Tristeza. Tristeza. Tristeza… Aquel lugar era, sin ninguna duda, el más triste del mundo. Lo supe en cuanto bajé del autocar y contemplé el panorama que me envolvía. En primer lugar, estaban el frío y el viento. Y no era un viento cualquiera, no. Había oído hablar de la tramontana, y ahora supe por qué decían que volvía loca a la gente: un viento cruel, enloquecido, helado, constante, que barría el campamento de punta a punta sin descanso.
Cuando llegamos, empezaba a oscurecer, lo que acrecentaba todavía más el efecto siniestro del complejo militar. Nos apelotonaron en un rincón y pasaron lista. Yo miraba a mi alrededor y pensaba: “¡Joder, joder, joder, qué es esto…!” Y miraba las caras de mis compañeros y sabía que pensaban: “¡Joder, joder, joder, qué es esto!” Nadie decía ni una palabra, ni una sola… Nos asignaron un número, que sería nuestro nombre a partir de entonces, y nos llevaron, por grupos, a comer en un mastodóntico comedor.
Mi grupo era el último. La comida era pura bazofia y, como muchos otros, ni siquiera la toqué. Cuando nos disponíamos a irnos, un tipo vestido de uniforme empezó a gritar como un poseso.
-¿QUÉ ES ESO DE QUE OS VAIS ASÍ POR LAS BUENAS, BULTOS PIOJOSOS? ¿Y QUIÉN COÑO FRIEGA ESTO, MARICONES CHUPANABOS HIJOS DE PERRA? ¡AL QUE LARGUE SIN FREGAR LE GARANTIZO POR MI PUTA CALAVERA QUE SE VA A PASAR EL RESTO DE LA MILI HACIÉNDOLE PAJAS A LOS MULOS EN LAS CUADRAS!
El tipo parecía al borde de un ataque de apoplejía. Llevaba un galón rojo en la hombrera. ¿Sería un sargento? ¿Un teniente, quizá…? ¿Un capitán? Bueno, fuera lo que fuere, nos pusimos a fregar en la cocina bajo su atenta supervisión: decenas, cientos de cacharros y bandejas, mientras el tipo no paraba ni un segundo de gritarnos, insultar e impartir órdenes dementes. Al final se tranquilizó un tanto, y se puso a fumar un cigarro a mi lado, mientras yo seguía fregando.
Relajado, no parecía tan mal tipo. Así que al cabo de un rato me atreví a preguntarle: -¿Cuánto tiempo lleva usted aquí?
-¿Yo? ¿Te refieres a mí?
-Sí.
-Llegué ayer.
No podía creerlo.
-¿Ayer?
-Ayer por la mañana.
-¿Quieres decir que empezaste ayer la mili?
-Sí -dijo riendo-. Pero no se lo digas a éstos, que me matan. Si no os llego a enganchar, tendría que haber lavado esto yo solo.
-¡Qué hijo de puta! -exclamé.
Y los dos nos echamos a troncharnos de risa.
Al salir del comedor, de nuevo la depresión. Ya era de noche, y todavía hacía más frío que cuando llegamos. De vez en cuando veías por el inmenso patio de armas a algún soldado persiguiendo su gorra, a la que empujaba el viento como si la prenda tuviera vida propia. Las gorras salían disparadas de las cabezas, y muchas de ellas se perdían para siempre. Todos continuábamos en silencio, acongojados y aborregados, yendo de aquí para allá y pensando en nuestras novias, amigos, hermanos, padres, trabajos, estudios, en nuestra vida, que se acababa de ir a la mierda, de ponerse en stand-by… Nos llevaron por fin a nuestro barracón.
Estaba sentado en una litera, al lado de mi petate, cuando se me acercó otro recluta.
-¿Tienes papel? -me preguntó en voz baja.
Saqué un papel de fumar de la cartera y se lo di. Se sentó a mi lado.
-Soy el 115 -se presentó.
-Yo el 128.
-Tenerife -dijo.
-Barcelona -dije.
Hasta entonces jamás había visto un canario tan de cerca. Bueno, parecía como cualquier otro tipo de cualquier otra parte.
-Este frío es asesino -me dijo temblando, mientras liaba un porro de hierba-. No sé si voy a poder soportarlo.
-Lo imagino.
-Pareces muy joven. ¿Cuántos años tienes?
-Voy a cumplir diecisiete.
-Entonces eres de veinte meses.
-Sí. De veinte larguísimos meses.
-¿A qué destino vas?
-A la COE.
-Joder, voluntario de la COE -Me pasó el canuto, ya liado-. Toma, enciéndelo tú: te harán falta muchos de éstos el próximo año y medio.
Lo encendí. Era un hierba dulce y suave que, según me contó, cultivaba él mismo en su isla. Me explicó asimismo que trabajaba en un hotel, que hablaba varios idiomas y que quería montar un restaurante en cuanto acabara esta mierda. Yo le conté que poco después de alistarme había conocido a una chica; pero que ya era tarde para echarme atrás y que, a día de hoy, no sabía si aún seguíamos juntos o no.
-Esto es mucho peor de lo que imaginaba -concluyó.
Y tenía razón. También era mucho peor de lo que yo había imaginado. Y acababa de empezar…
Cuando terminamos el porro, cogió su petate y me dijo:
-Bueno, voy a arreglar la taquilla.
Le estreché la mano.
-Encantado. Y gracias.
Se levantó, y cuando ya se había alejado unos pasos, se giró y me dijo:
-Acuérdate de que el 115 te invitó a un porro -se despidió.
-Así será.
Al día siguiente nos vacunaron, nos uniformaron, nos raparon la cabeza, nos dieron un fusil y nos enseñaron cosas tan importantes como saber distinguir a un coronel de un cabo. El viento seguía y seguía azotando el campamento a todas horas. Mi amigo 115 pasó a ser una cara más en la formación, y creo que después del primer día jamás volví a hablar con él en todo el tiempo que duró la instrucción. Sin embargo, hoy he pensado en todo aquello: en cómo me animó aquel porro compartido con un desconocido, esos cinco minutos de calidez y conversación cuando parecía que la vida entera se había ido a pique.
¿Y qué puedo añadir al respecto?
Pues que me acuerdo, 115, todavía me acuerdo.
(Reproducción del glorioso himno de infantería, bella pieza donde las haya, cuyas notas y -sobre todo- su épica y lúcida letra pondrían la carne de gallina hasta a una gallina. )


