(Esto es un relato de ficción. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia fruto de la excelsa e inigualable imaginación del autor.)
Visto con la perspectiva que da el tiempo y teniendo en cuenta las consecuencias que me reportaría a la postre el asunto, quizá no debí haber testificado contra aquellos dos poderosos y despiadados gangsters. Lo cierto es que ambos llevaban más de veinte años -desde la época en la que ocuparon altísimos cargos políticos en el gobierno- esquilmando las arcas públicas para su provecho, y no deja de resultar curioso que su caída viniera propiciada de manos de un ciudadano anónimo como yo.
Lo único que me consuela es que, gracias al testimonio que presté a cara descubierta en aquel proceso judicial, Genaro Alaverdi y Giuliano Prunafretti pudieron ser condenados por fin a tres fines de semana de arresto domiciliario, una multa de quinientos euros y dos meses prestando servicios sociales en un asilo de ancianos.
Ni siquiera la omnipotente influencia de su antiguo jefe Vito Pujolone, il cabecutto de tutti cabecutto, pudo librarlos de la severa condena.
Sin embargo, no fue hasta el día siguiente de que terminara el juicio cuando empecé a vislumbrar las fatídicas consecuencias que se derivarían de mi decisión de declarar contra los mafiosos. Fue entonces cuando un agente de la Agencia de Inteligencia Catalana me citó en su despacho para ponerme al corriente de la situación a la que me enfrentaba:
-Le seré franco -me dijo ya de entrada-: Tenemos noticias fidedignas de que la Organización ha puesto precio a su cabeza por delator.
El golpe fue brutal, y no negaré que me dejó conmocionado.
-¿Precio? ¿Qué precio? -inquirí todavía golpeado por la sorpresa-. ¿Cuál es el precio de mi vida?
-Ochocientos euros, las obras completas de Miquel Martí i Pol y un fin de semana para dos personas, con todos los gastos pagados, en un hotelito de Segur de Calafell.
-¿Habla en serio?
-Si la muerte es lo bastante cruel, los volúmenes de poesía pueden cambiarse por una tele de pantalla plana… Tenemos constancia de que varios sicarios andan ya tras sus pasos, atraídos por la recompensa.
Soy valiente, sí. Osado. Incluso temerario a veces. Mas no ocultaré que la noticia de que la “Coseta Nostra” había dictado sentencia de muerte contra mi persona no contribuyó a alegrarme la mañana. Si he de ser sincero, mientras el agente me lo contaba, sentí unas irrefrenables ganas de esconderme debajo de la mesa y no salir de allí hasta que todo pasara. “¿Me dejarían pasar los próximos cinco años bajo aquella mesa?”, me pregunté.
-Supongo que me darán protección policial -acerté a mascullar, reprimiendo los temblores que me acometían.
-Por supuesto… Claro… Le daremos protección, desde luego. Toda la que podamos… El problema es la maldita crisis de los cojones. Quiero decir que, tras un concienzudo estudio económico de la situación, hemos determinado que le podemos asignar un policía municipal los miércoles y los viernes entre las 19.30 y las 21.30.
-Es una broma, ¿verdad? -pregunté aterrado.
-Los miércoles y viernes no festivos. Ya sabe que es más difícil que un funcionario trabaje un festivo que conseguir la independencia.
-Es horrible -exclamé con un hilo de voz-. Soy hombre muerto.
-No sea trágico y mantenga la calma: tenemos un plan B.
-¿Plan B.?
-Sí. Nuestro programa de protección de testigos.
-Pero eso significaría renunciar a mi identidad, a la gente que conozco, a mi mi vida.
-Sí, claro, significa renunciar a todo eso que dice y a un poco más; Pero… mire usted, la verdad es que le hemos estudiado a fondo. Y estamos al corriente de que su vida es fea, gris, aburrida, triste, absurda, sin metas, sin dirección, sin ideales, una mierda, vamos. Y eso por no recordarle que tiene a los criminales más sanguinarios de la ciudad deseando ponerle fin… De acuerdo, le estamos pidiendo que coja toda su vida, la arroje al retrete y tire de la cadena. Pero, dígame: ¿Cuál es la alternativa…? En el hipotético y poco probable caso de que no acabe en el fondo del puerto con una piedra atada al cuello, le quedaría una existencia que ni la más miserable y cruel de las ratas desearía para sus ratoncitos.
Iba a decir algo, pero el agente no me permitió intervenir. Se puso de pie y, entusiasmado por sus propias palabras, levantó el tono de voz y comenzó a gesticular con ampulosidad mientras hablaba, paseando de un extremo a otro del despacho como un poseso.
-Además, tengo unas nuevas identidades cojonudas. Co-jo-nu-das. Mire ésta -agitó el sobre que contenía la nueva identidad en el aire-: me acaba de entrar esta misma mañana y está calentita calentita…
Su entusiasmo me contagió un tanto. Quizá sí que tenía alguna posibilidad de seguir con vida.
-¿Cuál es?
-Pastor de ovejas en La Segarra.
-¿Pastor? Yo no sé nada de pastoreo ni de ovejas -protesté.
-Junto con los papeles le entregaremos diez ovejas, un zurrón, un perro pastor y el vídeo de Heidi (cuyo importe nos irá devolviendo en cómodos plazos). En dos meses será usted más rural que el abuelito y Pedro juntos.
-Soy alérgico a la lana virgen -dije-. Imposible.
Reprimiendo una maldición, sacó otro sobre del bolsillo y leyó la tarjeta que había en el interior.
-Vendedor ghanés del top manta. Se llamará usted Charles Jawara, nacido en Begoro, su madre era hechicera y su padre cazador de gacelas…
Intenté protestar, pero de nuevo no me permitió meter baza.
-Ya sé, ya sé, está el asunto de la pigmentación de la piel. Pero un tratamiento a lo Michael Jackson a la inversa hará maravillas. -Siguió leyendo-: Le damos la manta, un pasaporte ghanés y doscientos DVD´s piratas para empezar su nueva vida.
-Pe, pe…
-Tendrá que acostumbrarse a ser Charles Jawara. A comer, dormir, pensar, recibir palizas y huir de la policía siendo Charles Jawara. Tendrá que morir siendo Charles Jawara.
La cosa parecía una pesadilla. Cada identidad era más aterradora que la anterior.
-No quiero ser un vendedor ilegal -supliqué.
El agente me miró con odio.
-Anda que no es usted complicado, señor mío. Pero, no se preocupe, conservo un as en la manga. Lo guardaba para los arrepentidos del Orfeó Catalá o para el alcalde de Santa coloma, pero, mire por dónde, se lo voy a ofrecer a usted.
Extrajo un nuevo sobre, en esta ocasión del bolsillo interior de su americana. Tras una calculada pausa, lo abrió.
-Le ofrezco pertenecer a un equipo del deporte rey de este país, de ese espectáculo televisivo que hace vibrar a la gente los domingos por la tarde como ningún otro, de ese espectáculo de masas del cual se habla todos los lunes por la mañana a lo largo y ancho del país: en las oficinas, en los bares, en el autobús, con la portera…Y además se trata de un equipo de élite, del máximo nivel, probablemente el mejor de todos. Va a ser usted más famoso que el Santo Padre.
-¿Me está ofreciendo ser jugador del Barça?
-No diga majaderías, hombre de Dios. ¿Acaso no ve usted TV3 los domingos?
-No. Hace años padecí una sobredosis de sardanas un domingo por la mañana y mi psiquiatra me recomendó borrar el canal de mi televisor para siempre.
-Le hablo de ser casteller.
-¿Casteller? -exclamé desilusionado- ¿Se refiere a esos que se suben unos encima de otros y hacen castillos humanos?
-Exacto… Está entusiasmado, ¿no es cierto?
-¿Ése es el gran espectáculo televisivo que hace vibrar a la gente como ningún otro?
-¿Quiere que se lo demuestre?
-Me encantaría que lo hiciera.
-Vea este vídeo. Y dígame si queda demostrado o no.
Y me lo demostró, vaya si me lo demostró…
Así comenzó mi nueva vida como casteller.









