Mi chica, mi amigo A.., su novia y yo. Todos rondamos los 25. Estamos en un pueblo de playa, pasando el fin de semana en un hotel. A… es un tipo enorme, cerca de un metro noventa de puro músculo. Ambos practicamos boxeo, y también hemos formado una banda de rock caótico cuyas actuaciones suelen acabar a tortazo limpio. A… y yo acabamos de descubrir el apasionante universo de la coctelería esa misma noche. Y asi estamos, bebiéndonos una carta de cócteles -uno por uno y de arriba abajo- mientras nuestras chicas nos miran con el aburrimiento reflejado en sus rostros.
Hemos acabado ya los “tragos largos”, y ahora estamos dando cuenta de los cortos.
-¿Y estos dos qué llevan? -le pregunta A… al barman.
-Bourbon, azúcar….
-Bien, bien -interrumpo-. Ponlos.
-¿Vais a estar bebiendo toda la noche? -pregunta B…, la novia de mi amigo.
-Sí -respondo.
-Mientras podamos continuar en pie, sí -asegura A…
Las chicas se levantan, enfadadas. Llevamos cerca de dos horas en esa coctelería de pueblo, sin prestarles ninguna atención, y ya no aguantan más.
-Pues nos vamos -anuncian.
-Poneos condón si echáis un polvo con alguien -dice A… sin ni siquiera mirarlas- Hay mucha mierda por ahí.
Se largan. Continuamos bebiendo.
-¿Sabes por qué me gustas? -me pregunta A…
-¿Por mi enorme polla?
-Porque siempre dices lo que piensas. Me recuerdas al personaje de un cómic que se llama “Hombre”.
-Vas a hacer que me eche a llorar.
-Lo digo en serio.
-¿Qué le deben echar a esta mierda para que digas cosas así?
-Y eso que el día que te conocí quería partirte la cara.
-Y yo a ti.
-¡Pon las dos siguientes! -ordena A… al camarero.
La cosa sigue por estos derroteros. Cuando ya sólo nos faltan cuatro cócteles para acabar con la carta completa, regresan las chicas. Pero no vienen solas: están acompañadas por un sujeto bien vestido de nuestra edad. Al vernos, le cambia un tanto la cara; pero aguanta el tipo.
-¿De dónde habéis sacado a este besugo? -pregunta A…
-Se llama Jordi, y dice que nos puede entrar sin pagar en la discoteca del pueblo.
-¿Y quién quiere entrar en la discoteca del pueblo? -pregunto.
A… se levanta, tambaleante, de su taburete, y se coloca frente a Jordi.
-¿Quieres follarte a nuestras novias? Porque si es así, antes deberás demostrar que eres más hombre que yo.
-No, no -dice Jordi, poniendo cara de que esta idea ni se le había pasado por la imaginación.
-Sólo quieres amistad, ¿verdad? -pregunto yo-. Te han caído muy bien y deseas ser su amigo. Pero sin sexo, claro. El sexo podría estropearlo todo.
-Venga -dice A…, palméandole la espalda-. Tómate uno de estos, compañero… son la hostia.
Sin embargo M…, mi chica, se planta. Conozco bien esa mirada:
-¿Vamos a la discoteca o no? -dice, con las comisuras de los labios temblándole de rabia.
Los cinco nos dirigimos hacia la disco. Cuando llegamos, nos encontramos con una pequeña sorpresa: Nos dejan entrar a todos gratis menos al que se supone que debía de entrarnos. Parece ser que no lleva dinero, y se queda fuera.
-Adiós, Jordi -nos despedimos.
Las chicas se ponen a bailar. Nosotros no bailamos, estamos demasiado borrachos para coordinar movimientos a estas alturas de la velada. Yo, por mi parte, estoy pensando en los cócteles.
-Cuatro, nos faltaban cuatro -digo-. Sólo cuatro.
-Es verdad, joder. Cuatro y terminábamos la carta.
Nos miramos…
Sin decirle nada a las chicas, nos largamos de vuelta a la coctelería. Nos cuesta encontrarla, pero al final lo conseguimos. Nada más entrar, A… se dirige a nuestro benefactor de la noche:
-Pon los cuatro que nos faltan, Jaime.
En algún momento nos ha comentado que se llama Jaime.
-¿Las cuatro a la vez?
-Las cuatro a la vez.
Continuamos hablando y riendo, riendo, riendo… Diciendo bobadas y riendo…
Cuando sirve los combinados, Jaime se marca un punto:
-A estos invita la casa.
Cogemos dos copas y las colocamos en alto. Es verano, y todo en nuestra vida parece funcionar como es debido… Las chocamos, cristal contra cristal.
Viajar es muy útil, hace trabajar la imaginación. El resto no son sino decepciones y fatigas. Nuestro viaje es por entero imaginario. A eso debe su fuerza.
Va de la vida a la muerte. Hombres, animales, ciudades y cosas, todo es imaginado. Es una novela, una simple historia ficcticia. Lo dice Littré, que nunca se equivoca.
Y, además, todo el mundo puede hacer igual. Basta con cerrar los ojos.
Está al otro lado de la vida.
***
Así comenzaba aquel libro que llegó a mis manos por casualidad: El Viaje al fin de la Noche. Por aquel entonces yo soñaba con ser escritor, y leía con pasión digna de mejor causa casi todo lo que encontraba.
Leí una página, dos, tres… Lo cerré, incrédulo… Volví a abrirlo… ¡Era bueno, era más que bueno…!
Era divertido y violento.
Era lo mejor que había leído jamás.
Céline sabía que la vida es una farsa y, la humanidad, una simple mascarada.
Yo también lo sabía. Pero ignoraba cómo expresarlo.
Y en el fondo era muy sencillo: bastaba con cerrar los ojos y viajar. Un viaje al fin de la noche, de la vida. Un viaje a la oscuridad y también a la luz.
Todas sus frases estaban jalonadas por unos puntos suspensivos casi pictóricos, silencios -los mismos silencios que hay en el pensamiento o en el diálogo- que no eran sino raíles encantados que transportaban sus palabras directamente al cerebro, y de ahí al corazón. Frases que estallaban como frescos de El Bosco.
Me interesé por la vida de aquel hombre y recabé datos: que fue un héroe y resultó gravemente herido en la primera guerra mundial; que ejerció como médico para pobres en uno de los barrios más miserables del París de entreguerras, pobres que casi nunca solían pagar sus servicios; que pasó varios años en la cárcel, en Dinamarca, acusado de colaboracionista nazi; que sus libros estuvieron prohibidos en Francia muchos años… Realmente me daba igual, por primera vez había encontrado algo así como un hermano literario…
Sus otros libros no valían gran cosa, simples ascuas de su genio. La cárcel acabó con él. Cuando llegó la locura, los puntos suspensivos acabarían adueñándose de todo.
-¿Tan gordo? -pregunto horrorizado al ver el tamaño del manuscrito.
-Lo siento -me dice L…, la secretaria de la editorial. L… me pone cachondo.
-Pe… pero es muy gordo. Y a un espacio. ¿No hay otro más pequeñito?
-Ella quiere que lo hagas tú -dice. Y con el “ella” se está refiriendo a la editora.
-¿Yo?
-Sí. El autor es un conocido suyo: se trata de la primera parte de una trilogía.
-¿Tres? ¿Igual de gordos que éste? ¿No pagáis también el tratamiento con antidepresivos?
Se ríe.
-Lo preguntaré…. Por cierto, ¿qué te ha pasado en la cara?
-Me caí de las montañas rusas.
TITULO: El León y la Cebra (Primera parte) (321 páginas)
AUTOR: ???????????
COLECCION: Novela
PUBLICO: Amantes de las emociones fuertes.
Resumen argumental: “Lo fill del Lleó”, hijo del “Lleó de Deltebre”, y nieto del “Viejo Lleó de Deltebre”, emigra a Barcelona a finales de los años 20. Entra en un grupo anarquista y se dedica a la acción directa, hasta que un capataz le convence de que participe en la lucha obrera, sí, pero sin transgredir la ley. Al poco, llegan del pueblo una prima suya (de la que está enamorado) y Gervasia, una amiga de ésta. Se hace novio de la segunda y se casan.
A causa de su participación en la lucha obrera tiene que desaparecer una temporada de la circulación, coincidiendo su huida con el tercer embarazo de su mujer. Lo Lleó de Deltebre, pues, se enrola como voluntario en la guerra de África. En el curso de una batalla le mandan conquistar a él solito “una roca rojiza”, entendemos que un punto de un valor estratégico clave para el desenlace de la contienda. Derrochando valor y arrojo, la toma, y, tras matar a un enemigo que está a punto de acabar con él, es apresado por los “moracos”, que lo internan en un campo de prisioneros, campo del que huirá meses después junto con sus compañeros.
Reintegrado a su batallón, en pleno fragor del combate dispara tres veces por la espalda a un enemigo que está huyendo -cosa que entendemos como gesto más bien hostil-, que era hermano del otro que mató en la roca y, además, lo había salvado de una ejecución sumarísima cuando lo capturaron.
Ya de nuevo en Barcelona, a lo Lleó le acomete un sentimiento de culpa por lo “desagradecido” que resulta haber disparado por la espalda sobre quien le había salvado la vida en una ocasión.
Ahmed y sus hijos Melik y Ahmed, parten a la guerra. Asistimos a la toma de la roca rojiza de antes, pero vista ahora desde el bando contrario, pues Melik y Ahmed son los musulmanes a los que mató lo Lleó; aunque al segundo hermano, Melik, aquel a quien disparó meses más tarde por la espalda, no lo llegó a matar.
El teniente de las tropas de Franco, Mohamed, hijo de Melik,pelea en el Frente de Madrid. Su padre, que combate también en las filas nacionales, es capturado y posteriormente fusilado por los republicanos. Y lo Lleó cae prisionero otra vez, ahora en manos de Mohamed, y corre la misma suerte que su antiguo adversario.
Valoración y comentarios: Resulta difícil encontrar calificativos apropiados para definir como se merece esta novela, pero apuntaremos que a nuestro entender El León y la Cebra es una divertidísima y delirante parodia de las sagas familiares, las malas novelas bélicas, el folletín, las malas novelas de aventuras, la narrativa erótica de más baja calidad y, resumiendo, de la peor literatura. En efecto, a lo largo de sus páginas no deja títere con cabeza, y todos los tópicos habidos y por haber son barridos bajo el peso de la pluma inmisericorde del autor. Para ello nos tememos que tuvo que sortear de entrada dos abruptos escollos. El primero era crear un elenco de personajes -con sus protagonistas a la cabeza- que resultaran lo suficientemente increíbles, demenciales, patéticos y absurdos, y que, por si fuera poco, movieran a la carcajada en cada línea (cosa que consigue). Y también, por descontado, una trama que resultara absolutamente inverosímil hasta para el lector más crédulo (lo consigue también). Explicaremos esta última afirmación por medio de un ejemplo: no resulta para nada descabellado que un hombre mate a otro en una guerra. Lo es un poco más que, cuando capturan a ese soldado, escape de la ejecución gracias a la clemencia del propio hermano del muerto. La cosa empieza a resultar esotérica, y más si tenemos en cuenta que en las guerras participan millares -y no decenas- de soldados, que en otra batalla que sucede a muchos kilómetros dispare y abata, por supuesto sin saber de quién se trata, a ese mismo hermano, que además está huyendo despavorido. Pero escapa a las leyes de la lógica que, décadas más tarde, vuelva a caer prisionero en otra guerra, en un país distinto, por unas tropas comandadas precisamente por el hijo de ese mismo hombre.
Ejemplos de parodias puntuales en El León y La Cebra los hay a docenas, pero, por razones de espacio, remitiremos al lector a unos pocas. En primer lugar a esa épica escena, donde ridiculiza la mala literatura erótica, de sexo entre el protagonista y Aparicia García, con “rendidos cuerpos”, “fuerzas interiores que aúpan a cimas de energía”, “ondas de placer”, “mares de deseos y abandonos”, “furias incontinentes y perversas”, “hembras desatadas” y “columnas de humo ennegrecido que ascienden altivas en la noche”. (¡Sí!, el humo negro asciende altivo ¡en la noche!) Todo ello mientras los amantes, entre embestida y embestida, piensan en bombas, atentados, guardia civiles y corridas de toros. La ramplonería del lenguaje y el surrealismo que empapa la situación, logran con creces el efecto burlesco.
O este otro impagable pasaje (pp.60 y 61) en el que tenemos a un terrorista escondido en el hueco de una escalera, “quieto como una piedra, “acartonado como una algarroba” y “más callado que un muerto requetemuerto”. La ráfaga de contundentes -y ocurrentes- metáforas, qué duda cabe, es lo bastante explícita: no desea ser descubierto. De repente, su compañero Aníbal dispara tres veces sobre unos policías que los persiguen, lo que, en palabras del narrador, “obligó a los guripas a responder el fuego del anarquista, hiriéndole en una pierna, dos dedos por encima de la rodilla, lo que le obligó a soltar un alarido de dolor que daría al traste con las precauciones que Paul Roiget había tomado para hacerse el invisible”. De donde se deduce que fue el grito, y no los tres disparos previos (disparos que, descerrajados en una angosta escalera debían de producir un considerable estruendo), los que truncaron su anhelada invisibilidad; y, yendo aún más allá, que los “guripas” dispararon por deporte, pues hasta que éstos no escucharon el posterior alarido (posterior a los tres disparos de Aníbal y a los de ellos mismos) los planes de los anarquistas no se fueron al garete.
Y qué decir de las desternillantes parodias del mundo árabe, esos árabes que, excepto en los nombres, algunas invocaciones a Alá y unos cuantos detalles de folleto turístico, siempre hablan y se comportan como europeos, como europeos, además, amantes de la jerga de casi sesenta años más tarde: “pelanduscas”, “ver el bombo”, “pringados de mierda”, “a mi hijo hay que ponerle caliente cada día”, “quedarse a dos velas”, etcétera. A este respecto nos gustaría saber también si en los años treinta las familias marroquíes, como hace la familia Sattag, solían irse a veranear a la playa; o cómo puede ser que dos ¡¡esclavas!! de principios de siglo se permitan poner en entredicho la virilidad del hijo de su señor, en su propia cara y con estas duras palabras, palabras que probablemente, aun en nuestros días y tratándose de mujeres libres, provocarían una tragedia de dimensiones considerables en el seno de cualquier familia musulmana: “No sabemos si eres lo suficiente hombre… puede que por eso eligieras una esclava que más parece un chico que una chica… Pero lo siento, no tiene colita (sic) (p.121)”. El mancebo, de diecisiete años, y su poderoso clan, encajan la burla con una flema y deportividad que remiten más al mundo anglosajón que al árabe.
Sin embargo, en no pocas ocasiones esta decidida apuesta satírica le hace incurrir en excesos que convierten la mera lectura del texto en una aventura no exenta, incluso, de riesgos físicos. Por ejemplo, cuando saltándose a la torera cuantas normas gramaticales y de puntuación encuentra a su paso nos arrolla con frases que podrían constituir en sí mismas -nos referimos, claro está, a la extensión- un relato corto. (Ni siquiera tiene la compasión de colocar, aunque sea a destiempo, algún punto y coma salvador.) Las hay de 41 líneas (pp.8, 9 y 10), de 43 (pp.15, 16 y 17), de 64 (pp.95, 96, 97), y, si no hemos contado mal, alcanza su cenit cuando nos enfrentamos (pp.32, 33 y 34) a una frase de ¡71! líneas, con el consiguiente riesgo de muerte por asfixia para quien cometa la temeridad de leer el texto en voz alta. (Queremos creer que no se trata de ninguna venganza personal contra el lector, y que en realidad el autor intenta algún juego narrativo o audacia experimental que, si bien, visto el desarrollo lineal, absolutamente plano, del texto, la verdad no alcanzamos a concebir cuál sería su propósito.) (…)
Por lo visto, la obra no era cómica. La novela nunca llega a publicarse (creo), y, en cierto modo, es una lástima.
Como una venganza de los cielos cae un rayo en mi casa -entra por la antena colectiva- y manda los aparatos eléctricos que estaban conectados en ese momento (o sea, casi todos) a la porra.
Empiezo a tirármelas a las dos. S… tiene novio. Mi ex novia, para no ser menos, se agencia también uno. Llega el verano y entro a colaborar como corrector externo y lector de manuscritos para una editorial. Leo, escribo, trabajo, intento mantener mi casa, follo…
A S… suelo beneficiármela por las mañanas, recién despertado, justo después del café.
Los mediodías son para C…
Estas son las impresiones que consigno en mi diario a propósito del asunto:
Hoy he besado a S… Olía muy bien. Dice que me quiere, jura y rejura que me quiere. Yo me echo a reír cuando lo dice, y eso que me gusta. Me gusta que me quieran, claro, pero más que que me quieran me encanta que me lo digan: es saludable para mi ego. Voy a a verla cada día a su oficina, al despertarme, y a veces también a primera hora de la tarde, cuando me vuelvo a despertar. Y luego, por la tarde, ella suele dejarse caer por mi trabajo con R…, su novio, que está lejos de imaginar lo nuestro.
Empiezo a soñar con peleas: un sueño recurrente en el que reparto tortazos, estilo Bud Spencer, a hordas de skins (los sábados por la tarde, en la disco, metemos casi dos mil skins) que caen al suelo como monigotes de feria…
La esquizofrenia acecha en lontananza: en la cocina, en la lámpara, en el contestador automático, en cada página que escribo…
Vienen S… y R… a mi trabajo. “¡Hola!”, les digo. Me alegro de verlos. Van muy guapos los dos en sus motos de gran cilindrada, hacen buena pareja. Él tiene una de esas sonrisas sinceras que trasmiten bondad. Ella me sonríe de otra manera, claro. ¡Está preciosa! Hablamos un rato, me pongo a soltar las tonterías de costumbre, las que sé que no suelen fallar: en cierta medida me luzco, o, mejor dicho, me pavoneo. Antes de irse, cuando él no está mirando, S… me hace un gesto a hurtadillas de que la llame por teléfono. Un gesto monstruoso que me avergüenza a mí mismo, el destinatario. Le pido al Señor que me libre de caer en las garras de una mujer así. Pero ya se sabe que cuando los dioses desean castigarnos, nos conceden nuestros deseos.
Un tipo me rompe un vaso en plena cara, dejándome una cicatriz -una más- como perpetuo recuerdo. C… dice que le encanta esta nueva cicratiz
Y, además, como dije, trabajo como lector editorial, es decir, valorando los textos, por medio de un informe de lectura, que la gente envía para su posible publicación. El problema es que la mayor parte de esa gente son, como yo mismo, esquizofrénicos.
Éste es uno de mis informes de lectura, rescatado también del túnel del tiempo:
Sangrienta rosa
AUTOR: ???
COLECCION:Ninguna
FACILIDAD DE LECTURA:2
TRAMA:1
ENGANCHE:1
PUBLICO: Psicoanalistas freudianos y familiares y amigos del autor.
INTERES: (0,5)
Resumen argumental: Ramón Jiménez, un homosexual treintañero aquejado del complejo de Monty Cliff (tener el pene muy pequeño, según aclara el propio Ramón), reflexiona en primera persona sobre diversos aspectos de su presente y su pasado. Acerca del narrador hay que señalar que en algunas ocasiones toma súbitamente la palabra una misteriosa tercera persona que luego se esfumará tan inexplicablemente como ha aparecido.
A lo largo de lo que podríamos considerar como la primera parte del texto el narrador invoca y dialoga con personas desaparecidas que conoció en su infancia (sus amigos del colegio, un viejo profesor de literatura, una anciana que acogió a su familia a principios de los años sesenta) y con sus escritores preferidos.
Conoce a Sergio, un chaval de veinte años con el que inicia una amistad. Una tarde, en una cafetería, Ramón le confiesa su condición homosexual. Sergio trata de mantener el tipo ante la revelación pero, al final, huye despavorido y ya no volverán a verse jamás; sin embargo Ramón le perdona y, a pesar del sufrimiento que le causa su deserción, comprende en el fondo esta actitud.
Al pobre Ramón le contagian unos condilomas. La venérea dolencia le deprime terriblemente, quizá por un soterrado complejo de culpa del que no es capaz de sustraerse. Entonces mantiene un tenso diálogo con el mismísimo Dios, el cual, después de recriminarle su excesiva promiscuidad y el ser activo y pasivo sexualmente, le recomienda acudir al dermatólogo para curarse. Ramón hace caso al Supremo Hacedor y, tras un corto tratamiento médico, los condilomas desaparecen.
En la última parte del texto, los capítulos se acortan, el narrador deja de lado cualquier posibilidad de argumento, y pasamos, por ejemplo, desde ser los sufridos espectadores de la “fuerte erección” que le produce la visión de un apuesto camarero a una inflamada proclama para que un comando suicida dinamite el monumento al arcángel San Gabriel y se construya un bar en su lugar.
Valoración y comentarios: (…)La única lectura de esta obra susceptible de proporcionar un mínimo de solaz a quien se acerque a ella, es tomándola única y exclusivamente como obra cómica, pues es de justicia señalar que en bastantes momentos mueve, si no a la carcajada, por lo menos a la sonrisa; aunque, mucho nos tememos, ésta no era la intención primigenia del autor.
(…) Tampoco, por descontado, se manifiesta la rosa sangrienta mentada en el título por ninguna parte.
(…) El autor demuestra, eso sí, una gran voluntad de romper moldes y arrojo a prueba de bomba en el terreno estilístico. No se arredra con la antítesis imposible (”sencillez gongorinamente cosntruida”). Nos obsequia, de tanto en tanto, con la metáfora más sorprendente: “Y esta noche el canto de la cigarra me trae olor a vino, parrales, viejos fusiles de Checoslovaquia, condones usados y tiros en las sienes de mujeres enamoradas”. Del mismo modo hace gala, por ejemplo, de un cosmopolitismo literario desusado (un árabe se detiene a medio correr, un japonés celebra su harakiri, un esquimal unta de grasa sus genitales”).
(…)La iconografía fálica y las constantes referencias al sexo acaparan gran parte de la obra. A veces emergen de improviso, a modo de centelleantes bofetadas verbales: “Pero la noche estrellada, clara, límpida, con sus constelaciones perfectas le impulsaban a la masturbación”. No escatima para nada la crudeza escatológica: “Homosexuales sin miedo se dejan penetrar el culo sin gomas”. Las imágenes, en ocasiones, alcanzan tintes dantescos, propios de la mejor literatura apocalíptica: “Caballos destripados con supererecciones dispuestos a violar vírgenes analmente”, “Una lejana montaña por la que cabalga John Wayne travestido de prostituta de Oklahoma”. A veces deja el tono incendiario, se torna fálico-filosófico y nos regala joyas de la metafísica para recordar las solitarias noches de invierno: “un pene es un cerebro en miniatura”, “un pene siempre será un pene”, “un pene es un ser para la muerte.”
Ya sé, ya sé que, como dijo Camus, “nunca bailó Damocles mejor que bajo la espada”… Pero, querido Albert, Damocles no tenía que lidiar con dos mujeres, sus respectivos novios, los skins, su mente enfermiza y leerse (con el consiguiente informe de lectura) tres manuscritos de este tenor por semana.
S… es la cuñada de un buen amigo. La conozco unos meses antes de que ocurra el diálogo sobre el autobús que narraba en el último inolvidable post de este vuestro humilde y espectacular blog, cuando una noche se presentan mi amigo, su mujer, S… (que es la hermana de la mujer de mi amigo) y el novio de S… en la discoteca donde trabajo.
Repito, por si no queda muy claro: la hermana de la esposa de un amigo.
Me comenta que es secretaria en una empresa (en realidad una pequeña oficina o delegación de algo) que, cosas de la vida, queda justo a un par de manzanas de mi casa. No mucho más tarde me comentará también que, cosas de la vida, siempre está sola en dicha oficina hasta las once de la mañana, y que algún día, si me parece, puedo pasar por ahí para que desayunemos juntos.
Nos vemos con cierta frecuencia desde entonces, pues tanto ella como su novio se hacen clientes habituales del lugar; pero, como la poligamia siempre me ha resultado un tanto engorrosa (si una mujer tiende per se a poner mi vida patas arriba, con dos la cosa ya puede ser de psiquiátrico), a pesar de las señales seminales que percibo cada vez con mayor nitidez, no permito que ocurra nada.
Y, además, está el asunto de su novio: un tipo simpatico con que lleva saliendo desde los dieciséis años (ahora tiene veinticinco) y con el que está a punto de casarse.
Pero llegamos al día en que C…, mi novia, me manda a paseo. Si alguien desea saber los detalles concretos de esa ruptura, no tiene más que retroceder en el blog hasta darse de bruces con mi centelleante post, Agorafobia, que narra, además de aquel “crack” sentimental, las semanas en las que vuestro Gondolero predilecto temió terminar sus días en alguna institución psiquiátrica.
Por aquellos días, y ha sido la única vez en mi vida que he hecho algo semejante, me dio por llevar algo parecido a un diario, diario al que titulé Confesiones de un Embustero y que todavía conservo. Así que me aparto durante unos segundos del timón de esta nave y cedo la palabra al Gondolero del año 96 (en el formato WordPerfect 5.0 que utilizaba en la época y sin alterar ni una coma del texto original), justo el mismo día en que se produjo aquella ruptura, para que el amable lector pueda hacerse una idea de cómo encajé el duro golpe:
C.. me ha dejado. Hoy por la mañana me ha dejado. Iba vestida de azul, muy mona, como una niñita que va de comunión. El día también era azul, primaveral y bobalicón: un día perfecto, si lo miras bien, para que te den pasaporte. Dice que no puede soportarme ni un minuto más, que me quiere mucho pero que no puede soportarlo más. La verdad es que me da igual; pero mientras me dice que lo nuestro acabó le obsequio mi mejor cara de tristeza, supongo que para que no se dé cuenta de que me importa un pimiento…
¡Qué nostalgia me entra al leer estas líneas, demonios!
Esto -la patada en el trasero- sucede a eso a de las nueve de la mañana.
A eso de las diez de la mañana me dejo caer por primera vez, como quien no quiere la cosa, por la oficina de S… para desayunar.
A eso de las diez y media de la mañana, también como quien no quiere la cosa, me estoy cepillando a S… encima de su mesa de trabajo.
Ambos olvidamos el desayuno.
Tenemos, pues, como principales actores del drama a mi (ya) ex novia, la chica con la que empiezo a acostarme y su novio, que pronto me tomará como amigo y confidente.
Y en cuestión de unos días se añadirá al pintoresco grupo el futuro novio de mi (ya) ex novia, de quien siempre sospecharé que en realidad era el amante de mi (ya) ex novia cuando todavía era mi novia.
Y la agorafobia acecha en el horizonte como un castigo divino a mis muchos pecados.
Así que los problemas, como se verá, no han hecho más que comenzar.
-Te vi ayer por la tarde -me dice S…, con cierto aire de misterio. Se trata de ese tono que siempre me hace sentir culpable de algún acto inconfesable aun cuando tengo la certeza de que no he hecho nada, por lo menos durante las últimas cuarenta y ocho horas, de lo que tenga que arrepentirme.
-¿Dónde me viste?
-Te subías en el 66, te vi desde la acera de enfrente.
-Ayer tarde cogí el 66, sí.
-Estaba completamente vacío -continúa- y fuiste a sentarte al asiento del fondo. Al último asiento, pegado a la ventana de la izquierda.
Continúa hablando sin abandonar ese tono misterioso que me tiene descolocado; pero, para tranquilidad de mi conciencia, no recuerdo haber cometido ningún acto ilegal o indecoroso -ni siquiera ningún acto legal o decoroso- en ese corto trayecto de autobús en el que me limité a desplazarme del punto A. al punto B. sin hacer nada ni hablar con nadie.
-¿De veras?
Me toma de la mano, se acerca a mí y me besa. Lleva un perfume, como de flores frescas recién cortadas, que me encanta, y un vestido muy sencillo pero que le sienta genial, un vestido que me hace pensar en una bella campesina salida de La Casa de la Pradera.
-Supe que lo harías antes de que lo hicieras -añade.
-¿El qué?
-Sentarte ahí, en el fondo del todo.
-Comprendo -digo. Pero en realidad estoy muy lejos de comprender nada.
-Me gustó mucho que lo hicieras.
-Me alegro de que te gustara… Te refieres a sentarme al fondo, ¿no?
-Sí.
¡Qué bonito es el amor…! Imagino una conversación análoga incluso con esa misma persona que se celebrara, digamos, unos cinco años más tarde. Seguro que en ella aparecerían en ella frases como “te veo hasta en la sopa”, “lástima que fuera el 66 y no el transiberiano”, “por lo menos pagaste el billete y no te colaste” o “me habría apostado la paga de navidad a que eres tan tonto que te ibas a sentar justo donde te sentaste en un autobús vacío”.
Pero no, no, no. Estamos “al principio”, en pleno subidón, y todo -y en ese “todo” van incluidas mis elecciones a la hora de ubicarme en el transporte público- se le antojan maravillosas.
Y mí me encanta su perfume, su vestido, su aire de teresiana caliente y hasta ese velo de trascendencia que imprime a sus palabras para todo lo que se refiere a mi persona.
Antes de tratar de explicar esta relación, probablemente la más inexplicable y marciana de toda mi vida, habré de situar al lector. Para ello, comenzaré copiando un fragmento de mi maravilloso post, titulado Un Dulce Instante, que tuvisteis la suerte y el placer de poder leer hace tan sólo unas semanas.
En esa época trabajo de noche y me acuesto cada día a las cinco, las seis o las siete de la madrugada. Me levanto a eso de las diez para ir a ver a S…, una secretaria que trabaja cerca de mi casa. (Por las mañanas, hasta las once, está sola en su oficina.) Pegamos un polvo y tomamos café, aunque a veces no nos da tiempo del café y nos contentamos con el polvo. Regreso a casa y me vuelvo a acostar. Al mediodía suele dejarse caer por mi piso C…, mi ex novia, y comemos juntos. La dejo en su trabajo y de vuelta a las sábanas hasta la hora de fichar. Además, colaboro como lector y corrector de estilo externo para una editorial, así que en el trabajo, los días que no hay mucha gente, leo manuscritos y cuando regreso a casa de madrugada lo paso todo al ordenador.
En efecto, la señorita S… a la que me refería en este post es la misma S… que se deshace con cada uno de mis movimientos.
(NOTA: Éste es el último post de mi viejo blog, es decir, que se trata del último “dejavu” que presento en este vuestro canal, textos que he ido intercalando, con la habilidad que me caracteriza, a lo largo de estos últimos meses. Un año, más o menos ha transcurrido desde que lo escribí, y, la verdad, no tenía pensando publicarlo. ¿El porqué…? Pues porque en días como hoy pienso que la vida -y también el amor- es algo demasiado intenso, pirotécnico y maravilloso como para etiquetarlo de la manera simplista que lo hice un año atrás a lo largo de las lineas que siguen.
Y esto puede significar tres cosas:
1) Que no soy tan sórdido ni negativo, a pesar de todo.
2)Que la terapia de mi grupo de apoyo, “Genios Anónimos”, comienza a dar sus frutos.
3)Que esta bebida tiene más grados de los que marca la etiqueta de la botella.
Vayan ustedes a saber.)
***
Cobraba el seguro de desempleo, acababa de ganar dos premios literarios -uno de relato y otro de novela corta- en cuestión de un mes, y me creía una especie de Dickens. Y escribía y escribía y escribía con la dedicación y la constancia de un adicto a la heroína. La verdad, no hacía otra cosa, y tras esos primeros pequeños triunfos estaba convencido que a la vuelta de unos meses las doradas puertas de las editoriales se me abrirían de par en par.
Pero, dicho sea de pasada, faltaban todavía cinco largos años para que una editorial seria me publicase mi primera novela, que en realidad era la tercera que había escrito.
Mi chica de aquel tiempo, que hasta entonces observaba mi pasión –u obsesión- con una mezcla de conmiseración, fastidio y santa paciencia, asistió asombrada al hecho de que llegaran los primeros ingresos económicos –no muy cuantiosos pero, al fin, tangibles- provenientes de la literatura. Eso la descolocó. Yo no ignoraba que ella odiaba mi vieja máquina de escribir de carro. Hasta entonces su frase favorita al respecto de mi vocación literaria había sido “Pero, ¿por qué escribes…?” No lo entendía, no le cabía en la cabeza por qué perdía lamentablemente mi tiempo escribiendo textos que jamás nadie iba a leer mientras el mundo fuera mundo. Y, si he de ser honesto, yo tampoco lo entendía muy bien… Así que una tarde, rompiendo una regla no escrita que imperaba en nuestra relación desde el primer día, se interesó por primera vez en leer uno de mis relatos.
No faltaré a la verdad si señalo de entrada que los principales atributos de mi chica (que los tenía, y de la talla 120) no radicaban precisamente en sus ambiciones culturales. Ella misma, según me había confesado en una ocasión, sólo había leído un libro en su vida, uno que, lo recuerdo bien, llevaba por título Armando la Gorda y que a pesar de mis esfuerzos jamás he conseguido encontrar. Por eso me extrañó que una tarde me pidiera permiso para leer el relato -el más corto, eso sí- que había ganado el premio. Hasta la fecha nadie había leído jamás un texto escrito por mí en mi presencia (casi podía asegurar que, exceptuando los jurados de ambos certámenes, tampoco sin mi presencia), de modo que mientras ella leía mis doce folios premiados, yo fingía mirar la tele como si no me importara mucho el asunto; pero en realidad no dejaba de observarla ni un segundo, atento a cada una de sus reacciones.
Al acabar, su veredicto me dejó congelado. Esperaba escuchar una larga perorata en la que viniera a reconocer lo mucho que se había equivocado conmigo y, sobre todo, con mi talento. Sin embargo el contenido del mismo fue poco menos que telegráfico: un verbo y un adjetivo; para qué mas.
-Eres sórdido.
Por unos segundos soñé conque completaría o matizaría la opinión; pero no, verbo y adjetivo constituían toda la opinión: Era sórdido.
Con buen criterio renuncié, pues, a ahondar o interesarme por saber si la sordidez era mérito o demérito, aunque algo me decía que no se trataba precisamente de un elogio.
No digo que no fuera cierto, desde luego, pero mi vanidad esperaba algo más que dos palabras, y no de las mejores. ¿Acaso mi relato Después de la meningitis o se muere o se queda uno idiota: Lo sé porque la he tenido no había ganado el primer premio de un certamen literario organizado por el excelentísimo ayuntamiento de L…? ¿Acaso la nota del jurado no destacaba mi talento, ironía y sentido del humor…? Traté de arrancarle una palabra más a mi chica, pero fue en vano. Como crítica literaria era implacable: “Eres sórdido.” Y punto.
Desde aquel día, la sordidez, la mía, pasó a instalarse en nuestras vidas como un elemento más del mobiliario. Y no solamente la literaria. “Eres ssssssssssssórdido”, me recriminaba, arrastrando con rabia la ese, con desesperante frecuencia en el curso de algún rifirafe doméstico. Al principio la cosa me divertía, pero al cabo de un tiempo dejé de encontrarle la gracia. Seguro que este hecho no tuvo nada que ver en lo que sucedería a continuación, pero muy pronto los buenos tiempos empezaron a quedar atrás.
Sólo en contadas ocasiones me he tomado la molestia de dejar a las mujeres con las que he compartido mi vida: sabía que ellas lo harían por mí cuando llegara el momento. Y jamás me equivoqué, como sí lo hice con tantas otras cosas, en ese punto. Y cuando el momento se materializó por fin y me vi con mis maletas en la puerta, empecé a pensar –y todavía lo pienso hoy- que en realidad aquellos días de principios de los noventa, avances profesionales aparte, si que fueron sórdidos: que los silencios, las discusiones, el engaño, el hastío asesino y los vacíos sí que lo fueron, que incluso los no pocos momentos de amor y sexo que disfrutamos M… y yo también pagaron al fin y a la postre su inevitable cuota de sordidez. Y en días como hoy todavía iría más lejos y me atrevería a decir, incluso, que la misma vida, algo que empieza con un llanto y termina en una tumba, sea la broma más sórdida de todas. Y quizá diga estas cosas porque, además de sórdido, sea un ser negativo; pero así lo pienso y así lo escribo, y, si bien prometo que el próximo post será más alegre que éste, aquí quedan consignadas estas reflexiones por si alguien más, igual o menos sórdido que yo las quiere leer.
El último post, como bien saben los abnegados lectores habituales de este canal, concluyó con nuestro héroe -o sea, servidor de ustedes- sumido en una situación harto comprometida.
La recordaré: El marido de una señorita a la que estoy a punto de homenajear en un club de intercambio de parejas, viendo los problemas que sufro para encasquetarme un preservativo, se ofrece galantemente a solucionar mi problema.
-Ya te lo pongo yo -son sus palabras. Palabras que vienen acompañadas de un inequívoco gesto: el de colocarlo él mismo en su lugar, esto es, el de prestarse a amorcillar mi pajarito en el globito de latex cual experto carnicero.
La invitación me llega al alma; pero mi educación religiosa y ciertas preferencias sexuales ya establecidas desde la misma adolescencia hacen que decline, con tanta amabilidad como firmeza, la oferta.
Consigo por fin embutirlo en su lugar y, sin más demora, entro en la rubia. Su marido, el buen samaritano, nos contempla extasiado mientras comienzo a darle a su señora las primeras embestidas de tanteo, despacito, buscando el ritmo adecuado. Sumido en el desenfreno, noto que alguien me soba el culo por la retaguardia; pero renuncio a saber de quién se trata y sólo rezo para que la persona que acaricia mi trasero con tanta ternura no sea un varón. Tomo a la chica por las caderas y, con un seco movimiento, la arrastro hasta mí. O sea: se la clavo hasta las mismas entrañas… Empiezo a martillearla, cada vez con más fuerza, mientras ella levanta las piernas y se deja ir. Gime… me araña la espalda… “Las cosas van bien, Gondolero”, me digo: el cielo es azul en la China y yo estoy montando a la mejor yegua salvaje del Estado de Kansas. Se va a enterar, se va a enterar…
De pronto, alguien me avisa.
-Tu pareja está llorando.
-¡Oh, no! – es lo único que acierto a decir.
-¡Oh, sí! – responde una voz fantasmal.
En efecto, está sentada al borde la cama, llorando como una magdalena, y no precisamente la magdalena de Proust.
Todo el mundo cesa sus ocupaciones. Y me miran… Y yo sé lo que están pensando. Lo sé aunque se equivocan. Ella es, y servidor en persona lo ha presenciado, la que ayer deleitó a mis dos amigos y a mí mismo con un streaptease completo -burdo pero completo- al compás de la música de Madonna. Ella es la que nos puso la piel de gallina a tres curtidos guerreros del sexo, veteranos de mil batallas. Ella es, según me ha contado, la que sí que ha hecho tríos, cuartetos, quintetos. Ella es la se pasó por la piedra en unos vestuarios a tres jugadores de un equipo de fútbol americano de mitad de la tabla… Yo soy el pardillo ahí, el monito organillero vestido de botones, un ruiseñor mojado, muerto ahora de vergüenza, palpando el desprecio en las miradas de los que, hasta hace poco, consideraba casi mis hermanos de cama.
Mi rubia, quizá la única persona en ese lugar que no me considera una cucaracha, trata de levantarme el ánimo, y digo “el ánimo” porque una parte de mi anatomía, la misma que hace unos sólo unos segundos se erguía airosa y espectacular cual obelisco romano, sería incapaz ahora de ser izada ni por medio de una grúa.
-Es que es muy jovencita -dice.
La rabia no me deja articular palabra, pero si hubiera podido, habría dicho más o menos esto:
-Sí, sí, tan jovencita que ayer se pasó por la piedra a dos amigos míos.
Pero sé que nadie me creería. Renuncio, pues, a toda defensa, me aproximo a mi vecina y le digo:
-Vamos a vestirnos.
Salimos de allí. Estoy realmente furioso, tanto que no puedo ni hablar. Y encima vivimos en la misma escalera, por lo que tengo que acompañarla hasta la puerta de su casa. Mientras vamos en el coche, ella quiebra el silencio sepulcral que nos invade:
-¿Estás enfadado?
-No. Estoy muy feliz. ¿No ves como me río?
-Pues no lo parece.
“Desde luego que debe de padecer algún tipo de deficiencia mental”, me digo a mí mismo.
-Intentaba ser irónico.
-¿Qué te pasa?
-Me pasa que me debes un buen polvo.
-Pues ahora te lo compensaré.
-No, no. Me debes un buen polvo… con otra.
Ya no decimos ni una palabra más hasta que nos despedimos.
A los pocos meses –y no tiene nada que ver con lo sucedido- me mudo de piso. Así que, hasta hoy, jamás la vuelvo a ver. Pero, querida, si algún día puedes leer esto, sólo quiero que sepas que todavía me sigues debiendo uno…
Vamos a dar un salto mortal. Saltemos desde la playa de Sitges hasta el día siguiente por la tarde. ¿Que qué pasó entremedio? Pues pasó que tuvimos el primer meneo, ya en la urbe, justo cuando salimos de mi coche en el parking: nada más cerrar la portezuela le levanté la falda hasta la cintura y empecé a sobarle el culo, a unos veinte metros de la cabina del vigilante, mientras éste cenaba un bocadillo y miraba atónito.
¿Qué más pasó entremedio?: Que la estuve follando gran parte de la noche como un campeón.
¿Qué mas pasó entremedio?: Que, en una pausa entre casquete y casquete, me dijo:
-Mi fantasía es hacerlo con muchos hombres a la vez.
-¿Muchos? ¿Un equipo de hockey hielo, por ejemplo, suplentes y masajista incluidos?
Le hizo gracia mi comentario.
-Por ejemplo.
Y yo, algo borracho y notando ya los primeros síntomas de desfallecimiento físico y mental, dije:
Pues espera que voy a por…
…Refuerzos.
Y aprovechando que me había quedado sin tabaco me dirigí al bar musical de un amigo mío, e invité a ese mismo propietario y otro viejo colega a venir a mi casa.
Pero todo esto, sin duda la noche más surrealista de toda mi existencia, será materia de otra entrada.
Así, pues, pasemos, sin remordimientos, al día siguiente. Suena el timbre de mi casa mientras yo trato de escribir en mi máquina alguna pieza inmortal, y ahí está ella (vive sólo, lo recuerdo, unos pisos más arriba), sonriendo de oreja a oreja. La verdad es que me hace tanta ilusión que haya venido a visitarme como debió de hacérsela a los habitantes de Praga el día que entraron los tanques soviéticos.
En fin… Volvemos al lío. A estas alturas ya he descubierto sobradamente que es tonta de capirote, y empiezo a estar al gorro de ella. Cuando acabo ya sólo pienso en cómo despacharla para siempre sin resultar demasiado cruel. Un berberecho es mejor conversador, y un ficus, mejor compañía. Ahora me está contando cómo se tiró en unos vestuarios a tres jugadores de fútbol americano; pero ni siquiera me molesto en prestarle atención.
Voy a ser sincero con vosotros: Si llevo media vida escuchando que soy una mala persona (y la otra media que soy un cabrón), será, ni más menos, porque soy una mala persona. Inopinadamente, se me presenta una idea. Jamás, aunque he escuchado hablar bastante del asunto, he estado en un club de intercambio de parejas, y me parece que mi fogosa vecinita es la persona ideal para estrenarme.
Le comento la idea. Y acepta encantada. Le dejo muy claro que vamos juntos, pero que, una vez ahí, cada uno irá por libre.
-¿Y no te dará cosa intercambiarme? –pregunta, mientras yo ya estoy buscando en la guía del ocio dónde hay un local de estos.
Pongo cara de infinita pena, de ser una persona humilde y bondadosa nacida para la santa resignación y el perpetuo sufrimiento, aunque la realidad es que me daría igual intercambiarla, regalarla (ruego que si entre los lectores hay algún fiscal, juez o feminista militante no siga leyendo estas páginas) o venderla a precio de saldo. Me daría lo mismo, ya puestos, que la homenajeara un escuadrón de húsares al completo, incluyendo el tamborilero, el contador de muertos y el portaestandarte.
-Lo soportaré –le aseguro.
Dicho y hecho. En menos de media hora estamos en el lugar. Sin embargo, para mi sorpresa, descubro que el Edén del Sexo que había fabulado durante el trayecto es en realidad una especie de bar, bastante elegante, eso sí… Pero un bar como tantos otros bares… Suena música anticuada, y veo a mi alrededor gente charlando, tomando copas: nada del otro jueves… Se nos acerca una relaciones públicas.
-¿Os gusta nuestro local?
-Bueno –digo-. No está mal; pero, la verdad, yo esperaba algo un poco… un poco más intenso.
Se ríe.
-Coged las copas y acompañadme –me dice.
Nos conduce por un pasillo. Abre una puerta.
-¿Es lo bastante intenso?
¡Dios del cielo! ¿Dónde he estado metido todos estos años existiendo lugares así? ¿Será que he muerto y me he elevado hasta los Cielos sin enterarme…? Ante mis ojos aparece una enorme cama –y cuando digo “enorme” quiero decir kilométrica- en forma de ele, plagada de gente licenciosa dedicada en cuerpo y alma -mas en cuerpo que en alma, presumo- al intercambio carnal. Es como cuando de niño sueñas con quedarte encerrado dentro de una pastelería… Mujeres altas, bajas, rubias, morenas, delgadas, gorditas, morenas, jóvenes, no tan jóvenes… Es el jodido paraíso. Y si no lo es, se le parece mucho.
Me desnudo en un santiamén -no sea que todos se vayan antes-, y mi acompañante hace lo propio. Dejo la ropa en una taquilla. Sin esperar que ella acabe de desnudarse, me zambullo en la cama. Empiezo a merodear a cuatro patas -es sólo una expresión, que conste- por ahí, como un lobo solitario venteando en espera de una presa.
No ha pasado ni un minuto cuando ya la tengo encima, cual loba que no desea que su lobo sea todo lo solitario que él ansía. Pero a estas alturas ya estoy más que saturado. Lo nuestro ha terminado… Por fortuna, un buen señor se acerca a nosotros y empieza a magrearla como un perfecto caballero. Estoy a punto de besarlo; pero los dejo hacer y aprovecho para cambiar de longitud y latitud y seguir mi búsqueda entre las sábanas.
No mucho más tarde encuentro acomodo y algo semejante al calor del hogar junto a una preciosa rubia de ojos azules, de unos treinta años. Es la típica mujer a la que has de llamar por teléfono veinte veces, comprarle rosas e invitarla a tres cenas y cinco cines antes de acabar en la cama. Yo me he saltado las veinte llamadas, las rosas, los cines y las tres cenas. Quizá empiecen a llegar mis días de suerte después de tantos bandazos… Por si acaso se trata de un espejismo que se va a desvanecer entre mis dedos, empiezo a trabajarle las tetas, con mimo y savoir faire: las mesuro, las acaricio, las tiento, palpo, estrujo, le soplo los pezones… Ella me la coge con la pericia que nace de la reincidencia y cierto talento natural para tales menesteres.
¡Ummmmmmmmmmm! –exclama.
Pero mi acompañante vuelve a estar ahí, a mis espaldas, abrazándome, como una de las siete plagas. Dando la brasa… Así que me giro y le digo a la oreja algo no muy halagüeño. Lo lamento en el fondo, pero no se me ocurre otra cosa.
-Búscate la vida.
Y vuelvo a lo mío, con los míos.
Una mujer a la que están bombeando por detrás comienza a gritar:
-¡DIOS, DIOS, DIOS, DIOS!
Lo que dije: sin duda he aterrizado en el Cielo.
Decididamente, voy a montar a la rubia. Su marido me acerca un preservativo, pero sea por los nervios de una situación desacostumbrada, por el temor a que todo sea un sueño, por la poca visibilidad reinante o (ejem, ejem…) por el DESCOMUNAL TAMAÑO de mi ariete, no atino a colocarlo en su lugar. El maldito se resiste a entrar.
Cuando empiezo a desesperar, su marido, acude, solícito, en mi ayuda. Mientras trata de socorrerme con dos dedos, exclama:
Ella debe rondar los veintidós, y yo la treintena. Se trata de una vecinita de mi escalera. Vive justo encima de mi piso y a veces coincidimos en el ascensor. Es tímida, muy tímida. Apenas abre la boca, pero suele sonreírme siempre, lo cual suele ser una buena señal.
Una mañana me la encuentro en una calle del centro. Y nos paramos a charlar, aunque en realidad soy yo el que hablo. Pero sigue sonriendo y, al cabo de cinco minutos de conversación absurda, decido lanzarme a la piscina.
-Podríamos quedar para cenar una de estas noches –le digo, como el que no quiere la cosa. Y me apresuro a añadir-: Pero puedes estar tranquila: soy un caballero.
(“Una mentira más o menos”, me digo, “no me condenará al infierno”.)
-Bueno…
-¿El jueves te parece bien?
-Bueno…
-¿A las ocho?
-Bueno…
Pero me resultará difícil romper esa timidez. Así que cuando llega el jueves, opto (lo sé, lo sé, lo sé, soy un cabrón) por llevarla antes a tomar un par de copas para… digamos… desinhibirla. Nos encontramos en un pueblecito de la costa, cercano a Barcelona, y el verano está llamando a la puerta. El marco perfecto para una noche de pasión, siempre que logre quebrar esa barrera de hielo que parece rodearla, claro.
Nos metemos en una coctelería. Tomamos asiento y le pregunto:
-¿Qué te apetece beber?
Inesperadamente, coloca la mano en mi paquete. Lo agarra con auténtica fuerza, rabiosa. Ahogando un grito de dolor, no acierto a decir una palabra.
-Una ración de ésta.
-Aunque también podemos saltarnos las copas y cenar en mi casa –digo levantándome.
Pero se empeña en ir a dar un paseo por la playa antes. “Quiero ver el mar”, asegura, muy bucólica. A mí el mar siempre me ha parecido algo monótono, no sé, una extensión de agua bastante carente de interés; pero si la chica quiere ver el mar, por mí no hay problema. Hay que señalar antes que, como mucho, son las nueve de la noche, y estamos en pleno paseo marítimo de Sitges… Paseamos por la arena descalzos, como dos enamorados, y ella comienza a besarme, estilo anuncio de colonias. Pero entonces, sin previo aviso, parece trasformarse, enloquecer, y me propina un fortísimo empujón que da con mis huesos en la arena. Es como cuando el doctor Banner se convertía en Hulk, pero en bestia. Sin darme tiempo a reaccionar, se pone a sacarme los pantalones. Me resisto un poco, pero no le sospechaba tanta fuerza. Me los saca por fin, se arrodilla en la arena –estamos junto a la orilla- y saca la lengua a pasear, ahí mismo. ¡Me está violando y ni un maldito guardia civil a la vista…! Estoy de cara al mar, y veo un barquito de pesca en lontananza…
La cosa sigue unos minutos. De pronto, entro en estado de éxtasis, tiro la cabeza para atrás (en actitud, para entendernos, de sobredosis de placer)… ¡Y veo pies! ¡Muchos pies, a mi espalda, a escasos metros de mí!
Tenemos público, y bastante numeroso.
Unas diez personas, tal vez, asistiendo a la función en primera fila. Uno de ellos –un hombre con aspecto de jubilado, cargado de aperos de pesca- me guiña el ojo:
-Lo tienes hecho, chaval -grita-. Cómo le pega a la lengua, la colega. Parece un camaleón.
Sin embargo ella sigue como si nada; pero intuyo que mis años de estrella porno, si alguna vez existieron, ya quedan atrás en el calendario. No consigo concentrarme. Paso los siguientes minutos tratando de convencerla –y no resulta sencillo hacerlo- para que vayamos de una vez a mi casa. Al final acepta.
Los espectadores ahí congregados, a pesar de la decepción final, nos despiden con una cerrada salva de aplausos.
Y dejémoslo aquí, por hoy… pero prometo que lo más fuerte todavía está por llegar, y si no es lo más fuerte, por lo menos sí lo más divertido…
(Nota: Esta canción tiene un video, dirigido por el gran Julien Temple y protagonizado por Anita Morris, que quizá sea el mejor los Stones. La lástima es que no se puede colgar. Pero invito a todo el mundo a verlo en youtube.)
Si uno comienza por permitirse un asesinato pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del Dia del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente. (THOMAS DE QUINCEY)