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KRIPTONITA

Noviembre 11, 2008

Aquel pueblo de costa, próximo a Tarragona, donde residí y trabajé durante una temporada era algo así como Smalville, aunque con todos los lugareños un poco más feos que en la serie. Quiero decir que parecía que hubiera caído sobre la población una lluvia de meteoritos de kriptonita que los hubiera vuelto tarumbas a todos. Si no, cómo podían explicarse las cosas tan marcianas que sucedían ahí…

 

El objeto de la presente serie de posts es mostrar los devastadores efectos que la kriptonita había causado en la salud mental de algunos de esos lugareños, personajes con quienes tuve la oportunidad de coincidir en el tiempo y en el espacio.

 

***

 

A este muchacho parecía que le hubiera caído un meteorito en la cabeza para él solo. Un meteorito bien gordo. Vestía siempre con traje y corbata, lloviera, nevara o hiciera un sol de justicia. Estoy convencido que hasta tomaba el sol en la playa con traje y corbata. Conducía un programa de música –a eso de las mil y cuarto de la madrugada- en la emisora de radio local, y siempre me pregunté si verdaderamente tendría un solo oyente. Pronto se me pegó como el musgo a una roca –el musgo era él y la roca yo-, y, para mi desgracia, no es extraño que sucediera: desde niño he comprobado que mi compañía le resulta grata a todo tipo de marginados, locos, repudiados, freaks y bichos raros. Lo cierto es que los atraigo como un imán. Y con el correr de los años he desarrollado dos teorías tratando de darle una explicación a este desagradable fenómeno:

 

1ª Teoría: Me toman por uno de los suyos.

 

La segunda es todavía más inquietante:

 

2ª Teoría: Soy uno de los suyos.

 

Bien, pues el sujeto en cuestión era lo que se conoce en el argot de los plastas como un monotemático. ¿Y cuál era su tema de conversación, ese tema del que era imposible moverlo ni con una grúa y que me amargó no pocas noches? Simple: Una señorita, al parecer de buen ver, con la que había mantenido un breve flirt mientras la pareja de ella pasaba unos meses en el extranjero. Por supuesto, cuando el legítimo regresó de su viaje ella le dio la patada sin contemplaciones a nuestro Wolfman Jack encorbatado; pero el incidente había dejado una huella indeleble en él… Y comenzaba a dejarla también en mí.

 

Me martilleaba a todas horas hablándome de ella: qué decía, qué comía, que pensaba, cómo vestía, dónde compraba los sujetadores… Yo no sabía cómo escapar de él, por lo menos no sabía cómo hacerlo sin tener que mandarlo a la porra. Llegó hasta a narrarme sus polvos, su polvo en realidad, porque parece ser que sólo mantuvieron un contacto carnal. Sólo uno, sí, pero, según me contó, estremecedoramente intenso:

 

-Porque la tenía entre las piernas, Gondolero, ya sabes… Y mientras se la clavaba hasta el mismo gollete pensaba: Sí, sí, volverás con él, sé que volverás con ese mamarracho; pero mientras tanto, ¡TOMA Y TOMA Y TOMA Y TOMA!

     -¿Qué es el gollete?

     -Pues el gollete es… el gollete.

 

Bien mirado, quizá le hubieran caído en la cabeza dos o tres meteoritos de tamaño familiar.

 

Un día se presenta armado con un pequeño radiocasete.

 

-Atento –me dice-. Vas a escuchar algo muy fuerte.

     -Espero que no me dé un infarto.

     -Es una pasada, ya lo verás.

 

Me preparo, pues, para lo peor… Con gesto teatrero conecta el aparato, y de él  surge una voz femenina, más bien de pito, diciendo:

     -Hola, buenas noches a todos.

    

Detiene la cinta y me mira como diciendo: ¿no es lo más bestia que has escuchado jamás? Yo le devuelvo la mirada con cara de no entender nada (una cara que, dicho sea de pasada, es la que suelo tener habitualmente). Pero él, como un maestro que se aviene a volver a explicarle la lección a un alumno especialmente lerdo, rebobina la cinta, vuelve a darle al “play” y me acerca aún más el aparato a la oreja.

    

-Hola, buenas noches a todos.

 

Sigo sin entender nada, y, con cierta timidez, así se lo hago saber. Sólo entonces se digna a aclarármelo. Por lo visto, una noche invitó a la chica a su programa. Esa fue la presentación y, si nos atenemos a la escuchado, toda su participación en él.

 

Entonces, sólo entonces, una revelación desciende aleteando, cual Espíritu Santo, sobre mi cabeza. Una revelación que, por extraño que parezca, ni siquiera se me había ocurrido hasta ese momento.

     -Oye, todas estas cosas que me cuentas sobre esa chica… ¿cuándo sucedieron?

     No necesita pensar ni un segundo para responderme.    

     -Hace seis años y siete meses.

    

Si yo hubiera sido un personaje de tebeo, me habría caído al suelo de espaldas como suelen hacer los personajes de tebeo en la última viñeta. Pero mantengo la suficiente calma como para decirle:

     -¿Y no te parece que es hora de pasar página?

 

Por toda respuesta, vuelve a rebobinar la cinta.

 

Hola, buenas noches a todos

 

¡Maldita Kriptonita! 

kriptonit