Archivos de la categoría ‘MATRIMONIO’

MATRIMONIO: FUENTE INFINITA DE DICHA, GOZO Y ALEGRÍA (V)

Abril 21, 2009

De pronto estaba casado con una chica diecisiete años más joven que yo.

LA HIJA, EL GORILA AZUL Y EL PADRE (DE LA HIJA, NO DEL GORILA AZUL)

Paseando con la heredera de mi apellido por la sección de juguetes de unos grandes almacenes. No recuerdo con exactitud la edad de mi retoña el día de autos, pero debía de andar por los tres… En un momento determinado abandona la extasiada contemplación de Barbies y princesas y se suelta de mi mano para ir a admirar un gigantesco peluche, de tamaño más que natural, que está expuesto en un lugar privilegiado de la sección. Se trata de un gorila de color azul, que debe de rondar los dos metros de altura. Es el peluche más grande que he visto en toda mi vida. Mientras mi hija lo mira boquiabierta me pregunto quién diablos, en su sano juicio, compraría algo así: ¿Quizá Gulliver…?

Pero leo en mi hija esa mirada ávida y llena de determinación que asoma a su carita cuando desea que le compre algo, y me echo a reír para mis adentros. Pobrecita mía, qué poco sabe de la vida…

-Venga, cariño -le digo-. Tenemos que irnos. Abajo te compraré un helado -añado con magnaminidad.

Pero cuando le ofrezco mi paternal mano para emprender regreso al hogar, la rechaza resuelta. No me he equivocado: quiere que le compre el dichoso gorila, y quiere que se lo compre ahora.

Es el momento de ejercer de padre. De ser un padre firme como aconsejan los libros donde se enseña a ser un padre como Dios manda.

La cojo de la mano y la aparto del peluche seductor, rezando para que dentro de veinticinco años no se encuentre tendida en un diván, narrándole el episodio del peluche a un psiquiatra… Pero ella rompe a llorar, y comienza a tirar de su padre (yo) con todas sus fuerzas, que no son pocas.

Salta a la vista que prefiere al gorila que a mí.

Tiro, a mi vez, de ella, y entonces sucede: A mi retoña, por decirlo vulgarmente, se le va la pinza.

Se arroja al suelo y comienza a chillar y patalear como si en lugar de la hija del inmortal novelista y (en sus años mozos) poco recordado peso medio, Gondolero Martínez López, fuera la niña del Exorcista.

En esos momentos, esto es, mientras mi hija se revuelca como un animal salvaje por el suelo, recuerdo a una novia que me arrojó una botella de leche (de vidrio) a la cabeza, por un motivo que se ha borrado de mi memoria, en un pueblo perdido del Pirineo catalán. Recuerdo también (y si no lo recordé entonces lo hago ahora) a otra dama con la que compartí mis días, que una noche vino a buscarme a mi trabajo -enfadada, hasta alturas homicidas, por un lío sexual que yo estaba lejos de mantener con una mujer que ni siquiera existía- empuñando en su mano la barra antirobo del coche. Salvé la vida gracias a que un compañero logró avisarme a tiempo del peligro -yo estaba de espaldas- con un frase que se grabó a fuego en mi memoria: “¡CUIDADO, TU NOVIA!”…

Lo que quiero apuntar con la digresión es que siempre he tenido buena mano con las mujeres, y mi hija, arrojada en el suelo de unos grandes almacenes y berreando histérica porque no le compro un gorila de dos metros es la prueba fehaciente de que hay algo en mí que impulsa a las mujeres de cualquier edad y condición a sacar lo mejor que llevan dentro.

Lo cual, dicho sea de pasada, no me consuela demasiado.

A estas alturas yo ya he tomado un actitud, por así decirlo, de “no violencia”, de resistencia pasiva ante la adversidad. Soy el Mahatma Gandhi… Simplemente la miro, sobrepasado por la situación. Y la gente me mira a mí: algunos ríen abiertamente, otros me compadecen, hasta el culpable -el galán de peluche que ha seducido a mi pequeña- parece obsequiarme una mueca burlona desde su posición… Comienzo a imaginar cómo sería mi vida con un gorila de peluche de dos metros en el hogar, y, en primer lugar, en las retorcidas explicaciones que debería dar a la madre de la retoña nada más salir del ascensor…

-Cariño, sí, sí, lo sé, cuesta un dineral. Pero necesitamos este gorila de peluche…

Por fortuna, cuando ya comienzo a realizar complicados cálculos presupuestarios en mi cabeza, acude en mi ayuda el Séptimo de Caballería, encarnado en dos dependientas que se apiadan de mí. Van hacia la niña y la levantan. Hablan con ella… Las dejó hacer, manteniéndome al margen: las tres son de la misma especie…

Minutos más tarde la heredera de mi apellido y un servidor de ustedes bajamos por las escaleras mecánicas como si nada de lo que ha sucedido hubiera sucedido. Milagrosamente, vamos sin el peluche. La observo, me observa…

Ambos sabemos ya quién manda aquí.

gandhi

 

MATRIMONIO: FUENTE INFINITA DE DICHA, GOZO Y ALEGRÍA (IV)

Marzo 21, 2009

De pronto estaba casado con una chica diecisiete años más joven que yo…

LA HIJA

Mi mujer y yo estábamos comprando algunas cosillas en “El Rincón del Gourmet”, la tienda de delicatessens de un conocido centro comercial. Mi hija, apenas un bebé, va en su cochecito. Terminamos de hacer nuestras compras y, una vez, en la calle, observo que mi hija lleva algo en las manos, y que este “algo” no pertenece al “kit” del perfecto bebé. Se lo cojo y compruebo que es una lata, pero no una lata cualquiera, no: se trata de un carísimo caviar iraní que al parecer ha tomado prestado, al vuelo, de algún anaquel sin que nadie se diera cuenta.

-Joder -le digo a mi mujer-. ¿Has visto?: caviar iraní. Y mira el precio.

-¿Qué hacemos?

-¿Que qué hacemos…? ¿No ves que la niña tiene un don? Hemos de potenciarlo, está claro que ha nacido para esto.

-¿Qué?

-Pues que si ha cogido una lata de caviar antes de aprender a hablar y sin entrenamiento ni nada, piensa en lo que será capaz de hacer cuando la enseñemos. Será la número uno de la profesión.

-Me tomas el pelo, ¿no?

-¿Tomarte el pelo? Imagina si la adiestramos desde bien pequeña: joyerías, bancos, tiendas de ropa exclusiva: no tendremos que volver a trabajar.

Veo el rostro horrorizado de mi mujer y no puedo más: me echo a reír, y cuanto más la miro, más risa me entra. Y así, a carcajada limpia, paso un buen rato. Al final ella también rompe a reír.

-Me la has vuelto a pegar -dice al cabo.

-Sí.

-¿Qué hacemos con el caviar? -pregunta.

-¿Has probado el caviar iraní?

-Sí.

-Pues yo no. Hoy va a ser la primera vez.

Echamos a andar. De pronto, mi mujer se detiene en plena calle, con expresión pensativa y clava su mirada en la mía.

-Hablabas en broma… ¿verdad?

iranian-caviar

MATRIMONIO: FUENTE INFINITA DE DICHA, GOZO Y ALEGRÍA (III)

Marzo 17, 2009

De pronto estaba casado con una chica diecisiete años más joven que yo…

EL PADRE

Mientras arranco el coche pienso en las veces que he visto, esta misma escena que hoy me toca vivir a mí, en el cine. Por lo general en películas cómicas. La embarazada quejándose, el marido nervioso que no atina ni a colocar la marcha, la policía parando el coche por exceso de velocidad… La suerte es que el hospital del seguro no queda demasiado lejos de casa y el trayecto transcurre sin novedad.

***

Estoy en un pequeño cuarto, colocándome un gorrito de plástico verde en la cabeza y unas bolsas de plástico, del mismo color, sobre los zapatos. Me siento como un perfecto gilipollas así; pero, como se trata de una sensación que dista mucho de ser novedosa en mí, la aparto de mi cabeza. Entro por fin en el quirófano y me coloco en un rincón sin decir ni una palabra. Al cabo de unos segundos entra, como un torbellino, un sujeto barbudo vestido de verde.

-¡Fuera, fuera, fuera! -grita, muy nervioso.

-¿Qué ocurre? -pregunto.

Su respuesta es tremendamente aclaratoria:

-Fuera.

Me quito los plásticos de los pies en el mismo lugar donde me los puse. Cuando me estoy despojando del gorrito, acierta a pasar por ahí la doctora. Es la misma que ha seguido el embarazo de mi mujer. La conozco, pues.

-¿No lo aguantas? -me pregunta.

-No, no es eso. Ha venido un compañero suyo y me ha echado.

Pone cara de sorpresa.

-Eso es porque hay tres partos a la vez. Y uno se ha complicado un poco. Pero no va por ti.

-Pues juraría que me ha echado a mí.

-Vuelve a entrar. Y si te dicen algo, me llamas.

Me coloco de nuevo el gorrito de marras. Y las bolsas en los zapatos. Sin embargo, cuando voy hacia allá, escucho al mismo sujeto, decir en voz alta:

-Pero no le he dicho a éste que se largue.

Estoy tentado de ir hacia allá y pegarle un puñetazo; pero resulta complicado sacudirle a un enfermero (o comadrón) en la misma puerta de un quirófano mientras tu mujer está trayendo al mundo a la heredera de tu apellido. Resulta complicado pegarle a alguien llevando una bolsa de plástico en la cabeza -y dos bolsas más en los pies-, sintiéndote más como un personaje de dibujos animados que como un púgil.

Decido que lo más prudente es batirme en retirada.

Cuando voy a salir de allí, acierta a pasar de nuevo la doctora. Va a decirme algo, pero no le doy tiempo a hablar.

-Aclárense los dos, joder, que parecen Pimpinella.

La sala de espera está atestada. Mi padre charla muy animadamente con un señor filipino, cuya mujer también está de parto y al que también, como a mí, le han echado. El problema es que el buen señor, como tuve la ocasión de comprobar unas horas antes, no habla ni una palabra de español: así que no comprende nada de lo que mi padre le está diciendo. Pero a mi viejo parece no importarle en absoluto ese pequeño detalle y sigue charla que te charla. Ni al filipino tampoco, ésa es la verdad.

-Nervioso, ¿verdad? -me dice algún familiar.

-Sí, sí -asiento.

-Todo irá bien.

Pero yo no estoy pensando en el parto, para nada. Sólo pienso en el malnacido que me ha expulsado de allí. Por mucho menos que eso he mandado a tipos a urgencias… No, no, no estoy pensando en lo que está sucediendo en el interior de ese quirófano donde no me dejan estar: lo que me domina es la ira, y siento que mi alma no volverá a hallar un solo minuto de sosiego hasta que la afrenta sea vengada.

Al cabo de un rato aparece el comadrón. Estoy convencido de que la doctora le ha dicho algo, y viene con una gran sonrisa.

-Todo ha ido perfecto. Tienes una hija preciosa.

-Qué bien -digo-. Es fantástico.

-Felicidades.

-Gracias… Por cierto, quería comentarle algo… en privado, si es tan amable. Aquí hay demasiada gente.

Vamos hacia un rincón, en la escalera.

Cuando hablo lo hago muy calmado, y hasta yo mismo me sorprendo por ello:

-Bien, lo primero que me gustaría me explicase es por qué, a pesar de que usted y yo no nos conocemos de nada, me habla todo el rato de tú como si nos hubiéramos emborrachado juntos o fuésemos grandes amigos. Lo segundo, es que me haya echado del quirófano sin ningún motivo.

-Es que había tres partos a la vez, y comprenda que estábamos muy nerviosos.

-Pero se supone que usted es el profesional. ¿No?

-Sí, pero…

-Lo tercero -le interrumpo- es que me haya privado de ver nacer a mi hija con la poca educación que lo ha hecho.

-Es mi carácter -dice, confundido- Lamento que…

-Ah, hombre: su carácter -digo, sonriendo-. Eso se avisa, caballero. Haber empezado por ahí. Si es su carácter, nada que objetar: todo está olvidado.

Descolocado y sin tenerlas todas consigo, hace el ademán de irse; pero lo sujeto por el brazo.

-No, no, no. Si yo aguanto su carácter, en justa compensación, ahora usted va a aguantar el mío:

Le digo:

palabrotas

Le digo:

dedo

Le digo:

alad1

Como puede comprobar,  también tengo un carácter bastante jodido.

***

Entro en la habitación. El rostro de mi mujer está cansado, agotado por el esfuerzo y la tensión sufridas; pero descubro una nota de luz en su mirada, algo brillante… No sabría bien cómo describir esa expresión si no es con una palabra: victoria

-Lo has conseguido -le digo.

La cojo de la mano y me siento a su lado. No la quiero. No me quiere. Y nuestra historia de amor, en el fondo, está más que finiquitada… Pero ha logrado algo irrepetible, un acto que escapa, con mucho, a las simples y torpes palabras:

El milagro de la creación.

Y sólo por eso merece la pena haber compartido unos años de mi vida con ella.

Y ahí, en una cuna, está mi pequeña. Cabe apenas en mi antebrazo. Tiene los ojitos cerrados. La miro, la miro un buen rato y al hacerlo siento tantas emociones mezcladas que por unos segundos estoy a punto de echarme a llorar…

Bienvenida al mundo, niñita”, pienso.

Me esperan pañales, noches de insomnio, patines, Disney, dinero, dinero, dinero, divisiones, fiestas de cumpleaños, cabreos, procesos de custodia, discusiones, dinero, dinero, dinero, disfraces de carnaval, disgustos, médicos, sustos, renuncias…

Pero nada de eso importa. Ni entonces ni ahora.

Toda existencia tiene un “antes” y un “después”. Ése, cuando vi a mi pequeña por primera vez, fue mi gran momento de gloria. Con el que me quedaría sin pestañear si me dieran a elegir en la otra vida.

Es mi hija, mi hija”, pienso. Y pienso también que todo -y por “todo” puede entenderse absolutamente todo lo que me ha sucedido en la vida- ha valido la pena.

Sí.

MATRIMONIO: FUENTE INFINITA DE DICHA, GOZO Y ALEGRÍA (II)

Enero 29, 2009

De pronto estaba casado con una chica diecisiete años más joven que yo…

LA DAMA Y EL VAGABUNDO 

Desde muy niño no me sentí jamás miembro de comunidad, entidad o grupo humano alguno. Pronto tendría la oportunidad de constatar que eso había cambiado tras mi matrimonio.

Descubrí que, además de pertenecer al club de los hombres casados, había pasado a formar parte de otro club, no menos selecto.

El club de los paseadores de perros.

Supe lo que representaba ese yugo. Supe que lloviera, nevase o se desplomase sobre el asfalto un sol justiciero, el perro -ya un mocetón de un año y medio- tenía que salir a esparcir su mente, cultivar su físico y efectuar sus fisiológicas necesidades en los lugares acotados por las autoridades a tal efecto.

Lo llevaba a un parque cercano, donde aterrizaban un día y otro también otros paseadores de perros sometidos, de mejor o peor grado, al mismo yugo. Y paseadoras, claro… De vez en cuando coincidía en él con una linda señorita de casa bien, dueña de una preciosa hembra de pastor belga de pura raza: hija y nieta de campeones, el último peldaño -un peldaño pagado a precio de oro- de una dinastía de pastores belga cuyos orígenes se perdían en la noche de los tiempos. Más de una vez la muchacha había insistido sobre el particular y en su esperanza de que la perrita -destinada desde la misma cuna a contraer santo matrimonio con otro campeón de título nobiliario y apellidos ilustres- y su descendencia reeditaran los títulos de sus mayores.

La perrita respondía al apropiadísimo nombre de “Princesa” y rondaba aproximadamente la edad del mío. No recuerdo a qué nombre respondía la dueña.

Aquella mañana las encontré. Me acerqué a ellas, y mi perro comenzó a jugar con la aristócrata, con quien, a diferencia de lo que era habitual en él incluso con las hembras, hacía buenas migas.

-Te vi por la tele el otro día -me dijo la muchacha (la perra, a pesar de su precio, no solía hablar)-. Me hizo mucha gracia lo que dijiste de la caridad.

Se refería a una entrevista, de apenas dos días antes, que me hicieron en un canal autonómico. Como se trataba de un programa de libros tan alejado del “prime time” televisivo como yo de tener una personalidad equilibrada, pensaba que nadie lo habría visto; pero al parecer no era así. Lo único destacable de la entrevista fue cuando, al final, el entrevistador dijo: “Teniendo en cuenta la cantidad de novelas que se publican cada mes en nuestro país, señala un motivo para que quien nos esté viendo compre tu novela y no otra cualquiera”.

Con la mano en el corazón, no se me ocurría ningún motivo para que nadie en su sano juicio comprase mi libro.

Ahí fue donde hice la apelación a la caridad cristiana y las toneladas de facturas que se dejaban caer a diario por mi buzón.

Estuve a punto de finalizar con un desgarrador “Tengo Hambre”; pero en el último instante decidí no cargar la mano.

Y a eso se refería la dueña de Princesa… Yo estaba pensando en algo interesante que decir cuando veo el horror reflejado en el rostro de la chica. Miro hacia donde ella mira y veo a mi perro, el patán de padre desconocido y madre probablemente demasiado conocida, el perdulario sin oficio ni beneficio rescatado del escaparate de una tienda de mascotas, intentando introducir, desmañado, su plebeyo nabo en la regia y perfumada vulva de su compañera de juegos, quien, al parecer, se deja montar más con resignación digna de Job -en el caso de que el santo hubiera nacido cuadrúpedo- que con pasión ardiente, esto es, más abrumada y/o intimidada por la demostración de afecto que lúbrica.

Sobrevienen unos segundos de tensión, como si el tiempo se hubiera detenido en aquel parque del barrio de Les Corts … Hasta que la chica reacciona y corre -más bien vuela- decidida hacia el lugar del pecado al grito -más bien aullido- de:

-¡SÁCALA, SÁCALA, SÁCALA DE MI PRINCESA!

Lo que, bien mirado, no sería mal título para una película porno.

Pero se equivoca: el galán no podría sacarla aunque quisiera… porque aún no la ha metido, aunque más por torpeza e inexperiencia propia de la edad en las artes amatorias que por falta de ganas, todo hay que decirlo.

La dueña rescata a Princesa de las garras del seductor antes de que el ayuntamiento se consume, y los ojos de éste, al ver cómo le arrebatan a su amada de su misma… ejem… de sus mismas patas, evidencian una expresión de florentino desconsuelo que me parte el alma…

***

Bípedo y cuadrúpedo ya regresamos, querido lector, hacia el hogar. Él, cabizbajo y meditabundo, ha aprendido la primera dura lección de su existencia. Y sin duda no será la última. Con la crueldad que me caracteriza, le hago un comentario hiriente:

-Y ni siquiera puedes decir que has bebido demasiado, campeón.

Pero no me contesta, pues otro asunto requiere su atención. Por la otra acera pasa un rodweiler, viejo conocido y legendario rival: mi perro le gruñe y tira de la cadena con fuerza para que le suelte y le permita saldar reales o imaginarias cuentas con él.

Vuelve a ser que el que era.

MATRIMONIO: FUENTE INFINITA DE DICHA, GOZO Y ALEGRÍA (I)

Enero 27, 2009

 

De pronto estaba casado con una chica diecisiete años más joven que yo…

EL PERRO

Y tenía, por imposición conyugal, también un perro: una mezcla de pastor alemán y pastor belga, treinta y tres años más joven que yo.

Y entre mis posesiones terrenales más preciadas se contaba, a la sazón, una pluma “Montblanc”, modelo Edgar Allan Poe, que me regaló en su día una persona muy querida. Había sobrevivido a apresurados cambios de domicilio, a todo tipo de delincuentes comunes que aterrizaron en mis hogares (o yo en los suyos) a lo largo de los años, a amigos cleptómanos, a muchachas de una o media noche de las que no conocía ni su nombre de pila… Con ella, hasta mi horrible letra no parecía pergeñada por un niño de tres años con severas alteraciones sensoriales. Con ella, no muchos días atrás, había firmado el primer ejemplar de mi primera novela publicada por una editorial seria.

Adoraba esa pluma. Y aquella mañana no aparecía por parte alguna.

La buscaba, la buscaba, cada vez más nervioso, por los rincones más insospechados de la casa. No podía perderla. Y por si fuera poco el teléfono, por una razón u otra, no paraba de sonar. Y mi mujer, por una razón u otra, no se dignaba a descolgarlo…

Y suena, por tercera vez en un cuarto de hora.

GONDOLERO:¿Sí?

VOZ: ¿El señor Gondolero Martínez López?

GONDOLERO: Soy yo.

VOZ: Llamo de (aquí dice el rarísimo nombre en inglés de una empresa, una empresa que no he oído jamás en mi vida) para comunicarle que ha sido usted agraciado en nuestro concurso con un viaje para dos personas a “Disneyland” París.

GONDOLERO: No me diga… Pero si no he jugado a ningún concurso.

VOZ: Así es, caballero. Ha ganado usted el primer premio. Ahora, si tiene la bondad…

GONDOLERO: (interrumpiendo): No, no, mire: Dígale a Minnie Mouse que se vaya lavando el coño, y así ganamos tiempo.

VOZ: (estupefacta): ¿Cómo dice?

GONDOLERO: Que si es usted tan amable: ¡LE DIGA A MINNIE MOUSE QUE SE VAYA LAVANDO EL COÑO!

Cuelgo.

V…, mi esposa, grita desde el cuarto.

-¿Quién era?

-El ratoncito Mickey.

-¿Quién?

-Nadie… Oye, ¿has visto mi pluma? Llevo horas buscándola.

-No.

No parece muy afectada por la pérdida. Yo sigo buscando. De pronto, mis ojos se tropiezan con el perro, que está, como de costumbre, apaciblemente tumbado en su rincón, ajeno al drama que se vive en el hogar… Vaya, nunca me había fijado en que tiene el morro de color azul…

¿Azul?

Me aproximo a él. Despacio. Me agacho. Él menea la cola. A diferencia de mi mujer, a él le gusto. Acerco mi rostro al suyo, como tratando de desentrañar sus más recónditos pensamientos perrunos…

Eh, hombre, a mí no me mires, Gondolero. Yo no sé nada de tu pluma. No me gustan las plumas si a eso vamos. Lo que ves en mi morro, no es tinta, es una rara enfermedad tropical de los perros. Estoy aquí, descansando tranquilamente, pensando en mis cosas…

Sin embargo, una rápida inspección ocular en la escena del crimen me basta para obervar que a su lado yace el cuerpo del delito, por lo menos una minúscula parte de él: un muy muy muy pequeño pedacito de la que un día fue mi idolatrada pluma “Montblanc”, modelo Edgar Allan Poe.

Preso de una furia apocalíptica, agarro por las orejas al plumicida y acerco su cara a la mía, hasta estar casi pegadas.

-Un motivo, dame un solo motivo para que no coja ahora mismo el coche y te abandone en una gasolinera.

Me da un lametón en la cara. Su lengua también está azul.

-¿Eso es un motivo?

Me obsequia con otro lametón.

No puede negarse que el cabrón tiene tablas. Muchas tablas.

poe