Empiezo a tirármelas a las dos. S… tiene novio. Mi ex novia, para no ser menos, se agencia también uno. Llega el verano y entro a colaborar como corrector externo y lector de manuscritos para una editorial. Leo, escribo, trabajo, intento mantener mi casa, follo…
A S… suelo beneficiármela por las mañanas, recién despertado, justo después del café.
Los mediodías son para C…
Estas son las impresiones que consigno en mi diario a propósito del asunto:
Hoy he besado a S… Olía muy bien. Dice que me quiere, jura y rejura que me quiere. Yo me echo a reír cuando lo dice, y eso que me gusta. Me gusta que me quieran, claro, pero más que que me quieran me encanta que me lo digan: es saludable para mi ego. Voy a a verla cada día a su oficina, al despertarme, y a veces también a primera hora de la tarde, cuando me vuelvo a despertar. Y luego, por la tarde, ella suele dejarse caer por mi trabajo con R…, su novio, que está lejos de imaginar lo nuestro.
Empiezo a soñar con peleas: un sueño recurrente en el que reparto tortazos, estilo Bud Spencer, a hordas de skins (los sábados por la tarde, en la disco, metemos casi dos mil skins) que caen al suelo como monigotes de feria…
La esquizofrenia acecha en lontananza: en la cocina, en la lámpara, en el contestador automático, en cada página que escribo…
Vienen S… y R… a mi trabajo. “¡Hola!”, les digo. Me alegro de verlos. Van muy guapos los dos en sus motos de gran cilindrada, hacen buena pareja. Él tiene una de esas sonrisas sinceras que trasmiten bondad. Ella me sonríe de otra manera, claro. ¡Está preciosa! Hablamos un rato, me pongo a soltar las tonterías de costumbre, las que sé que no suelen fallar: en cierta medida me luzco, o, mejor dicho, me pavoneo. Antes de irse, cuando él no está mirando, S… me hace un gesto a hurtadillas de que la llame por teléfono. Un gesto monstruoso que me avergüenza a mí mismo, el destinatario. Le pido al Señor que me libre de caer en las garras de una mujer así. Pero ya se sabe que cuando los dioses desean castigarnos, nos conceden nuestros deseos.
Un tipo me rompe un vaso en plena cara, dejándome una cicatriz -una más- como perpetuo recuerdo. C… dice que le encanta esta nueva cicratiz
Y, además, como dije, trabajo como lector editorial, es decir, valorando los textos, por medio de un informe de lectura, que la gente envía para su posible publicación. El problema es que la mayor parte de esa gente son, como yo mismo, esquizofrénicos.
Éste es uno de mis informes de lectura, rescatado también del túnel del tiempo:
Sangrienta rosa
AUTOR: ???
COLECCION:Ninguna
FACILIDAD DE LECTURA:2
TRAMA:1
ENGANCHE:1
PUBLICO: Psicoanalistas freudianos y familiares y amigos del autor.
INTERES: (0,5)
Resumen argumental: Ramón Jiménez, un homosexual treintañero aquejado del complejo de Monty Cliff (tener el pene muy pequeño, según aclara el propio Ramón), reflexiona en primera persona sobre diversos aspectos de su presente y su pasado. Acerca del narrador hay que señalar que en algunas ocasiones toma súbitamente la palabra una misteriosa tercera persona que luego se esfumará tan inexplicablemente como ha aparecido.
A lo largo de lo que podríamos considerar como la primera parte del texto el narrador invoca y dialoga con personas desaparecidas que conoció en su infancia (sus amigos del colegio, un viejo profesor de literatura, una anciana que acogió a su familia a principios de los años sesenta) y con sus escritores preferidos.
Conoce a Sergio, un chaval de veinte años con el que inicia una amistad. Una tarde, en una cafetería, Ramón le confiesa su condición homosexual. Sergio trata de mantener el tipo ante la revelación pero, al final, huye despavorido y ya no volverán a verse jamás; sin embargo Ramón le perdona y, a pesar del sufrimiento que le causa su deserción, comprende en el fondo esta actitud.
Al pobre Ramón le contagian unos condilomas. La venérea dolencia le deprime terriblemente, quizá por un soterrado complejo de culpa del que no es capaz de sustraerse. Entonces mantiene un tenso diálogo con el mismísimo Dios, el cual, después de recriminarle su excesiva promiscuidad y el ser activo y pasivo sexualmente, le recomienda acudir al dermatólogo para curarse. Ramón hace caso al Supremo Hacedor y, tras un corto tratamiento médico, los condilomas desaparecen.
En la última parte del texto, los capítulos se acortan, el narrador deja de lado cualquier posibilidad de argumento, y pasamos, por ejemplo, desde ser los sufridos espectadores de la “fuerte erección” que le produce la visión de un apuesto camarero a una inflamada proclama para que un comando suicida dinamite el monumento al arcángel San Gabriel y se construya un bar en su lugar.
Valoración y comentarios: (…)La única lectura de esta obra susceptible de proporcionar un mínimo de solaz a quien se acerque a ella, es tomándola única y exclusivamente como obra cómica, pues es de justicia señalar que en bastantes momentos mueve, si no a la carcajada, por lo menos a la sonrisa; aunque, mucho nos tememos, ésta no era la intención primigenia del autor.
(…) Tampoco, por descontado, se manifiesta la rosa sangrienta mentada en el título por ninguna parte.
(…) El autor demuestra, eso sí, una gran voluntad de romper moldes y arrojo a prueba de bomba en el terreno estilístico. No se arredra con la antítesis imposible (“sencillez gongorinamente cosntruida”). Nos obsequia, de tanto en tanto, con la metáfora más sorprendente: “Y esta noche el canto de la cigarra me trae olor a vino, parrales, viejos fusiles de Checoslovaquia, condones usados y tiros en las sienes de mujeres enamoradas”. Del mismo modo hace gala, por ejemplo, de un cosmopolitismo literario desusado (un árabe se detiene a medio correr, un japonés celebra su harakiri, un esquimal unta de grasa sus genitales”).
(…)La iconografía fálica y las constantes referencias al sexo acaparan gran parte de la obra. A veces emergen de improviso, a modo de centelleantes bofetadas verbales: “Pero la noche estrellada, clara, límpida, con sus constelaciones perfectas le impulsaban a la masturbación”. No escatima para nada la crudeza escatológica: “Homosexuales sin miedo se dejan penetrar el culo sin gomas”. Las imágenes, en ocasiones, alcanzan tintes dantescos, propios de la mejor literatura apocalíptica: “Caballos destripados con supererecciones dispuestos a violar vírgenes analmente”, “Una lejana montaña por la que cabalga John Wayne travestido de prostituta de Oklahoma”. A veces deja el tono incendiario, se torna fálico-filosófico y nos regala joyas de la metafísica para recordar las solitarias noches de invierno: “un pene es un cerebro en miniatura”, “un pene siempre será un pene”, “un pene es un ser para la muerte.”
Ya sé, ya sé que, como dijo Camus, “nunca bailó Damocles mejor que bajo la espada”… Pero, querido Albert, Damocles no tenía que lidiar con dos mujeres, sus respectivos novios, los skins, su mente enfermiza y leerse (con el consiguiente informe de lectura) tres manuscritos de este tenor por semana.
(continuará
Junio 24, 2009 a las 8:33 pm
Pues yo cuando era pequeña tuve un catarro broncoasmático, o similar, que me hacía la vida imposible.
Estaba tan normal y de repente me ponía a toser y no podía parar, me asfixiaba.
Ocurría siempre en las situaciones mas embarazosas para una niña de ocho años, en Misa, por ejemplo.
Mi abuela tenia un sitio reservado en aquella viejísima iglesia, a la derecha del altar, desde el que oía los sermones, cantaba y respondía frases del tipo: “y con tu espiritu…”
Me recuerdo sentada allí, con mi abuela, el retablo, las piedras, las velas y el silencio…, y la tos.
Se me caían las lágrimas de la falta da aire y de la vergüenza.
Nunca, jamás, en toda mi vida he deseado tanto que me tragara la tierra como en aquella Iglesia, tosiendo, para un público entregado.
Señor mío, tiene usted una asombrosa capacidad para contar historias.
Su fascinante, seductor y sencillamente genial modo de tenerme pendiente de sus peripecias es algo que quisiera que tuviera presente.
Junio 25, 2009 a las 11:51 am
No sé qué me parece más surrealista la sangrienta rosa, que según creo yo hacía referencia seguro a María Magdalena, ya que en la rosa en la iconografía eclesiástica la representaba (según Dan Brown…jajajaj) o el relato de piedra sobre piedra sobre su tos en la iglesia. Creo que lo tuyo a tener de estas historias, deja de tener relevancia.
Junio 25, 2009 a las 6:09 pm
Pétrea: Tú eres la piedra, y sobre esta piedra edificaré mi… mi… no sé el qué, pero sí sé que edificaré algo digno de ser levantado.
Y por una vez no voy con segundas. Ni siquiera con terceras.
Se le tiene en cuenta, bella dama, se le tiene en cuenta hasta tal punto que en esta fecha y este lugar se consignan para usted floridos adjetivos, como “distinguida”, “hermosa”, graciosa”, “arrebatadora”, “buena”, etcétera, que sólo un demente como yo puede haberle escamoteado.
Amy: No te quepa duda de que ante las opiniones, sensaciones o evocaciones que puedan despertar (si lo hacen) mis viñetas, lo que yo narre en este espacio deja de tener revelancia alguina. Y es de lo que se trata.
Las mejores historias empiezan donde acaban los libros.
Junio 25, 2009 a las 11:23 pm
Que cacao mental llevarías. jajajajajaja.
“un pene es un ser para la muerte.”, jajajajaja. Y pobre de el como no muera. jajajajaja.
Junio 28, 2009 a las 8:17 am
Por favor, yo quiero ese libro!
Junio 28, 2009 a las 12:52 pm
Miranda: Ni te lo imaginas.
Amanda: Por desgracia, eso es imposible. Y no dejo de castigarme día tras día por no haberlo fotocopiado antes de devolverlo.
Lo digo de verdad.
Julio 9, 2009 a las 12:25 pm
¡¡¡Juassss!!!
¡¡Me encanta la metáfora del canto de la cigarra!! ¡¡A mí me evocan exactamente lo mismo!! Lástima que el mundo, en este caso tú Gondolero (alzo mi dedo acusador, que, por cierto, lleva una tirita porque me he cortado pelando zanahorias), no hayas sabido apreciar al gran artista de “sangrienta rosa” (seguro que “Rosa”, era él, el autor, al que le sangran y se le abren las carnes debido al paroxismo que la causa su propio talento).
Como diría Nerón (un señor que, curiosamente, se llama como el frutero de mi barrio): ¡¡Qué gran artista perece conmigo!! (Bueno, conmigo no, claro, con el autor de “sangrienta rosa”).
Como siempre…
Muchas gracias, Gondolero