115

Enero 23, 2010 por gondolerobcn

  Tristeza. Tristeza. Tristeza… Aquel lugar era, sin ninguna duda, el más triste del mundo. Lo supe en cuanto bajé del autocar y contemplé el panorama que me envolvía. En primer lugar, estaban el frío y el viento. Y no era un viento cualquiera, no. Había oído hablar de la tramontana, y ahora supe por qué decían que volvía loca a la gente: un viento cruel, enloquecido, helado, constante, que barría el campamento de punta a punta sin descanso.

Cuando llegamos, empezaba a oscurecer, lo que acrecentaba todavía más el efecto siniestro del complejo militar. Nos apelotonaron en un rincón y pasaron lista. Yo miraba a mi alrededor y pensaba: “¡Joder, joder, joder, qué es esto…!” Y miraba las caras de mis compañeros y sabía que pensaban: “¡Joder, joder, joder, qué es esto!” Nadie decía ni una palabra, ni una sola… Nos asignaron un número, que sería nuestro nombre a partir de entonces, y nos llevaron, por grupos, a comer en un mastodóntico comedor.

Mi grupo era el último. La comida era pura bazofia y, como muchos otros, ni siquiera la toqué. Cuando nos disponíamos a irnos, un tipo vestido de uniforme empezó a gritar como un poseso.

-¿QUÉ ES ESO DE QUE OS VAIS ASÍ POR LAS BUENAS, BULTOS PIOJOSOS? ¿Y QUIÉN COÑO FRIEGA ESTO, MARICONES CHUPANABOS HIJOS DE PERRA? ¡AL QUE LARGUE SIN FREGAR LE GARANTIZO POR MI PUTA CALAVERA QUE SE VA A PASAR EL RESTO DE LA MILI HACIÉNDOLE PAJAS A LOS MULOS EN LAS CUADRAS!

El tipo parecía al borde de un ataque de apoplejía. Llevaba un galón rojo en la hombrera. ¿Sería un sargento? ¿Un teniente, quizá…? ¿Un capitán? Bueno, fuera lo que fuere, nos pusimos a fregar en la cocina bajo su atenta supervisión: decenas, cientos de cacharros y bandejas, mientras el tipo no paraba ni un segundo de gritarnos, insultar e impartir órdenes dementes. Al final se tranquilizó un tanto, y se puso a fumar un cigarro a mi lado, mientras yo seguía fregando.

Relajado, no parecía tan mal tipo. Así que al cabo de un rato me atreví a preguntarle: -¿Cuánto tiempo lleva usted aquí?

-¿Yo? ¿Te refieres a mí?

-Sí.

-Llegué ayer.

No podía creerlo.

-¿Ayer?

-Ayer por la mañana.

-¿Quieres decir que empezaste ayer la mili?

-Sí -dijo riendo-. Pero no se lo digas a éstos, que me matan. Si no os llego a enganchar, tendría que haber lavado esto yo solo.

-¡Qué hijo de puta! -exclamé.

Y los dos nos echamos a troncharnos de risa.

Al salir del comedor, de nuevo la depresión. Ya era de noche, y todavía hacía más frío que cuando llegamos. De vez en cuando veías por el inmenso patio de armas a algún soldado persiguiendo su gorra, a la que empujaba el viento como si la prenda tuviera vida propia. Las gorras salían disparadas de las cabezas, y muchas de ellas se perdían para siempre. Todos continuábamos en silencio, acongojados y aborregados, yendo de aquí para allá y pensando en nuestras novias, amigos, hermanos, padres, trabajos, estudios, en nuestra vida, que se acababa de ir a la mierda, de ponerse en stand-by… Nos llevaron por fin a nuestro barracón.

Estaba sentado en una litera, al lado de mi petate, cuando se me acercó otro recluta.

-¿Tienes papel? -me preguntó en voz baja.

Saqué un papel de fumar de la cartera y se lo di. Se sentó a mi lado.

-Soy el 115 -se presentó.

-Yo el 128.

-Tenerife -dijo.

-Barcelona -dije.

Hasta entonces jamás había visto un canario tan de cerca. Bueno, parecía como cualquier otro tipo de cualquier otra parte.

-Este frío es asesino -me dijo temblando, mientras liaba un porro de hierba-. No sé si voy a poder soportarlo.

-Lo imagino.

-Pareces muy joven. ¿Cuántos años tienes?

-Voy a cumplir diecisiete.

-Entonces eres de veinte meses.

-Sí. De veinte larguísimos meses.

-¿A qué destino vas?

-A la COE.

-Joder, voluntario de la COE -Me pasó el canuto, ya liado-. Toma, enciéndelo tú: te harán falta muchos de éstos el próximo año y medio.

Lo encendí. Era un hierba dulce y suave que, según me contó, cultivaba él mismo en su isla. Me explicó asimismo que trabajaba en un hotel, que hablaba varios idiomas y que quería montar un restaurante en cuanto acabara esta mierda. Yo le conté que poco después de alistarme había conocido a una chica; pero que ya era tarde para echarme atrás y que, a día de hoy, no sabía si aún seguíamos juntos o no.

-Esto es mucho peor de lo que imaginaba -concluyó.

Y tenía razón. También era mucho peor de lo que yo había imaginado. Y acababa de empezar…

Cuando terminamos el porro, cogió su petate y me dijo:

-Bueno, voy a arreglar la taquilla.

Le estreché la mano.

-Encantado. Y gracias.

Se levantó, y cuando ya se había alejado unos pasos, se giró y me dijo:

-Acuérdate de que el 115 te invitó a un porro -se despidió.

-Así será.

Al día siguiente nos vacunaron, nos uniformaron, nos raparon la cabeza, nos dieron un fusil y nos enseñaron cosas tan importantes como saber distinguir a un coronel de un cabo. El viento seguía y seguía azotando el campamento a todas horas. Mi amigo 115 pasó a ser una cara más en la formación, y creo que después del primer día jamás volví a hablar con él en todo el tiempo que duró la instrucción. Sin embargo, hoy he pensado en todo aquello: en cómo me animó aquel porro compartido con un desconocido, esos cinco minutos de calidez y conversación cuando parecía que la vida entera se había ido a pique.

¿Y qué puedo añadir al respecto?

Pues que me acuerdo, 115, todavía me acuerdo.

(Reproducción del glorioso himno de infantería, bella pieza donde las haya, cuyas notas y -sobre todo- su épica y lúcida letra pondrían la carne de gallina hasta a una gallina. )

UN CASO NAVIDEÑO DEL INSPECTOR GONDOLERO (NOVENA PARTE)

Enero 16, 2010 por gondolerobcn

 Señoras y señores que tienen la paciencia de leerme: les prometo por mi colección de cromos de la Liga 75-76 que cuando escuché las primeras ráfagas se me pasó el colocón de golpe. Las balas parecían venir desde todos los ángulos, y pude apreciar que los tiradores eran los tres hombres de Papadopoulos. Saqué y amartillé la Glock mientras arrastraba hacia el suelo a Mayday conmigo y, una vez ahí, coloqué la parte superior de la mesa como parapeto. Realicé dos disparos, más bien a bulto; sin embargo, para mi sorpresa constaté que un precursor del Existencialismo con cara de comadreja había caído herido de muerte, con un balazo en la frente. Creo que el alarde de puntería se debió a la cantidad de alcohol que servidor llevaba en sangre a estas alturas de la noche: de haber estado sobrio seguro que no le habría alcanzado con esta precisión ni tras diez mil disparos.

El caso es que el asesino quedó muerto como un pato muerto.

El me había propinado un puñetazo en la nariz.

Yo le había descerrajado un disparo entre ceja y ceja.

Por lo que a mí respecta, estábamos en paz. Sin rencores…

Pero no era momento de hacer balances. Las balas no dejaban de caer indiscriminadamente, y una de ellas me rozó el hombro, provocándome una fea herida. A mi lado, Mayday estaba ovillada sobre sí misma, en posición fetal… Apreté el gatillo unas cuantas veces más y, ¡hosanna!, otro de los matones cayó al suelo. Difunto.

Pero cuando, ya lanzado, saqué la cabeza de mi parapeto para acabar con el tercero, comprobé que tenía al tercero justo delante de mis narices, con su arma apuntando a mi cabeza. Y la cabeza es una de las partes preferidas de mi cuerpo. Incluso, y perdónenme la expresión, la valolaría por encima de las pelotas.

-Suelta eso -dijo, refiriéndose a mi pistola.

Ninguna posibilidad de hacer nada. Mayday seguía llorando, ajena a todo, todavía en la misma postura en la que había caído al principio de la refriega.

El chino de la barra también yacía muerto en una esquina del bar, supongo que a resultas de alguna bala perdida.

La nochebuena se viene…

La nochebuena se va…

Y nosotros nos iremos…

Solté el arma. Ahora nos tocaba a nosotros abandonar este valle de lágrimas.

Ante la inminencia del Fin De Mis Días, toda mi vida, como reza el cliché, desfiló ante mis ojos como en una película:

… … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … …

¡Joder, vaya mierda de película!

Detuve la proyección mental justo en el fotograma en el que ingresaba en cuenta mi primera pensión alimenticia, y me dispuse a dejar que este mundo siguiera su camino sin mi concurso.

Y cuando aparté estas divagaciones de mi aturdido cerebro y volví al presente, el tipo que iba a colocar el punto y final a mis desvelos seguía frente a mí, apuntándome, y con una extraña sonrisa en ese rostro casi bovino. Una sonrisa que no era de triunfo ni de nada que se le parezca: era eso, simplemente una sonrisa.

-Mala suerte, ¿no es cierto? -me preguntó, sin dejar de apuntarme ni un segundo.

-Más mala que buena, sí.

-Te preguntarás que por qué tú.

-En realidad me estaba preguntando cómo salir de este lío.

-¿Por qué tú? ¿Por qué ella? ¿Por qué ese sucio chino? ¿Por qué cualquiera? -prosiguió, hablando más para sí que para mí.

No respondí. Uno se vuelve estoico tras veintidós años en Homicidios. Uno se vuelve un gilipollas tras veintidós años en cualquier parte.

-¿Sabías que Shopenhauer argumentaba, refiriéndose a los suicidas, que al destruir su propio cuerpo el individuo no renuncia a la voluntad de vivir sino a la vida. Quiere vivir, aceptaría una vida sin sufrimientos pero sufre lo indecible porque las circunstancias no le permiten gozar de la vida?

-Hace mucho que no escucho ningún disco de ese Shopenhauer -respondí. Aunque mi oponente no me prestó atención y siguió con sus reflexiones en voz alta.

-El suicida es como un enfermo que prefiere conservar su enfermedad por no dejar concluir una operación dolorosa, pero saludable. Y, créeme: la vida duele, duele mucho.

No entendía ni una palabra de lo que decía aquel sujeto: quizá por las copas, quizá por el puñetazo en la nariz, quizá por el disparo en el hombro, quizá por el cañón de la pistola que me apuntaba, quizá por todo junto…

-¿Por qué tú? ¿Por qué ella? ¿Por qué no yo? -volvió a preguntar.

-Eso -dije con un hilillo de voz-. ¿Por qué no tú?

-Nada tiene mucho sentido si te detienes a pensarlo -concluyó. Y, como espoleado por un resorte invisible, llevó el cañón de su arma a la sien, esbozó una mueca siniestra y disparó.

¡Bum!

Sólo entonces acerté a reaccionar

-¡La puta de oros! -mascullé. Y supongo que esta expresión debe de referirse a la sota.

Fue entonces cuando Mayday reaccionó también. Alcancé a ver que, como me imaginaba, llevaba las bragas negras. Aquello me reanimó un tanto.

-¿Qué ha pasado?

-Que estamos vivos -dije, al tiempo que me incorporaba del suelo.

-¿Por qué querían matarte esos sujetos?

No sabía si decírselo o no. Pero se lo dije. Sí.

-No iban a por mí. Eso lo podrían haber hecho tranquilamente hace un rato. Eras tú el objetivo.

-¿Yo? -dijo de nuevo, al borde del llanto-¿Por qué iban a querer matarme a mí?

Miré los cadáveres.

-Habrá que contratar a un medium para saberlo.

-¿Qué vas a hacer ahora?

-Un griego.

-¿Hablas en serio? -exclamó horrorizada-. Me ha impresionado tu actuación, sí, pero no sé si éste es el momento más…

-No, no es lo que te imaginas -la interrumpí-. Me refiero a que voy a hacer una visita a un griego.

(no continuará)

Aquí acaban, de momento las aventuras del Inspector, que estoy convirtiendo en novela.

NOCHE DE REYES (INTERMEZZO “EPIFÁNICO”)

Enero 9, 2010 por gondolerobcn

 Soy un Rey Mago.

Sin hacer ruido, saco los juguetes de su escondite en el altillo y los voy colocando en el salón. Ella duerme. Está profundamente dormida, como me encargo de comprobar antes de dar comienzo a mis sigilosas maniobras nocturnas. Éste es el último año en el que cree en ellos. Está cantado… El otro día, sin ir más lejos, andábamos por la calle y, sin venir a cuento, se giró, clavó sus ojos en los míos y me disparó a bocajarro una terrible pregunta: “No serás tú el que me compras los juguetes, ¿verdad?” Improvisé esa cara -tan culpable- de sacrosanta inocencia… “En realidad, cariño, esto de los reyes es un misterio”, dije, tratando de no comprometerme demasiado con la respuesta a la vista de que pronto, muy pronto, se va a descubrir el pastel.

Sé que en el colegio ya se lo cuentan unos a otros, los que ya lo saben -o tienen severas sospechas del fraude- tratan de convencer a los más crédulos de la no existencia de los reyes con toda clase de argumentos y hechos probados, y son conscientes de que la lógica más aplastante juega a su favor. Me temo que en esto no han cambiado los tiempos: siempre hay alguien que se levanta de la cama con la intención de amargarte el día. Como leí una vez en Penauts (creo que fue en Penauts y cito de memoria): “no quieren subir de escalón, se conforman conque los demás desciendan al suyo.”

-¿Y cómo puede ser que los camellos entren por la ventana si vivimos en un quinto? -prosiguió, inquisidora-. Porque los camellos no vuelan, ¿no?

(Entre paréntesis: Uno de los grandes temores que padecí a lo largo de la más tierna infancia de la heredera de mi apellido fue cuando, a eso de los cuatro años, después de ver Peter Pan se le ocurrió comentarme, como quien no quiere la cosa, que le gustaría volar como Wendy. Los siguientes días -más bien meses- me empeñé en convencerla por activa y por pasiva de que ningún ser humano -ninguno, ninguno, ninguno- ni ningún otro miembro del reino animal, exceptuando las aves, podía volar. Así, pues, mal puedo descolgarme ahora con la existencia de una rara especie de camellos voladores, por muy mágicos que éstos sean.)

-Un misterio -repito, ateniéndome al guión-. Lo de los camellos es otro misterio.

Pero a pesar de los pesares, resulto ser, como de costumbre, un Rey Mago cojonudo. Y vengo cargado de regalos, como estipulan las ordenanzas. Soy los tres reyes magos, los pajes y los camellos, todo en uno.

Mientras coloco los juguetes, tratando de crear un efecto adecuado, me da por recordar mis noches de reyes, una de ellas en concreto. Llegué hasta a soñar con ellos. A medio camino entre el sueño y la vigilia, me pareció oír ruidos en el salón, que identifiqué, sin ningún género de dudas, como el sonido que provocan tres Reyes Magos de Oriente, tres camellos comiendo lo que mi hermano y yo les habíamos dejado para reponer energías (volar y entrar por las ventanas de las casas debe de cansar lo suyo hasta a un camello mágico) y un número indeterminado de pajes diseminando los juguetes por el salón.

Y por la mañana… El “Madelman” Astronauta; El Gran Cañón del Colorado; un Mecano (que jamás me digné a sacar de su caja); el Monopoly (todavía con las calles de Madrid, lo cual me resultó casi un insulto); soldados, muchos soldados; libros de James Oliver Curwood, mi escritor preferido; ropa (hasta los reyes magos tienen algún rasgo mezquino), unas botas de fútbol “Adidas”…

Termino con los juguetes y, antes de irme a mi habitación, abro la puerta y la miro. Duerme profundamente. Hoy le ha costado mucho conciliar el sueño, como me sucedía a mí aquella noche tan especial. “Es la última”, pienso. La última noche cargada de Magia Infantil de su vida.

Espero que no.

Su rostro brilla en la penumbra. Y me pregunto si no será el rostro de los niños esa estrella, esa luz -ésta sí- verdaderamente extraordinaria que guió a los Reyes Magos desde lejanas tierras para transformar la ilusión en realidad.

Cierro con suavidad la puerta y pienso:

-Que la disfrutes, cariño. 

 

UN CASO NAVIDEÑO DEL INSPECTOR GONDOLERO (IV)

Diciembre 25, 2009 por gondolerobcn

 (Resumen de lo publicado: Tras el asesinato a tiros del Rey Baltasar, el Inspector Gondolero y su compañera descartan como autores del crimen a Melchor y Gaspar. Una pista los conduce hasta Papá Noel, que está jugando al póker en un casino ilegal llamado “La Puta suerte”.)

La Puta Suerte” estaba bastante animado para ser nochebuena. Se diría, incluso, que más animado de lo normal. A pesar de que el juego ilegal está prohibido en la ciudad, calculé que por lo menos un diez por ciento de la clientela eran polis francos de servicio. Le ordené a T… que buscara en una zona del local para ver si divisaba al sospechoso, mientras yo cubriría la otra. En cuanto la perdí de vista me fui a la barra a reponer combustible antes de proseguir con las pesquisas. La navidad me da sed.

Y entonces ocurrió. !Joder, mi milagro navideño particular!

Una mujer en el taburete contiguo, sí. Pero cuando digo “una mujer” quiero decir UNA MUJER. Rubia, 110, labios muy rojos, piernas (dos) que parecían diseñadas para bailar el can can y un trasero que hacía que produjera la misma alegría contemplarla cuando se iba que cuando venía. Una rubia con clase, vestida enteramente de negro. A pesar de mi rudeza exterior, en el fondo soy un romántico incurable; así que en cuanto la vi deseé llevarla a la cama cuanto antes para homenajearla (repetidas veces) por la retaguardia.

Me había vuelto a enamorar.

¿Qué haría en ese antro una dama como aquélla…? Misterios de la navidad.

Por regla general, no me importa mezclar bebida, así que en esta ocasión me decanté por un ginfizz: todo ello sin quitar la vista de las tetas de la rubia… Al final, no pude soportarlo más y traté de entablar conversación con ella.

-¿Has oído hablar alguna vez de Erwin Rudolf Josef Alexander Shrödinger y su célebre ecuación de movimiento, capital contribución de este buen señor a la física cuántica y la termodinámica? -le pregunté.

Se ruborizó como una colegiala antes de responder.

-Si deseas movimiento, dame ciento cincuenta euros y te haré un birmano que será como una peregrinación a Lourdes -me dijo.

La vida me ha enseñado muchas cosas, quizá demasiadas; pero yo diría que una de las principales es que (cuando escribo esto) ninguna puta del mundo vale ciento cincuenta euros.

Siete juguetes en un solo juego”, pensé de pronto.

Incliné cortésmente la cabeza, tomé mi ginfizz y me puse a buscar al gordo de los juguetes.

Lo encontré en una mesa de póker. De mirón. Llevaba el traje rojo con el que sale siempre por la tele, y la barba. Apestaba a alcohol. Le enseñé la placa y me lo llevé a una zona reservada para hacerle unas preguntas.

-Rapidito, que no tengo toda la noche -me apremió. Y, créanme, ésa no es la mejor política a seguir conmigo cuando estoy tratando de resolver un crimen.

-¿Conoce a un rey Mago llamado Baltasar? -pregunté.

Por toda respuesta, se sujetó la barriga con ambas manos y exclamó:

-¡Ho-Ho-Ho-Ho!

Le clavé un seco directo en plena barriga, y fue como golpear un muñeco de gomaespuma. Se desplomó como un fardo, justo cuando T… se reunía con nosotros.

-¿Qué le pasa? -me preguntó T…, viéndolo retorcerse en el suelo.

-Está mareado, creo. Un ambiente muy cargado.

Cuando, un minuto más tarde, el gordo se levantó por fin, no se encontraba de muy buen humor.

-¡La has cagado! -me gritó, aunque cuidando de guardar una prudente distancia con mi puño-. ¡La has jodido, chupapollas de mierda! Cuando mi abogado acabe contigo no podrás comprarte ni unos calzoncillos en las rebajas.

Justo en ese momento sucedió la segunda sorpresa de la velada: Mi rubia, la de los ciento diez centímetros de contorno y los ciento cincuenta euros de tarifa apareció de la nada y tomó a Papá Noel por la cintura.

-¿Qué le ha pasado a mi osito de peluche? -le preguntó mientras le acariciaba la barriga con ternura.

Vaya, así que era la chica de Papá Noel. Este mundo no para de sorprender.

-Ho-Ho-Ho-Ho -dije. Y T…, siempre tan profesional y comedida, me miró horrorizada.

Parecía una noche más interesante que muchas otras, y aún no se había terminado.

(continuará)

 

UN CASO NAVIDEÑO DEL INSPECTOR GONDOLERO (II)

Diciembre 20, 2009 por gondolerobcn

  (Resumen de lo publicado: El Inspector Gondolero está bebiendo unos tragos en su coctelería favorita, en Nochebuena, cuando recibe una llamada de su compañera en la que le comunica que han asesinado a un sujeto en los barrios bajos y se precisan sus inestimables servicios. Cuando llega al lugar descubre que el fiambre es Baltasar, el Rey Mago, y que de momento los dos únicos sospechosos retenidos en comisaría son sus compañeros Melchor y Gaspar.)

El tal Gaspar resultó ser, para mi sorpresa, un chino de mediana edad, o en todo caso, un oriental de barba oscura y ojos rasgados. Había leído en Ben-Hur que se trataba de un griego, pero saltaba a la vista que no era así. Apestaba a incienso, de modo que toda la sala de interrogatorios quedó impregnada de ese mareante olor. Antes de empezar con las preguntas de rutina permanecí observándolo en silencio un buen rato. Parecía un truco barato para ponerlo nervioso, pero, para ser sincero, por una vez no sabía por dónde empezar. Era la primera ocasión en que interrogaba a un personaje bíblico -descontando a alguna mujer que bien habría pasado por la ballena de Jonás- y eso me descentraba. Además, me dije para mis adentros, “a quién le importa que los reyes Magos sean dos, tres o diecisiete”… Pero me pagaban por mantener la ley y detener asesinos, y esto es lo que iba a hacer. A mi derecha, T… miraba al detenido, también en silencio. ¡Qué buena estaba…! Me la habría cepillado ahí mismo si no fuera por el Rey Mago, por las cámaras de vigilancia, por los policías de retén y porque la chica llevaba pistola y me constaba que tenía buena puntería. Entonces recordé algo, y se lo hice saber a T…

-¿Y los pajes? ¿No han traído también a los pajes para interrogarlos, muñeca?

-No había pajes.

¿Cómo que no había pajes?

Entonces intervino Gaspar.

-Jodida clisis -dijo-. No pajes. No camellos.

-Bien, menos sospechosos -dije. Y decidí no andarme por las ramas y encararme con él-. Más vale que cantes de plano, amigo, y te prometo que si confiesas rapidito que mataste a tu amigo me encargaré de que te sirvan arroz tres delicias, pollo picante y todo el saque que puedas beber en la trena.

-Yo no saber nada. Yo follando cuando Baltasal muele.

-¿Follando?

-Salón de estética chino “Miemblo de Jade” en Calle Muntaner. Siete putas, siete selvicios completos, siete masajes con solplesa

-¿Siete? ¿Y te las calzaste a todas?

-Miles de leguas en camello… Mucho apetito.

-Te harían ver las estrellas -exclamé asombrado-. O una estrella muy grande.

Le dije a T… que mandara una patrulla al salón de estética para corroborar su versión.

-Eso del siete -le pregunté en voz baja mientras T… consultaba algo en la pantalla de su móvil-, ¿lo dices porque se trata de un número cabalístico o eran siete de verdad?

Por toda respuesta me dedicó una sonrisa aviesa.

La coartada resultó ser sólida como las Tablas de la Ley: siete prostitutas juraron haber estado con él a la misma hora que mataron a su compañero. Debía de ser verdaderamente un mago para contentarlas a todas.

Así que, después de preguntarle -cuidando de que T… no me escuchase- los precios del “Miembro de Jade” por si algún día se desvanecía mi carisma y tenía que recurrir a mercenarias del sexo, lo dejé en libertad sin cargos.

Esperaba tener más suerte con el segundo sospechoso.

Si Gaspar semejaba un clon de Fumanchú, Melchor, en cambio, parecía un jubilado alemán con apartamento en Mallorca: un anciano entrado en carnes, piel clara y una poblada barba muy blanca. Olía también de una manera extraña, pero no era incienso. Se trataba de un fuerte aroma que no logré identificar.

Me desaflojé el nudo de la corbata antes de empezar con las preguntas.

(continuará)

UNA CASI HISTORIA

Diciembre 8, 2009 por gondolerobcn

A veces aprovecho internet para buscar a gente en la que no he pensado en décadas. El “juego” consiste en buscar a “actores secundarios” -o meros figurantes- que hayan pasado sólo de una manera tangencial o fugaz por mi vida. De los que han jugado un papel más activo en ella, por regla general no me interesa saber nada.

Hay que decir que la mayor parte de las veces no los encuentro -no aparecen o no recuerdo bien sus nombres-, lo cual, supongo, es lo mejor que puede pasar.

Esto he hecho hoy con una casi novia que tuve a los quince años, y digo “casi” porque, a buen seguro, con un poco más de constancia por mi parte, la cosa podría haber llegado a algo.

Era una chica rubia, guapa, tan alta como yo y de buena familia que estudiaba en el colegio contiguo al mío. La había conocido el año anterior, poco antes de que me expulsaran y de que el director del colegio -lo prometo- me amenazara, entre otros castigos dignos de la inquisición, con la excomunión. Y ahora, mientras esperaba que me expulsaran del nuevo centro (cosa que sucedería tan sólo un año y medio más tarde y que haría que me rindiera definitivamente en el terreno escolar) me dejaba caer como quien no quiere la cosa por una plaza donde se reunía con sus amigas. En un par de ocasiones la acompañé hasta su casa, que no distaba mucho de la mía.

Nos gustábamos, creo. O eso parecía. Y a la sazón yo distaba de ser un galán, lo que habla muy bien de su intuición o de su generoso corazón. O de ambos.

Por aquella época yo era un fan irreductible de los Rolling Stones. Gastaba casi todo el dinero que me daban mis padres en comprarme discos, libros, posters y todo lo que encontraba y era susceptible de ser adquirido con dinero sobre ellos. Se lo conté, pues, a la señorita en cuestión, y al día siguiente me recibió con una cinta de mi grupo predilecto, cinta que me regaló galantemente.

Ese fue el último día que me dejé caer por aquella plaza, el último día por tanto que la vi. No tuvo nada que ver el regalo, claro. En realidad no tuvo nada que ver con nada. Resultó sencillamente que otros asuntos -asuntos más bien turbios que me ocuparían, al menos, los siguientes cinco años de mi vida- comenzaron a requerir mi atención justo por aquellas fechas. Se me amontonaba demasiado el trabajo y las visitas a la plaza fueron las descartadas.

Me consuela pensar que no debió de lamentarlo demasiado.

Hasta aquí la historia. La casi historia, mejor dicho. Si hace media hora me hubieran peguntado qué pensaba que había sido de ella, habría apostado por imaginarla regentando una tienda de prêt-à-porter en la zona alta de la ciudad. O quizá una zapatería infantil.

Pues bien, hace apenas un rato he tecleado su nombre -que, misteriosamente, no he olvidado- en el buscador y, para mi sorpresa, he descubierto que la damisela en cuestión es hoy en día la copropietaria y directora general de una importante multinacional con sedes en Estados Unidos, Londres, Dubai, etcétera, y un impresionante centro tecnológico.

O sea, que de tiendecita de la esquina, nada.

Encuentro también una entrevista con ella en un periódico, entrevista en la que el periodista la define como una mujer “inteligente y guapa”.

Y yo, dicho sea de pasada, me permito definirla, además, como bastante rica.

Encuentro, por último, la foto de una espléndida mujer, que aparenta por lo menos diez años menos de los que tiene, y sé los que tiene porque estudiaba el mismo curso que yo y, por lo tanto, somos contemporáneos.

Esto es lo que he encontrado sobre ella en Google.

Luego la he recordado con un abrigo verde y cierto aire monjil -estudiaba en las monjas y vestía casi como una de ellas-, contándome, mientras la acompañaba, bajo el frío, a casa de su abuela, que su casa se había quemado, y me pregunto si alguna vez durante estos años habrá pensado en mí como yo lo estoy haciendo ahora mismo -sonrisa nostálgica incluida- con ella.

Con el corazón en la mano, la respuesta es no. No es seguro pero sí muy probable que jamás se haya acordado de vuestro seguro servidor. Y en realidad poco importa; fue sólo, como he dicho al principio, una casi historia que me ha venido hoy a la cabeza, una lucecita fugaz en los difíciles días del paso de la infancia a la adolescencia, una casi historia con un giro que, de alguna manera, me ha resultado sorprendente.

Y aquí queda consignada para uso y disfrute de generaciones presentes y venideras.

POEMA XX REVISITADO (ODA AL CHATERO SOLITARIO)

Noviembre 26, 2009 por gondolerobcn

Puedo escribir los privados más sucios esta noche.

Escribir, por ejemplo: “Mi polla está empalmada,
y aterrizan, altivos, mis espermatozoides, en el suelo.”

.Se colocan en círculo en el baño y bailan.


Puedo escribir los privados más sucios esta noche.
Escribir, por ejemplo: “¿Te apetece que te ensarte como a un pincho moruno?”.

En las noches como ésta la tuve entre mis piernas.
Se la clavé tantas veces bajo el cielo infinito.

Ella quiso, yo muchas veces saqué la Visa.
¡Cómo no haber lamido sus grandes globos fijos!

Puedo escribir los privis más sucios esta noche.
Pensar que me desinflo. Sentir que me he corrido.

Y el semen cae al suelo como al pasto el rocío.

¡Qué importa que “enculada” me haya abierto una ventana!
Mi nabo ya agoniza y ella no está conmigo.

Eso es todo. A lo lejos “enculada” responde. A lo lejos: “En realidad me llamo Jose Mari.”

Los espermatozoides, en el suelo, bailan una sardana y cantan.

Como para acercarla, mi CAM la busca, pero ya no me tiene admitido.

La misma noche que me hizo gastarme varias pagas.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Ahora tomo viagra, es cierto, pero yo fui vitorino.
Mi mano buscaba al viento para tocar mi pepino.

De otro. Se la cepillará otro. Como antes, aquel tipo: su boca, su enorme culo. Sus tetas infinitas.

Ya no quiero, Jose Mari, pero tal vez sí quiero.
Es tan triste (y complicada) una mamada si te la has de hacer tú mismo.

Porque en noches como ésta la tuve a cuatro patas, seguro que sus diez primos, los del béisbol, el orfeón donostiarra y aquel ruso tan bien nunca la han jodido.

Aunque ésta sea la última “alemanita” que ella me causa,
y éstos sean los últimos setecientos cincuenta euros que yo le envío.

 

ADJETIVOS

Noviembre 21, 2009 por gondolerobcn

Mentí.

O no dije toda la verdad.

Mentí.

Decía el bueno de Oscar Wilde que es muy dificil no ser injusto con lo que uno ama. Yo, que amo mucho -aunque a veces por muy cortos espacios de tiempo, espacios que pueden variar entre una noche y un mes-, también soy muy injusto.

Por regla general, detesto los adjetivos. Hay que desconfiar de ellos, y, sobre todo, desconfiar de quienes los usan en exceso, aunque soy consciente de que a veces me entran violentos ataques de adjetivación compulsiva que sólo consigo refrenar gracias a calmantes, misteriosas pócimas de chamanes remotos y remedios de la abuela, de todas las abuelas… Por regla general -generalmente- prefiero los adverbios. Ésos sí que son “buena gente”, términos de los que te puedes fiar y que sabes que no te van a dejar en la estacada jamás de los jamases. Podría pasar páginas enteras finalizando todas las palabras en “mente”, lo cual, según se aprende en esos manuales de estilo que jamás he osado leer, constituye una falta merecedora, cuando menos, de la pena capital: el olvido.

Pero no mentí con respecto a los adjetivos. No.

Mentí con respecto a una chica, importantísima, vital, capital, cenital, orbital para mí. Dije que no volvería a hablar de ella y lo estoy haciendo.

Y ahora siento que le he dedicado adjetivos, en un gran porcentaje, injustos, y siento, por encima de todo, haberle escamoteado otros muchos sin enrojecer siquiera, y estos sí merecidísimos, razón por la cual cual voy a tratar, a vuelapluma, de enmendar… o fastidiar todavía más la plana

A saber:

Digamos que la dama en cuestión es “bella”; digamos “inteligente”; digamos “talentosa”; digamos “distinguida”; digamos “buena” “digamos “elegante”; digamos “ estremecedoramente -ahí he dejado caer, camuflado, uno de mis adverbios- sexy”…

Y no pocas cosas que me dejo en el tintero.

Ahora elevemos todo esto al cubo.

Restémosle al resultado, para ser honestos por completo,“hiperindividuialista”, restémosle “implacable”, restémosle “complicada”, restémosle “desesperante”…

Hagamos por fin la resta y comprobaremos que gana lo positivo, lo maravilloso, por goleada.

Ya me siento un poco mejor.

Deseo que sepas que te quiero, niña, como siempre, desde el primer desesperante día que te conocí galopante y en el que me ofreciste zambullirme en la nada.Y yo, heroico como un delator de la mafia catalana, me arrojé desde el trampolín de La Esperanza de cabeza, sin atreverme a mirar si la piscina estaba llena, y me zambullí en ella.

Y en muchas ocasiones, incontables, ha sido la nada más cálida y digna de ser soñada de toda mi existencia.

Y ahora voy a abrir un blog a cuatro manos -que a veces, si puedo, serán sólo tres- con dicha señorita.

He dicho.

Y esta canción, bien podria decirse que es nuestra canción. Por que no puedo escucharla sin pensar en besarla, ni en ver su cabello rubio ondeando al viento, sonriendo por el parque donde bebemos sangría.

Ni en zombis, ya puestos… Pero eso es otra historia.

LOS DRAGONES VIVEN PARA SIEMPRE (II)

Noviembre 17, 2009 por gondolerobcn

-Sentíos libres y expresad vuestra libertad como queráis.

Ésta es la consigna. Sí… Sin embargo, cuando se cierra la puerta, nos quedamos quietos, apelotonados en el centro de la sala, sin saber qué hacer o en qué emplear nuestra recién adquirida libertad. Igual que presos que llevan treinta años entre rejas y de pronto se les abre la puerta de la jaula sólo para que descubran que no saben qué hacer con ella… ¿Lograremos saborearla? ¿Aprehenderemos esa mañana la esencia de la libertad?

Dos minutos más tarde comenzamos a dar, todavía en silencio, nuestros vacilantes primeros pasos del que se supone que es nuestro nuevo Parnaso. Nos dispersamos en pequeños grupos por la sala y comenzamos a inspeccionar, en silencio, el territorio donde vamos a ejercer, todavía sin tener muy claro cómo, nuestra nueva condición de seres libres y no reprimidos por autoridad alguna.

Cinco minutos más tarde estamos saliendo en tropel de la estancia, tratando de salvar la vida. A toda pastilla. Intentando, aun no siendo conscientes de ello, no ocupar la portada en los periódicos del día siguiente y que casi cuarenta familias barcelonesas no vistan durante los próximos meses de luto riguroso por nuestra trágica pérdida.

¿Qué ha sucedido durante esos cinco minutos?

Pues ha sucedido que la mejor manera que ha encontrado de expresar su libertad uno de mis compañeros ha sido prenderle fuego al papel. Y hay en la sala papel suficiente para dar y vender…

Es duro decirlo, pero el experimento ha fracasado. Estrepitosamente además.

Se nos concede fiesta el resto de la mañana.

-Lloraba, os juro que cuando llegó el primer camión de bomberos lo vi llorar -dice T.

-No puede ser -digo yo-. Los profesores no lloran.

-En serio. Yo lo vi con mis propios ojos. Estaba a su lado cuando se empezó a escuchar la sirena acercándose.

-¿Pero por qué iba a llorar si él no estaba dentro? Nosotros, que casi nos achicharramos como pollos, sí tendríamos que haber llorado y no lo hicimos.

-Bueno, ¿y ahora qué hacemos? -tercia P.-. Este aburrimiento va a matarme.

Mientras dice esto está jugando con las cuerdas de la gran persiana del ventanal de la clase: es una persiana verde, enorme, de soporte metálico, que a lo largo de su dilatada historia -se diría que fue fabricada en la época de los reyes godos, por lo menos- ya se ha cobrado alguna que otra brecha de consideración en la cabeza de algún alumno (servidor, que todavía ostenta la marca entre su colección de cicatrices, entre ellos).

-Tú siempre te aburres. No recuerdo ni un día de tu vida que no te hayas aburrido -le recrimino, mientras él no para de manipular la persiana.

-Mañana tendremos que volver a cantar esa horrible canción.

-¿Por qué no nos largamos? -apunta T.

-¿Del cole? ¿A esta hora?

-Sí, con el follón que hay por el incendio nadie se dará cuenta. Podemos ir a ver a las putas.

En efecto, cerca del cole hay un rincón donde algunos automovilistas se van con prostitutas. Unos días atrás, nos apostamos por ahí, escondidos a ver qué se cocía. Y una prostituta, al vernos, se levantó el jersey y nos enseñó las tetas.

Por supuesto, salimos corriendo. Pero nos quedaron ganas de regresar.

La persiana, como era de esperar, se rompe por fin. Esto nos convence de la necesidad de abandonar el lugar de los hechos cuanto antes, antes de que nos caiga un buen paquete.

Els dracs viuen per sempre

(Los dragones viven para siempre)

Mientras nos metemos por uno de los múltiples pasadizos -algunos de ellos bastante secretos- que tiene ese colegio para poder huir sin ser vistos, vamos hablando. No tengo ni idea de qué, claro, pero pongamos que estamos discutiendo sobre la libertad y sobre el incendio y sobre el aburrimiento y las putas y si habrían dado una semana de fiesta en el cole si hubiéramos muerto todos y lo mal que fabrican las persianas y sobre lo dura que es la vida para los chicos de once años…

Però el nens es fan grans.

(pero los niños se hacen grandes.)

Los niños se hacen grandes, sí.

Poco después los tres abandonamos subrepticiamente el colegio por una puerta lateral.

¡Qué duro es ser libre! 

 

(Nota: Atención al vídeo antes de que lo cancelen. Vale la pena.)

LOS DRAGONES VIVEN PARA SIEMPRE (I)

Noviembre 14, 2009 por gondolerobcn

  Puff era un drag màgic

que vivia al fons del mar,

però sol s´avurria molt

y sortia a jugar…

(Puff era un dragón mágico/que vivía en el fondo del mar,/pero solo se aburría mucho/y salía a jugar.)

Pero lo que se pueda aburrir el dragón de marras no es nada comparado con lo que me aburro yo. No me gusta cantar. Detesto cantar. Odio cantar. Detesto que “el Papus”, nuestro profe de música, aporree el piano mientras nosotros cantamos, cual aplastado coro de ruiseñores, con melodiosa voz y ningunas ganas de hacerlo.

Hi havia un nen petit

que se l’estimava molt,

es trobaven a la platja

tot jugant de sol a sol.

(Había un niño pequeño/que lo quería mucho/se encontraban en la playa/jugando de sol a sol.)

Entonces, sucede. El profesor cesa de pronto de tocar.

-¡Tú! -brama.

Podéis llamadme “vidente”; pero al instante sé que ese “tú” soy yo.

-¿Por qué no cantas? -inquiere.

A pesar de que, como pensaba, cuando el Papus dijo “tú” se refería a un servidor, intento hacerme el despistado, una maniobra evasiva en la que, merced a la práctica, me he convertido en un consumado maestro.

-¿Me habla a mí? -pregunto, con la cara más angelical que soy capaz de poner: el secreto para que esta expresión -que ha de parecer, para empezar, lo más espontánea posible- surta el efecto deseado radica en aunar en un sólo gesto la sorpresa e incredulidad ante la acusación, la inocencia más absoluta de todos los cargos que se me imputan y una contenida indignación ante el incalificable atropello que estoy sufriendo.

-Estoy cantando -miento.

-No cantas.

-Canto, pero lo hago flojo para modular mejor la voz.

Aquí hay risas de mis compañeros. Por esa época acabo de descubrir que casi todo lo que digo en clase resulta gracioso, y estoy empezando a considerar la posibilidad de dedicarme profesionalmente al humor cuando sea mayor. En honor a la verdad, no es que mi comentario haya sido demasiado ingenioso; pero supongo que mi público, siempre agradecido, prefiere reír a cantar, como preferiría bailar la conga o imitar a un pato disléxico que cantar. El caso es que sin ellas, las risas, habría tenido una posibilidad de éxito con mi defensa; pero ya no.

-Pues vete a modular al pasillo -es la inapelable sentencia dictada en mi contra.

Salgo de clase y me quedo junto a la puerta, un castigo que no me resulta en absoluto novedoso. Estoy dispuesto a pasar ahí toda la hora; pero, para mi sorpresa, al cabo de unos diez minutos se me conmuta la pena y un compañero me comunica que se me ha readmitido en clase. Eso sí me resulta novedoso; pero la imprevista amnistía tiene una explicación: hoy, nuestro profesor de música -a quien, para ser honesto, le debo en gran medida el gusto por el teatro que me ha acompañado durante toda la vida-, hombre avanzado a su tiempo en muchos aspectos, va a poner en práctica un experimento piloto en nuestro rancio colegio de curas, y ha elegido a nuestra clase, legendaria por su creatividad, para llevar la arriesgada apuesta a cabo.

Un “Happening”.

Para no abrumar al lector con explicaciones de mi propia cosecha que quizá resultarían confusas, copiaré sin ningún rubor de Santa Wikipedia el significado de esta manifestación artística:

Happening (de la palabra inglesa que significa evento, ocurrencia, suceso). Manifestación artística, frecuentemente multidisciplinaria, surgida en los 1960 caracterizada por la participación de los espectadores. Los happenings integran el conjunto del llamado performance art y mantiene afinidades con el llamado teatro de participación.

La propuesta original del happening artístico tiene como tentativa el producir una obra de arte que no se focaliza en objetos sino en el evento a organizar y la participación de los “espectadores”, para que dejen de ser sujetos pasivos y, con su actividad, alcancen una liberación a través de la expresión emotiva y la representación colectiva. Aunque es común confundir el happening con la llamada performance el primero difiere de la segunda por la improvisación o, dado que es difícil una real improvisación, por la imprevisibilidad.

El happening en cuanto a manifestación artística es de muy diversa índole, suele ser no permanente, efímero, ya que busca una participación espontánea del público. Por este motivo los happenings frecuentemente se producen en lugares públicos, como un gesto de sorpresa o irrupción en la cotidianeidad. Un ejemplo de ello son los eventos organizados por Spencer Tunik en los cuales se implican a masas de gente desnuda.

Por fortuna, a nosotros se nos permite ejecutar la perfomance completamente vestidos.

Hasta el momento, lo único que se nos ha dicho sobre el particular es que vamos a hacer un “happening”, una palabra que nos resulta tan incomprensible como le sonaría a un bosquimano la teoría de la relatividad. Así que mientras nos dirigimos a un ala nada utilizada de nuestro gigantesco colegio, situada en un extremo del mismo, vamos pensando en qué clase de tortura planean hacer con nosotros.

-Nos van a castigar a todos o algo así. Seguro -dice alguien-. Me apuesto lo que sea a que es algo malo. O aburrido o malo. O las dos cosas.

La mayor parte de la clase comparte esta opinión.

-Igual es la revisión médica -apunta otro detective.

-No puede ser eso -replica el primero-: siempre lo avisan antes.

Ojalá me hubieran dejado castigado en el pasillo”, pienso para mis adentros mientras camino, temiéndome lo peor. Este misterio no presenta las mejores perspectivas, desde luego.

Llegamos por fin. Llevo estudiando en ese colegio desde que tengo cuatro años, por lo que me conozco hasta el último recoveco del centro, y no recuerdo que la sala donde nos han conducido se haya utilizado jamás para nada.

La siguiente orden que imparte el profesor nos hace reafirmamos en nuestros peores pensamientos.

-Quitaos los zapatos.

Está muy claro que cuando haces que un hombre se despoje de sus zapatos es para dejarlo inerme, a merced del enemigo. Y justamente eso es lo que pretenden hacer con nosotros con el dichoso “happening”, signifique lo que signifique la palabra de marras.

Cuando, ya descalzos, pasamos al interior de la sala descubrimos que la han llenado de papel. Una sala desnuda forrada de papel de celofán y, sobre todo, papel higiénico -decenas de rollos- cubriendo las paredes. A cada minuto que pasa, menos entendemos de qué se trata.

Entonces el profesor se dirige a nosotros.

-Ahora sois libres. Sentíos libres y expresad vuestra libertad como queráis.

Y dichas estas enigmáticas palabras, abandona la sala y cierra la puerta.