Trenes. Me encanta viajar en tren. De niño, sobre todos los veranos, mis padres me dejaban en uno que me conducía a Madrid, donde me esperaban mis familiares. Yo era feliz ahí, en esos viejos y renqueantes armatostes, sintiéndome mayor mientras deambulaba por los vagones, dándome aires de grandeza todo el tiempo e imaginando lo que debía pensar la gente al ver un niño tan pequeño haciendo solo un viaje tan largo. (Hoy, claro, estoy convencido de que ninguno de aquellos pasajeros reparó jamás en mi persona.) Aunque tenía coche cama, jamás dormí ni un minuto: apuraba hasta el último minuto del trayecto, hasta el último paisaje, la última estación, la última nota de color en el horizonte cambiante…
No me importaba la llegada, lo que contaba era el viaje.
Mi padre me acompañó en alguno de esos viajes, de hecho él mismo trabajaba y casi podría decirse que vivía en esos trenes de largo recorrido. También me gustaba viajar en su compañía. Conocía a todo el mundo ahí, personal, pasajeros habituales y maleantes incluidos, y todos lo respetaban y me trataban con una deferencia que a mí me hacía sentir muy orgulloso de ser su hijo.
Poco antes de morir, cuando ya estaba casi vencido por la demencia y el cáncer, mi padre comenzó a ver trenes fantasmas que pasaban por la casa. “¡Mira ahí! -me gritó en una ocasión, señalando con su escuálido y amarillento dedo un punto de la pared, y olvidando, de paso, que llevábamos cerca de veinticinco años sin dirigirnos la palabra.
-¿Qué hay ahí? –pregunté yo.
-La gente, la gente que se baja del tren… ¿No la ves? –dijo. E inmediatamente tomó ese aire resuelto e inflexible que tanto miedo me producía de pequeño-: He de entrar en él. –Y entonces fui yo quien tuvo que impedirle que se incorporase de la cama.
Siempre se trataba de trenes atestados hasta los topes. Trenes… Viejos talgos o expresos como los de mi infancia, situados en andenes repletos de pasajeros invisibles que iban de aquí para allá. Era sencillo imaginar los reencuentros a pie de escalerilla, las despedidas de los novios, los descuideros de maletas revoloteando por el andén a la búsqueda de presas fáciles, la señora del pueblo bajando a duras penas unas gallinas del compartimento. Trenes y Gente, Gente y Trenes… Todo eso podía verse –o imaginarse- en la estación Término que había en el cuarto de mi padre.
Él solía contar que de niño, cuando la guerra, había visto a La Muerte en unos campos, al caer la tarde sobre el cielo interminable de la Mancha. La vio a sus espaldas, rondándole, siguiendo a unos metros el carro que mi padre conducía: una vieja encorvada, sin rostro y envuelta en un sudario. Dos días más tarde -y esta parte de la historia sí ha sido corroborada en más de una ocasión- el médico del pueblo le daba por muerto de una pulmonía. Pero entones, con el doctor redactando el parte de defunción, una anciana sacó un espejo y se lo colocó a mi padre en la boca… Había vaho en él.
Algo así como setenta años más tarde, el último día de su vida, mi padre estaba tendido en una cama de hospital, consumido, respirando pesadamente y evaporado ya cualquier contacto con la vida real. Yo leía un libro junto a su cama. De pronto comenzó a dar unos tremendos manotazos al aire. En realidad eran puñetazos, acompañados de empujones. Siempre fue muy bueno repartiendo tortas… Entonces, y sin asomo de duda, supe que la Muerte, aquella vieja sin rostro que estuvo a punto de llevárselo allá por los años 30, había esperado todo ese tiempo y ahora se encontraba con nosotros en la habitación… Y poco, muy poco después, arribó, en silencio, el último tren y lo tomó sin poder despedirse.
Trenes, viejos y pesados trenes de otros tiempos sobre los raíles brillantes, trenes que nos conducían a sitios mejores, a historias mejores, a un futuro mejor… Mi papá y yo amábamos los trenes. Por desgracia, no me queda mucho más de él que pueda compartir, así que procuraré conservar esto en alguna parte.
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