¡Abróchense los cinturones! El relato que viene ahora, aunque verídico, es una historia de terror que pondrá los pelos de punta hasta a los más valientes y osados: una historia, no apta para cardiacos, que empieza justamente así:
Alcé mis ojos… y vi brillar en el firmamento una luz cegadora….
¡No, no, no, no, no soy capaz de hacerlo…! Sé que sois buena gente, personas decentes, y no os puedo mentir, no merecéis leer un relato como éste y que encima os engañe… Así que volveré a comenzar, ahora con la verdad por delante, y seré sincero hasta el fin:
Alcé mis ojos… y vi que estaba rodeado de borrachos con cuernos, una cornamenta de plástico que parecía sacada de Vikie el Vikingo…
No voy a detenerme en relatar la desgraciada concatenación de circunstancias que me había conducido a tan desesperada situación aquella noche de autos; pero el caso es que circulábamos en un pequeño autocar, celebrando una despedida de soltero, camino de una discoteca de moda. Mis compañeros de bacanal entonaban, con dulces y melodiosas voces, una melancólica canción que me hizo evocar días castrenses que creía desterrados en el cajón más recóndito de mi memoria:
¡LA CABRA LA CABRA LA PUTA DE LA CABRA LA MADRE QUE LA PARIÓ..!
En el asiento contiguo al mío un sujeto, más bien cocido, mirándome con ojos vidriosos. La camisa fuera del pantalón, la chaqueta manchada de salsa carbonara (incluso jurarías haber entrevisto un solitario tortellini deslizándose hacia el interior de la camisa), las gafas mal puestas: parece que regrese de un combate, un combate en el que se ha llevado el noventa por ciento de las bofetadas. Pero se le ve contento… No lo conozco de nada, y tampoco tengo ningunas ganas de alterar ese estado de cosas… Me ofrece una botella de algo y la rechazo. Me guiña el ojo, cómplice:
-Lo estamos pasando bien, ¿verdad?
-Creo que es la mejor noche de mi vida –le aseguro.
-Sí, sí. La mía también. De las mejores.
¡…YO TENÍA UNA CABRA QUE SE LLAMABA ASUNCIÓN…!
Tienen algo, las despedidas de soltero/a, que nos devuelven al simio primigenio que en realidad nunca hemos dejado de ser, que nos animalizan, algo capaz de echar por tierra en un abrir y cerrar de ojos miles de años de evolución y reducir a Darwin a mero charlatán de feria. ¿Cómo va a funcionar una asociación destinada a perpetuarse en el tiempo como el matrimonio si ya su preámbulo es un acto tan sumamente idiota y ridículo como una despedida de soltero…? Mientras nos encaminamos a la discoteca rememoro las escenas que acaban de suceder, en el restaurante, cuando ha aparecido la stripper, después de una cena a la que aplicarle calificativos como “rancho”, “pésima” o “bazofia” sería juzgarla con exagerada benevolencia.
Hay oficios jodidos en este mundo, pero desde luego que desnudarse delante de veinticuatro borrachos libres de sus novias, esposas y suegras no se paga con dinero. Reconozcamos que la chica está tremenda, sí, igual que reconocemos sin demasiado esfuerzo que, a pesar de ese físico despampanante, no ha nacido dotada de excesiva gracia para el baile, en realidad parece que lleve encasquetados unos walkman (o MP3 o ipod) en los oídos y que esté bailando otra canción diferente a la que todos los presentes escuchamos… Pero, ¿a quién demonios le importa el baile? ¡Los vikingos queremos carne y cerveza! Y ella tiene carne para dar y vender, y poco a poco va mostrándola al público… Y el público grita, aplaude, relincha, silba, salta, berrea, baila, muge, canta, aúlla, bala, resopla… El público escupe una barbaridad tras otra: que enseñe esto, que enseñe lo otro, que haga esto o lo de más allá. Si los pensamientos pudieran materializarse, a estas alturas todos estaríamos ya a buen recaudo en una cárcel… Observo a mis compañeros de espectáculo con ojo crítico; ahí tenemos concentrada toda la tipología humana: el gallito, el listillo, Rambo, Manolito Gafotas, el agonías, Sandokán, el macarrilla, el filósofo de café, el “Caratroll”, Bob Esponja, Pepe el Guapo… Todos los seres humanos de género masculino estamos representados en el beodo y heterogéneo grupo al que, por desgracia, pertenezco esta noche… Y yo, “¿quién soy yo, qué papel es el mío?”, me pregunto de golpe: ¿El prota? ¿El bueno de la peli? ¿El único hombre lúcido bajo la faz de la tierra…? No, no, ya sé quién soy:
Soy… el bicho raro. Como de costumbre. El aguafiestas.
La stripper, ya desnuda del todo, requiere la presencia del novio junto a ella, y éste, que es el que más ha bebido o peor ha asimilado el alcohol del grupo, salta rumboso, al ruedo. Se sabe que es el novio porque no lleva cornamenta, va tocado con un penacho indio que reivindica su condición de jefe de la tribu. Intenta bailar también, o por lo menos se mueve, pues lo cierto es que se asemeja al monstruo de Frankenstein recién recobrada la vida, parece también el pato de un documental de la 2 tras ser alcanzado por un disparo en algún órgano vital: un pato agonizante y feliz…. Se aproxima, con esos movimientos espasmódicos tan poco coordinados de los que hace gala, a la chica: la agarra de la cintura y nos mira, sonriente, como un torero antes de brindar la faena al respetable. Ella le saca la camisa, sin desabotonarla por completo, por encima de la cabeza. La camisa se rasga, pero da igual: él la soba a ella sin recato: la temperatura aumenta, casi se puede palpar la seminalidad y la lascivia que empapan el cargado ambiente…
-Se la va a cepillar –me dice alguien-. El cabrón se la va a cepillar aquí mismo.
Y eso parece, desde luego. Nuestro héroe ya se está bajando los pantalones y el respetable le anima, corea su nombre, le hace la ola; pero, de pronto, una voz atronadora se destaca sobre las demás voces:
-¡Tíratela, Josemari, que tu novia debe de estar haciendo ahora lo mismo con un mulato!
A pesar de la cogorza y del caos reinante, Josemari lo ha escuchado. Y tanto que lo ha escuchado… Se nota porque suelta a la chica de golpe, se nota porque se tambalea, y no sólo por los toneletes de vino recién embotellado y licores de dudosa procedencia ingeridos sin mesura hasta ese momento. Lleva los pantalones a la altura de las rodillas, pero ahora quiere irse… La chica intenta cogerlo, atraerlo hacia sí; pero Josemari se resiste… Intenta huir, zafarse de la chica, pero los pantalones en las rodillas le dificultan muy mucho la maniobra de evasión; los espectadores contenemos el aliento por unos segundos, pensando que nos está gastando una especie de broma antes de entrar a matar, estoque en ristre y a cara descubierta. Pero no… Comprendemos que no se trata de una broma cuando la ley de la gravedad dicta inapelable sentencia y el homenajeado cae de bruces al suelo. Y el costalazo que se da es aúpa.
¡Meidei! ¡Meidei! ¡Meidei!
¡Reímos! ¡Nos tronchamos! Hasta la stripper se parte de risa…
El desconocido, desternillándose como un demente, me golpea con el codo el costado.
-Este tío es maricón, maricón perdido. ¡Menudo imbécil…!
Si lo miras con ojos misericordiosos se trata sólo un pobre diablo –un pobre diablo que, además, se ha lastimado seriamente la rodilla izquierda en su caída- digno de compasión, pero nadie lo mira con esos ojos… Mientras trata de incorporarse le abucheamos, lo insultamos, nos mofamos de él en su propia cara: ¡Marica…! ¡Capullo…! ¡Cornudo…! Y encima va a casarse, el mentecato. Merece eso y mil muertes, vamos, la guillotina es poco escarmiento para un pardillo así, merece que lo asesinemos ahí mismo con nuestras propias manos, que le arranquemos el corazón en vivo y lo sacrifiquemos al Sol (cuando salga) como los aztecas…
Y, de momento, hasta aquí puedo leer.











