De pronto estaba casado con una chica diecisiete años más joven que yo.
LA HIJA, EL GORILA AZUL Y EL PADRE (DE LA HIJA, NO DEL GORILA AZUL)
Paseando con la heredera de mi apellido por la sección de juguetes de unos grandes almacenes. No recuerdo con exactitud la edad de mi retoña el día de autos, pero debía de andar por los tres… En un momento determinado abandona la extasiada contemplación de Barbies y princesas y se suelta de mi mano para ir a admirar un gigantesco peluche, de tamaño más que natural, que está expuesto en un lugar privilegiado de la sección. Se trata de un gorila de color azul, que debe de rondar los dos metros de altura. Es el peluche más grande que he visto en toda mi vida. Mientras mi hija lo mira boquiabierta me pregunto quién diablos, en su sano juicio, compraría algo así: ¿Quizá Gulliver…?
Pero leo en mi hija esa mirada ávida y llena de determinación que asoma a su carita cuando desea que le compre algo, y me echo a reír para mis adentros. Pobrecita mía, qué poco sabe de la vida…
-Venga, cariño -le digo-. Tenemos que irnos. Abajo te compraré un helado -añado con magnaminidad.
Pero cuando le ofrezco mi paternal mano para emprender regreso al hogar, la rechaza resuelta. No me he equivocado: quiere que le compre el dichoso gorila, y quiere que se lo compre ahora.
Es el momento de ejercer de padre. De ser un padre firme como aconsejan los libros donde se enseña a ser un padre como Dios manda.
La cojo de la mano y la aparto del peluche seductor, rezando para que dentro de veinticinco años no se encuentre tendida en un diván, narrándole el episodio del peluche a un psiquiatra… Pero ella rompe a llorar, y comienza a tirar de su padre (yo) con todas sus fuerzas, que no son pocas.
Salta a la vista que prefiere al gorila que a mí.
Tiro, a mi vez, de ella, y entonces sucede: A mi retoña, por decirlo vulgarmente, se le va la pinza.
Se arroja al suelo y comienza a chillar y patalear como si en lugar de la hija del inmortal novelista y (en sus años mozos) poco recordado peso medio, Gondolero Martínez López, fuera la niña del Exorcista.
En esos momentos, esto es, mientras mi hija se revuelca como un animal salvaje por el suelo, recuerdo a una novia que me arrojó una botella de leche (de vidrio) a la cabeza, por un motivo que se ha borrado de mi memoria, en un pueblo perdido del Pirineo catalán. Recuerdo también (y si no lo recordé entonces lo hago ahora) a otra dama con la que compartí mis días, que una noche vino a buscarme a mi trabajo -enfadada, hasta alturas homicidas, por un lío sexual que yo estaba lejos de mantener con una mujer que ni siquiera existía- empuñando en su mano la barra antirobo del coche. Salvé la vida gracias a que un compañero logró avisarme a tiempo del peligro -yo estaba de espaldas- con un frase que se grabó a fuego en mi memoria: “¡CUIDADO, TU NOVIA!”…
Lo que quiero apuntar con la digresión es que siempre he tenido buena mano con las mujeres, y mi hija, arrojada en el suelo de unos grandes almacenes y berreando histérica porque no le compro un gorila de dos metros es la prueba fehaciente de que hay algo en mí que impulsa a las mujeres de cualquier edad y condición a sacar lo mejor que llevan dentro.
Lo cual, dicho sea de pasada, no me consuela demasiado.
A estas alturas yo ya he tomado un actitud, por así decirlo, de “no violencia”, de resistencia pasiva ante la adversidad. Soy el Mahatma Gandhi… Simplemente la miro, sobrepasado por la situación. Y la gente me mira a mí: algunos ríen abiertamente, otros me compadecen, hasta el culpable -el galán de peluche que ha seducido a mi pequeña- parece obsequiarme una mueca burlona desde su posición… Comienzo a imaginar cómo sería mi vida con un gorila de peluche de dos metros en el hogar, y, en primer lugar, en las retorcidas explicaciones que debería dar a la madre de la retoña nada más salir del ascensor…
-Cariño, sí, sí, lo sé, cuesta un dineral. Pero necesitamos este gorila de peluche…
Por fortuna, cuando ya comienzo a realizar complicados cálculos presupuestarios en mi cabeza, acude en mi ayuda el Séptimo de Caballería, encarnado en dos dependientas que se apiadan de mí. Van hacia la niña y la levantan. Hablan con ella… Las dejó hacer, manteniéndome al margen: las tres son de la misma especie…
Minutos más tarde la heredera de mi apellido y un servidor de ustedes bajamos por las escaleras mecánicas como si nada de lo que ha sucedido hubiera sucedido. Milagrosamente, vamos sin el peluche. La observo, me observa…
Ambos sabemos ya quién manda aquí.






