la fuente de macarrones con papel de plata incluido. Todo el aparato estaba lleno de macarrones.

     -Pero si no le has sacado el papel de plata.

     -¿Hay que sacarlo?

 

Es posible que no ganara el premio Nobel, pero resultaba muy difícil que no te cayera bien.

 

No mucho después nos encontrábamos en la cama de su madre. Acabamos de hacerlo y nos estamos relajando, por así decirlo, fumando cigarrillos en la penumbra. Ella me pregunta:

     -¿Qué es lo que más te gusta de mí?

     Respondo sin pensar.

     -Tu cerebro.

     Se echa a reír, a troncharse, le ha hecho verdadera gracia la respuesta… Yo también me río con ganas, y así, a carcajada limpia, pasamos un buen rato.

     -Venga, hablo en serio: ¿qué es lo que más te gusta de mí?

     -¿La verdad verdadera?

     -Sí.

     -Las tetas. Son espectaculares, algo así como el chasis de un Ferrari.

     -¿Y el culo no?

     -El culo está muy bien, pero tu delantera podría convertir a un hombre en un poeta.

     -¿Lo dices de veras?

     -Palabra de honor.

     Me mira con ojos llenos de amor. Le he llegado al alma, y, por primera vez, la sorprendo melosa.

     -Dime algo bonito –me pide, abrazándome.

     Le digo lo más bonito que se me ocurre en ese momento.

     -Date la vuelta. Ahora voy a empalarte por detrás.

 

Pero dura poco. No puede durar.  Ni siquiera ocurre nada malo entre nosotros, simplemente, un buen día dejamos de llamarnos: el sexo, igual que la carencia de sexo, no bastan por sí solos para mantener una relación, por lo menos en mi caso… Al cabo de unos meses, un buen día se dejó caer por donde yo trabajaba; pero las circunstancias –y mi inminente boda- quisieron que no pasara nada. Ahí le perdí la pista. Y creo que fue lo mejor, porque cualquier otra cosa no habría hecho sino empañar ese recuerdo. Sin embargo, si me pongo a pensarlo llego a la conclusión de que, macarrones y dulcineas aparte, fue una de las mejores historias que he tenido jamás.

 

Y lo del chasis era cierto.

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DE LOS EX

Noviembre 14, 2008

Un sabio, cuyo nombre por desgracia desconozco, sentenció que el matrimonio es una carga demasiado pesada para arrastrar entre dos.

 

Aunque quizá no se refiriera exactamente al particular Síndrome de Estocolmo que os propongo comentar esta noche, presumo que también pensaba en esto cuando disparó el epigrama. Mi teoría al respecto, a la que permitidme que bautice con el modesto nombre de “TEOREMA DEL GONDOLERO”, es la siguiente: Cada vez que inicias una relación sentimental, has de saber que en realidad los implicados en ella no sois una pareja. Sois, como mínimo, un trío.

 

Sois, hasta que la muerte os separe, ella, tú… y el ex.

 

Al principio, su alargadísima sombra surge casi por casualidad, un escueto comentario de pasada, dejado caer en un bar (que, todo sea dicho, ha elegido ella) entre el cine y el restaurante, mínima nota discordante en el océano de dicha de vuestro acaramelado idilio. Digamos que se trata, por ejemplo, de un simple: “aquí vine un día con mi ex.” Sin más comentarios, ni aclaraciones… A decir verdad, ni siquiera le das importancia: ella está muy buena, sí, y claro, no vas a ser tú el primero en el mundo en haberte dado cuenta de ese pequeño detalle. Todos tenemos un pasado, claro, y si una vez vinieron aquí, pues vinieron aquí.

 

No obstante, te da por pensar que con todos los bares que hay en la ciudad, seguramente miles, ¿no podría haber escogido otro donde no hubiera ido con él?

 

Al día siguiente tienes la oportunidad de comprobar que el ex aparece, “por casualidad”, tres veces en vuestras conversaciones: “Le gustaban la hamburguesas poco hechas, con mostaza, sin cebolla y con mucho queso”, “tenía un Audi A6 gris plata que compró de segunda mano a un cuñado suyo que vendía pisos en Grupasa, aunque hace seis meses que no vende ni una escoba, el pobre” y “le tocó hacer el servicio militar en Melilla pero se libró porque su padre conocía a un capitán médico y éste diagnosticó que padecía un soplo en el corazón aunque el canalla tenía el corazón tan bien como tú y como yo”. 

 

Tragas saliva, y sonríes. “Sí, qué buena está la niña”, te consuelas… pero, puestos a ser objetivos, ¿qué demonios te importará a ti dónde le tocó hacer la mili o en qué inmobiliaria vende pisos su cuñado?

 

Y lo peor está por venir. Pronto, aterradoramente  pronto, su ex deja de ser “mi ex” para convertirse en Luis, Javier o Jacobo, esto es, a tus ojos pasa de ser un absoluto desconocido para  ocupar un rincón en la salita de estar de vuestra relación. A ti, como es de recibo, te importa un pimiento Luis (o Javier o Jacobo), pero pones cara de poker cuando te habla de él, e incluso, haciendo de tripas corazón, deslizas alguna `pregunta o comentario, para ella vea lo moderno y comprensivo que eres y cuán por encima estás de una conducta tan troglodita y propia de gente posesiva como los celos.

 

-¿Y nunca le echaba ketchup a las hamburguesas, cariño?

 

Pero mientras le formulas la pregunta te dices a ti mismo que, si bien es innegable que está muy buena, quizá con un par de kilos menos aún estaría mejor.

 

Pero Luis (o Javier o Jacobo) cada día está más presente en tu vida, lo cierto es que parece no ausentarse jamás, de suerte que hasta te da la impresión de que en cuestión de días ha pasado de estar instalado en ese rinconcillo en el salón donde lo dejaste a dormir en la misma cama que vosotros. A utilizar tu pijama, por así decirlo. A estas alturas ya conoces su número de pie, que medía 1,79 con zapatos y pesaba 82 kilos, a qué colegio fue, todos sus títulos académicos, lo mal que lo pasó aquellos once meses que estuvo en el paro, el nombre de su psicóloga, que era el menor de cuatro hermanos (tres niños y una niña), alérgico a la penicilina, empedernido fumador de Winston, socio del barça, fan de Madonna, lector de comics de Spiderman… ¡Incluso ya conoces a la ex de Luis (o Javier o Jacobo)!: Marisa, una zángana en toda regla que sólo estaba con él por el dinero… Lo sabes casi todo de tu antecesor, o eso te parece. Ya no preguntas, claro, ya no haces comentarios, ni siquiera te molestas en poner cara de poker cuando te narran su perfil biográfico al detalle, desde el mismo parvulario. En realidad tu chica te empieza a parecer realmente gorda. Hasta que por fin llega el momento fatídico, el acabóse, ese momento inesperado que se desarrolla precisamente en el bar donde te habló por primera vez de él (y que, cosas de la vida, se ha convertido en el vuestro), en el que ella te dice:

 

-¡Y cómo me la clavaba el muy hijoputa! ¡Él sí que sabía cómo hacer correrse de gusto a una mujer!

 

Y ni siquiera estáis enfadados, o sea, que no lo dice con ánimo de lastimar tu ego. Para nada… Te lo cuenta, y ésta es la única explicación plausible que se te ocurre, porque supone que te hará una tremenda ilusión estar al corriente de lo bien que se manejaba entre las sábanas… Y antes que de que te conviertas en la versión humana de Los cañones del Navarone, que es tu primera intención, harás bien en considerar que también tú algún día –probablemente no muy lejano- serás ex. Y otro ingenuo pichón como tú tragará saliva y sabrá tu número de pie, tu colegio, tus alergias, y pasarás también de ser “mi ex” a ser Gondolero Martínez López, aquel malnacido que me hizo tanto daño pero que, ¡qué coño!, sabía cómo se folla a una mujer.

 

O eso querás creer.

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JUNG, LA COLA DEL PARO Y NO TE AGUANTO NI UN SEGUNDO MÁS

Noviembre 6, 2008

Acaban de pasar las dichosas olimpiadas y media ciudad ha ido de cabeza el paro. Y yo pertenezco a esa mitad. Por suerte, el seguro de desempleo me cubre los siguientes veinticuatro meses, así que decido tomarme un año sabático. Mi chica sí trabaja, tiene un cómodo empleo de secretaria de dirección en una multinacional. Vivimos en su casa.

 

Los primeros meses todo va bien. Soy una especie de feliz y joven prejubilado: acudo cada mañana a entrenar al gimnasio, leo, escribo, voy al cine, hago la compra… Cosas así.  Pero pronto empiezan los problemas. A M… no le gusta verme rondar todo el día por la casa.

 

-Pero no haces nada –me recrimina-. Nada de nada. Eres igual que un geranio.

 

A mí me gusta no hacer nada. Considero que la indolencia es el estado natural del ser humano, pero me cuido mucho de decírselo a M… Por regla general, ella no conecta con mi sentido del humor.

 

-Los vecinos murmuran –continúa-. Ayer la vecina me preguntó que qué hacías.

     -Pregúntale tú a ella si iba borracha cuando se casó con el orangután de su marido.

 

Pero la cosa sigue y sigue y sigue. Así que, por no escucharla, opto por una solución intermedia: me apuntaré a un curso de algo, de esos que gestiona el INEM, así me mantendré ocupado, la vecina no me verá rondando por la casa en horario laborable y todos volveremos a ser dichosos.

 

M… está de acuerdo. Así que una mañana de febrero me presento en el lugar donde se tramitan los cursos. La cola es de las que hacen época. Por lo visto, la afición al Saber se ha extendido entre los menos favorecidos del mundo laboral. Hay algo en las colas capaz de aniquilar a un ser humano, lo tengo más que comprobado. Por unos segundos estoy tentado de dar media vuelta y volver por donde he venido; pero pienso en la decepción que se llevarán M… y la vecina si regreso sin un miserable cursillo que echarme a la boca. Así que cojo un numerito, me armo de una paciencia digna de Job y me siento en espera de que llegue mi turno.

 

No ha transcurrido ni un minuto cuando a mi lado se sienta una chica de esas que, como se dice vulgarmente, quitan el hipo. También podría quitar la tos, la ronquera y varias afecciones menores si se lo propusiera. Dicho sin rodeos: está como un tren.

 

Por lo general poseo una capacidad para la comunicación superficial con el resto de mis semejantes bastante notable. No recuerdo cómo brota la conversación, pero surge. Me cuenta que es psicóloga y que ha hecho prácticas de su especialidad en la cárcel Modelo. Pero no ha podido soportar la presión y lo ha dejado. Algunos de aquellos tipos, me explica, la aterrorizaban. Y no me extraña: la imagino con su corta falda y sus curvas provocadoras paseando por las galerías de la prisión, revolucionando al paso la libido de los abstinentes malgré lui... Ahora pretende hacer un curso de auxiliar geriátrico, cambiar, por así decirlo, los presos por ancianos. Yo, por mi parte, ni siquiera tengo ni la menor idea de qué es lo que voy a estudiar.

 

-Me encanta la psicología –me dice-. Es mi pasión.

 

Casualmente, en aquellos días estoy leyendo, no sé muy bien por qué, a Jung. A pesar de que no entiendo la mitad de sus argumentaciones, me las arreglo para introducir en nuestra conversación algún concepto psicoanalítico de este buen hombre que, aunque confuso, no resulta descabellado del todo. Y ella me toma erróneamente por alguien ilustrado cuando en realidad se trata de una simple carambola.

     -¿Te gusta Jung? –me pregunta sorprendida.

     Y yo, claro, miento como un bellaco.

     -Es mi preferido.

     -¡El mío también!

 

Seguimos charlando animadamente durante todo el rato, de esto y de lo otro… Al cabo de media hora ya deseo que no nos atiendan en toda la mañana, o mejor en un año.

 

Pero al final nos llaman. Repaso, frente a la empleada, la lista de cursos que se ofertan y compruebo que cada uno es aún más horrible que el anterior. No tengo ni la menor de idea de por cuál decantarme. Al final, en honor a las novelas de Hammet y por no perder del todo la mañana, me apunto a uno de detective, aunque habría dado igual que lo hubiera hecho de animador turístico o de física cuántica, porque jamás recibo noticias del mismo.

 

La psicóloga ha terminado casi a la par que yo, y salimos juntos. La invito a tomar algo y acepta. Continuamos nuestra charla en un bar próximo. Cuando se acerca la hora de despedirnos, anota su teléfono en un papelito y me lo entrega.

     -Si algún día quieres hablar de Jung –me dice sonriendo-, llámame.

 

Cojo el autobús a casa de mi chica. Durante el trayecto, sin darme cuenta, comienzo a darle vueltas al estado de mi relación con ella… Tal vez, me digo, lo nuestro pueda solucionarse. Sólo hace falta poner un poco de empeño. Y, la verdad sea dicha, el quedar con una psicóloga escultural no va a contribuir a mejorar las cosas.

 

Entonces, sin concederme tiempo para pensarlo dos veces, llevo a cabo el acto más condenadamente heroico (y condenadamente gilipollas) de toda mi vida:

 

Saco el papelito con el teléfono de la chica del bolsillo y lo rompo en mil pedazos.

 

Llego a casa. M… me espera con la resolución reflejada en su semblante. He visto esa expresión en más de una oportunidad: cuando te expulsan por primera vez del colegio, cuando te dan la patada en el culo en el trabajo o te toca Melilla en el servicio militar. Es una cara que transmite por sí sola el siguiente mensaje: “Agárrate que vienen curvas.”

 

-¿A qué curso te has apuntado?

     -A uno de detective.

     -Hablas en broma, ¿no?

     -Qué va. Ya sabes, reunir a los sospechosos en la biblioteca y decir quién es el asesino –bromeo-. Ya se lo puedes contar a la vecina, se pondrá contenta.

 

Pero no lo encuentra la gracia. Por ninguna parte. Aunque hay que decir en su descargo que carece de ella.

 

-¿No había nada más estúpido que eso?

     -Sólo macramé, pero sabes que soy un manazas.

     Entonces lo dice por fin.

     -Mira, llevo muchos días pensándolo, pero he decidido que lo nuestro se ha acabado. No tengas prisa, tómate el tiempo que necesites; pero vas a tener que irte de aquí.

 

En ese momento un visitante furtivo pulsa el invisible timbre de mi cabeza: ding, dong…

     -¿Quién es? –pregunto mentalmente.

     -Soy el papelito que rompiste en el autobús –me responde una voz fantasmal-. Sólo quería decirte que ESTO TE PASA POR IMBÉCIL…

 

El maldito papel roto, los siete prometedores números volando irremisiblemente hacia el País De Lo Que Pudo Ser. Y no podré recordarlo ni bajo hipnosis. Sólo acierto a pensar en eso mientras me da pasaporte. ¡Vaya faena!

 

-Podías habérmelo dicho esta mañana.

     -¿Y eso qué habría cambiado?

 

Le cuento lo que habría cambiado.

 

-Ahora mismo –dice, furiosa-. Lárgate ahora mismo. No te aguanto ni un segundo más.

 

Me largo “ahora mismo”, como desea. Bajo a pie las escaleras, como un autómata, y al llegar al portal me recibe un frío siniestro. En cuestión de unas horas he perdido a una mujer de bandera y la posibilidad de otra no menos de bandera. Y además, tengo que buscar un lugar donde instalarme y hace un frío de mil demonios y estoy en el paro.

 

Se avecinan tiempos duros.

 

Me quedo junto al portal como un pasmarote, un buen rato. Considerando mis posibilidades… Después de mucho cavilar llego a la conclusión de que tengo dos opciones: derecha o izquierda.

 

Elijo la derecha.

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Y VUELAN LOS PATOS EN CONDE DEL ASALTO BEACH

Octubre 25, 2008

(NOTA: Ante la avalancha de correos electrónicos que he recibido [en realidad la avalancha ha sido  de un correo, pero bastante largo, eso sí] en los que se me pide que publique de nuevo los más inmortales posts de mi anterior etapa como “postero” de postín, he decidido republicar algunos de ellos. Procuraré intercalarlos con el material nuevo y los agruparé –más que nada porque me hace ilusión eso de categorizar las cosas- bajo la categoría de “Revisitados”. La verdad es que colocando aquí los textos que divirtieron a una legión –y entendamos por “legión” más de tres personas- de lectores no hago sino un acto de justicia para con estos hijos de mi imaginación, esto es, restituirlos al lugar que les corresponde: La Nada… Espero que, como yo mismo, floten a gusto ahí.)

A veces soñamos con irnos a vivir a una mansión con jardín y piscina, como las de los telefilmes americanos. Pero las cosas no funcionan como debieran, así que mientras cambia nuestra suerte residimos en un cubículo realmente horrible de la calle Conde del Asalto -una tétrica calle del Raval barcelonés-, con un papel pintado en la pared cuyo influjo sería considerado como circunstancia atenuante en un caso criminal. Preside nuestra habitación un cuadro –que no sé de dónde diablos ha salido- en el que tres o cuatro patos vuelan junto a una playa desierta. Parece, ciertamente, que lo haya pintado un artista más influido por las drogas o alguna deficiencia visual que por las diversas corrientes pictóricas al uso.

 

Estoy con G…, mi chica, en la cama. G… es medio danesa.  Estamos charlando.

 

-Eres celoso –me está diciendo-. No quieres aparentarlo pero lo eres.

     -Mira –le digo-, cuando una chica sale de casa con la ropa interior y regresa a casa  por la noche sin ella, quiere decir que algo raro está pasando.

     Me da un manotazo en el hombro.

     -¡Bestia! Yo jamás he hecho eso.

     -Yo no lo he visto, pero eso no quiere decir que no haya pasado. No te inspecciono… Creo que a partir de ahora lo voy a hacer.

 

Nos echamos a reír. Estamos bromeando, de buen rollito. Es verano y hace un sol abrasador, bastante por encima de los treinta grados; no apetece estar en la calle.

 

-No sé por qué eres así.

     -De joven todas me rechazaban en el colegio. Hasta las feas. Creo que hasta el cura que nos daba religión follaba más que yo. Eso me creó un trauma.

     -¿De joven? Pero si acabas de cumplir diecinueve.

     -De más joven… A ver, ¿cuánto tiempo he estado arrestado en la mili?

     -Un montón. Por lo menos seis meses.

     -Yo te lo diré: doscientos setenta y cuatro días en total. Eso significa que en este tiempo puedes haberte tirado a doscientos setenta y cuatro tíos sin que yo lo sepa. O a al mismo tío, doscientas setenta y cuatro veces.

     -Pero yo te soy fiel.

     -Menos en San Juan. Ahí se te olvidó.

     -Aquello ya te lo expliqué, parecía que nunca ibas a volver, y había bebido…

     -Yo también había bebido esa noche en el cuartel y no subí a tirarme al tío de la litera de arriba. Quizá porque era de Palencia, los palentinos no me ponen.

     -No me tiré a nadie y lo sabes –protesta-. Fueron cuatro besos.

     -Sí, sí, sí… Cuatro besos.

     -Pero fue así.

     -Da igual. Lo que quiero decirte, cariño, es que si te vas con otro, me arrojaré por la ventana.

     -Vivimos en el entresuelo.

     -Pero me arrojaré varias veces.

 

Nos echamos, otra vez, a reír. G… se acerca a mí, se coloca encima y abre las piernas, esperando que yo entre en ella.  Me la saca, se pone a acariciármela como sabe y no tardo nada en ponerme a punto. Está adorablemente desnuda, y me he pasado doscientos setenta y cuatro días y doscientas setenta y cuatro noches sin una mujer encima. Ni debajo… Así que mientras aguardamos que la buena suerte llame a nuestra puerta y consigamos todas esas cosas que anhelamos, nos consolamos follando a destajo, que no es mal consuelo. Como ya dije, no tenemos nada más… Bueno, sí, nos tenemos el uno al otro. Y también un cuadro con patos. Y cuando ella cierra los ojos y empieza a gemir y a acariciarse los pezones y, por fin, a cabalgar sobre mí, estoy seguro de que hasta esos jodidos patos de la pared dirían algo si fueran reales, sí, podéis apostar a que dirían algo así como:

 

 

-Cuak Cuak Cuak.